Cuando llegamos a casa, nos dimos cuenta de lo cansados que estábamos.
Ninguno quiso cenar nada consistente y con un vaso de leche por mi parte me bastó.
—Lidia irá, ¿verdad? —Bruno intentaba arreglarlo.
—Supongo, no deja de ser su hermana.
Me encogí de hombros.
—Y la otra también irá.
—¿Eva? ¡Seguro! —respondí con vehemencia.
—¡Vaya circo se va a montar!
Bruno y yo nos giramos hacia la frase de mi padre. Había resumido lo que opinábamos los tres.
—Tengo una idea al respecto.
Bruno lo propuso al aire mientras me tomaba de las manos sin mirarme a la cara aún.
—Soy todo oídos.
—Puedo llamar a mis primos y proponérselo. —Bruno mostró los dientes como si se estuviera arrepintiendo ya de haber sugerido la idea—. ¿Qué os parece?
—¡Cuanta más gente, mejor!
—Pero ya has visto que mis tías no se cohíben al respecto. ¡Ni teniendo a sus jefes delante!
—Bueno, digo yo que cinco personas seguirán haciendo más bulto.
—¿Cinco?
—Lope siempre va con su guardaespaldas, así que también le cuento a él.
Me acordé de lo que vimos en el restaurante del hotel del primo Lope respecto a ese hombre.
—Y la hija de Marta.
Sonrieron al recordarlo.
—¡Que vaya toda la cúpula de la empresa si hace falta! —Bruno se emocionó.
Mi padre transformó su gesto en una sonrisa algo amarga.
—Estamos contando con personas que no conocemos nada más que de vista. —Dejó su vaso vacío bocabajo en el fregadero—. Yo me voy a acostar. Buenas noches, y hasta mañana.
Le observamos alejarse y meterse en su habitación.
Bruno me miró con picardía.
—Nada nos impide intentarlo, ¿verdad?
—Tú te encargas de tus primos y yo de nuestros empleados. ¿Te parece bien?
Se agachó para plantarme un beso.
—¡Estupendo!
Me iba a dirigir a mi habitación cuando volvió a acercarme a él.
—¿Qué pasa?
—Más.
Lo entendí sin más. Su voz se había vuelto sombría.
Mi cuerpo también le echaba de menos; pero la semana de locos no nos había dejado tregua.
Extendí mis manos a su cara y tiré para darle un profundo beso.
Me entendió en silencio, me tomó en brazos y me llevó a su habitación sin apartar nuestros labios del otro.
La noche fue cómplice de nuestra silenciosa intimidad y amanecimos bajo sus sábanas ocre, tan acogedoras como llamativas con tantas vieiras en su estampado.
—Bruno. —Le llamé en voz baja.
—¿Mmmm?
—Voy a cambiarme, cielo, te veo en la cocina.
—¿Qué día es?
—Jueves.
—¿Aún?
Me reí.
—Ahora te veo, gavilán.
Abrí la puerta de su habitación para salir. Pero al parecer, no era la única. Me retracté y la cerré.
—¿Colibrí?
—¡Jon está despierto, mierda!
Me acerqué a la cama de Bruno mientras este levantaba su brazo izquierdo para mirar la hora.
—Son las siete; es normal.
—He perdido la noción del tiempo al observarte. ¡Ya estaba despierta hace media hora!
Bruno se incorporó del todo hasta sentarse en la cama, mientras se enrojecía al caer en la cuenta de mi afirmación.
—¡Sabrina, joder!
Le salió la voz demasiado aguda. No parecía el mismo hombre de la voz grave de anoche.
Me quedé quieta. Por la sorpresa y por el chillido.
—Bruno, ¿estás bien? —Jon se preocupó desde el otro lado de la puerta.
Le dio un ataque de tos nerviosa.
—¡Sí, Jon, ahora salgo!
Me llevé las manos a la boca para frenar un ataque de risa.
Esperamos dos minutos para darle tiempo a mi padre de ir a la cocina y Bruno los aprovechó para cambiarse.
Yo salí a hurtadillas hacia mi habitación y Bruno se fue a la cocina con el pantalón del pijama puesto del revés y en topless.
Muy guapo, pero muy cantoso también.
Yo aproveché para escoger uno de mis pantalones de trabajo y una camisa coral a juego. Me puse la ropa y acudí a la cocina como si fuese la más decente de las beatas.
—¡Buenos días!
Mi padre me miró de arriba abajo, para darse la vuelta y abrir el lavaplatos.
La cara de Bruno, entre dulzura, sorpresa y complicidad, se debatía entre mi pelo y mi escote.
El reflejo que me devolvió el cristal de la puerta de la cocina no tenía desperdicio. Botones descompasados y cabello alborotado.
No había dado el pego, pero sí el cante.
—Hoy no doy clase.
Mi padre lo comentó sin apartar sus manos de lo que estaba haciendo.
—¿Y eso? —curioseé.
—Los dos cursos a los que doy clase hoy tienen una excursión guiada al congreso.
Me enderecé.
—¿Y los exámenes que corregiste ayer?
—¡Ay, hija, de verdad, adelanté trabajo!
—¡Perdón!
—¿Acaso te interesa el resultado del chico que te llamó la atención?
Bruno se puso alerta.
—¿Qué chico?
—Solo un nombre familiar —respondí—, algo sin importancia.
—¿Adrián Torres? —cuestionó Jon.
Bruno se enderezó, muy serio, y miró a mi padre con preocupación.
—¿El hermano de Aarón es alumno tuyo?