Mis tías Ana y Eva

25/48: Idénticas muñecas de trapo.

Ana se echó el bolso al hombro y se dirigió a su coche.
—Tía, ¿a dónde vas? —Yo no pretendía frenarla, pero me chirriaba que no se quedara medio minuto de más como siempre solía hacer.
—Voy a averiguar una cosa y os veo mañana, cariño.
Montó en su vehículo y se fue hacia el sur de la calle.
¿Debería haber insistido? Pues no estoy segura de las consecuencias de haberlo hecho; pero lo cierto es que en aquel momento me dio igual.
Alberto y Benjamín también montaron en sus vehículos de trabajo, rumbo a desalojar un local comercial en Móstoles.
Cuando nos dejaron solos a Bruno y a mí, mi novio asió de mi chaqueta y me abrazó por detrás.
—Tendrías que haberte quedado en casa, Sabrina.
Tenía la voz áspera, pero con su tono de siempre.
—¿Y hago de secretaria desde casa? ¡Nanay!
—Pero Aarón...
—¡Ni Aarón ni leches! ¡No pienso cambiar mi rutina por ese desequilibrado!
—¿Y si vuelve a enviarte alguna cosa rara? ¿Y si vuelve a seguirte a casa? ¿Y si ma... ?
—¡Bruno, ya! —Me zafé—. ¡No soy ninguna muñeca de porcelana, caray!
—¡No quiero que te haga nada!
—Coño, ¡ni yo! —resoplé—, pero no puedo dejar que el miedo a su acoso condicione mi vida. ¡No dejes que tampoco lo haga con la tuya!
Le dejé en blanco. Él tendría poco que perder si lo hubiésemos sabido la semana pasada.
Pero ahora era otra historia con esa familia que había encontrado.
—¿Qué podría perder si soy precavido?
Le noté bastante enfadado.
—Conocer mejor a Mario y a Lope, principalmente.
Me crucé de brazos. Él no quería apartar su atención de mí, algo encantador por su parte; pero no podía dejar que perdiera esa oportunidad, la que su madre le había privado de manera casi indirecta.
En Itineris, Bruno había insistido en mi protección desde el punto de vista de ir ellos a hacer la compra. Había sugerido incluso que me tomara unas vacaciones en pleno marzo hasta que alguno de ellos dos detectara a Aarón.
Ahora, frente a él, yo le había plantado el argumento que menos me podía rebatir.
—Son mis primos, Sabrina, no los tuyos.
Di un paso atrás. Ese comentario me había dolido más de lo que quería admitir y le dejé plantado para sentarme en mi escritorio de secretaria.
Inicié el ordenador y, mientras esperé a que se abriera el programa, eché una mirada fugaz a mi muñeca para ver que ya eran las ocho y media.
Carraspeé.
Bruno sacudió la cabeza, como si se estuviera sacudiendo una mosca de la frente. Su rostro cambió de tono protector a otro más oscuro y dolido.
Él también miró la hora y se sentó en su oficina, sin mediar ninguna palabra de afecto.
Hubo casi veinte minutos de silencio hasta que él recibió una llamada.
—Dime, Vicente.
El pelirrojo le estaba poniendo en antecedentes.
Me llamó la atención que a los diez segundos, Bruno puso los ojos como platos y se echó la otra mano a la frente.
A continuación, me hizo un gesto con la mano para que me acercara y puso el teléfono en altavoz.
—Y resulta que no le bastaba con haberme seguido, que en menos de dos minutos se planta otra mujer muy parecida a ella y se ponen a discutir.
—¿Es un poco más bajita y con la nariz más corta y recta?
Bruno me miraba con las cejas arqueadas mientras lo preguntó.
—¡Sí, lo sabía! —Vicente chasqueó la lengua a través del altavoz.
—Es su hermana melliza, la cantante.
Con la afirmación de Bruno, corroboré mis sospechas del ego dolido de mis tías. ¿Tanto le había molestado el irónico pasotismo de Vicente para seguirle hasta Toledo?
—Pero ¿qué hace Eva también allí? —pregunté.
—¡Sabrina, por Dios! —Le oímos una risa cruda y amarga—. Si os lo digo, no os lo creéis.
Esbocé una sonrisa.
—De ellas me espero cualquier cosa.
—El agente prepotente que nos tiene manía.
Ya solo nos faltaba que, por culpa de Ana y Eva, nos abrieran una investigación a la empresa, más allá de los controles de seguridad en los que retienen más tiempo del debido nuestras furgonetas.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Bruno.
—¿Hay algún problema con mis tías?
—Quitando ese aura de divas que parecen llevar tatuada en el alma y que la pintora parece haberse picado conmigo sin motivo... —Vicente le dio una pausa dramática inoportuna—, la cantante parece haber hipnotizado al guardia de tráfico.
Creí entender mal.
—¿A qué te refieres? —cuestioné.
—Se ha puesto pedigüeño y no cesa de tirarle la caña de una manera cada vez menos sutil.
Increíble.
—¿A Ana o a Eva?
—A la que decís que canta. La que pinta no tiene el ánimo de pillar las indirectas.
—Son dos muñecas de trapo. —Opinó Bruno—. De las hechas a mano y que no hay dos iguales.
—Pues intentando ayudar, la cantante ahora tiene un fan.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.