Mis tías Ana y Eva

24/48: ...recorridos todos.

Jon se puso en pie de un salto.
—Solo le vi un par de veces antes de que Aarón se fuese a Canadá. ¿Es el mismo crío que ahora va a cuarto de secundaria?
Me resultó chocante saber que a ese niño ya le conocíamos, y que además, ahora tenía la misma edad que su hermano cuando se empezó a obsesionar conmigo.
Mientras yo intentaba buscar su rostro en mi memoria de hacía ocho años, Bruno fue más allá.
—¿Desde cuándo le das clase?
Mi padre palideció. Yo a continuación.
—Supongo que desde septiembre. El curso pasado no estaba en Madrid; o eso me dijo la tutora de la clase.
—¿Llevan seis meses en España? —Conseguí preguntar con el nudo en la garganta.
—¿Y en verano? —cuestionó Bruno—. ¡Serían tres meses antes!
—No, imposible. —Mi padre se relajó un poco—. El curso termina con el mes de junio; hay que homologar las calificaciones y luego aquí tendrían que presentar el traslado y más cosas. Casi diría que se mudaron el mismísimo día siete de septiembre.
—Papá, que hablamos de seis meses.
Según lo solté, me di cuenta de que íbamos a estar acobardados por algo que ya teníamos instalado sin saberlo.
—El tanatorio norte está rodeado de dormitorios estudiantiles por la cercanía de las universidades. —Recordó Bruno—. Vi a Aarón saliendo de uno.
—Si voy al instituto, ¿te quedas más tranquila? —sugirió mi padre.
Yo negué con la cabeza.
—No podemos dejar que el miedo nos condicione.
—Puedo informarme, Sabrina. —Insistía.
—Pero no vayas expresamente para eso, papá, me niego a que ninguno trastoque su rutina por miedo.
—Pero... —Bruno me tomó de la mano.
—Pensadlo por un momento los dos. —Intenté explicarme—. ¿Cambio mi rutina para pillarle o limito mi círculo social aún más para que no se acerque? ¿Qué gano con cualquiera de las opciones? ¡Miedo!
—Ya sé por dónde vas —mi padre entrecerró los ojos, con una ligera sonrisa de satisfacción en el rostro—, te refieres a que estemos muy alerta, pero sin cambiar nuestras rutinas.
Bruno no pareció estar de acuerdo y me abrazó. Y sin embargo, Jon asintió.
Nos fuimos a trabajar y Bruno intentó convencerme al respecto durante el viaje. Pero es que con cada argumento suyo, yo lo rebatía con la realidad.
Y como si estuviéramos enfadados, llegamos a la puerta, donde nos esperaban Benjamín, Vicente y Alberto. Pero también estaba Ana.
—¿Tía?
—¡Ay, cariño, qué alegría me das!
—¿Qué haces aquí?
—¡Vaya bienvenida, sobrina! —Ana torció la boca, algo molesta—, es para darle los pases a vuestros conductores.
Vicente se revolvió, Alberto tuvo un ataque de vergüenza y Benjamín se irguió.
—¿Pero era cierto? —Bruno parecía sorprendido de verdad.
—¿Por quién me tomas? —Ana se estiró con la pose erguida—, ¡soy una mujer de palabra!
Mi tía les entregó un pase VIP a cada uno de los conductores de la empresa.
Alberto se puso rojo como un tomate y Benjamín se lo guardó en la riñonera.
Vicente sonrió con complicidad, como si esperara algo más.
—¿Hay límite de tiempo o se puede usar cualquier día de la exposición?
Ana se sorprendió mucho.
Y lo cierto es que yo me descoloqué un poco.
—No tiene fecha fijada, pero esperaba que fuerais todos juntos.
Os juro que le habría visto una gota en la cabeza a mi tía por la incomodidad cuando retrocedió medio paso con la pregunta de Vicente.
—¿Es unipersonal o puedo llevar a más gente?
Ana retrocedió el otro medio paso con molestia.
—Es la primera exposición que consigo hacer que sea solo de mis obras y apenas he dejado que la organizadora lo haga todo.
El conductor observó el pase, y al leer el nombre de la galería, su pícara sonrisa pasó a ser de soberbia.
—Iba a ir con alguien que conozco, pero ya veo que puedo ir cuando quiera. —Se guardó el pase en el bolsillo interior de la chaqueta y cogió las llaves de su furgoneta—. Ahora me toca llevar a Toledo un par de percheros vacíos. ¡Adiós!
Vicente se montó en la furgoneta y salió del aparcamiento.
Cuando quise reparar en la cara de mi tía, había frustración en su rostro.
—¿Pasa algo?
Yo lo pregunté intentando parecer interesada por si estaba molesta, pero en realidad lo hice por si eso cambiaba sus intenciones.
—¿Pero ese pelirrojo de qué va? —Se había molestado.
Yo suspiré con cansancio y algo de diversión.
—¿Por qué lo dices, tía?
—Va de sobrado. ¿Verdad?




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