Mis tías Ana y Eva

26/48: Duelo al sol.

El pareado de Vicente nos descolocó a ambos.
—¿Un fan? —insistí.
—¿Te refieres al guardia de tráfico? —preguntó Bruno, como si pudiera ser alguien más.
—¡Obviamente! —gritó Vicente al otro lado del teléfono.
Bruno torció la mandíbula y miraba hacia abajo como si esperara que alguna de las hojas de su escritorio se fuera a mover.
—Podríamos usar ese cambio de foco a nuestro favor.
Mira que le entendía con solo cruzarnos la mirada; pero lo que acababa de decir no le encontré sentido por ningún lado.
—¿De qué hablas, Bruno?
—Si al guardia le gusta tu tía, que deje de buscar navajas de Albacete entre los trajes de flamenca de los Carmona o se ofenderá.
¡Qué retorcida manera de darle la vuelta a dos problemas de un solo plumazo, joder!
—No sé si es buena idea... —Yo tenía sentimientos encontrados—, y sé que Eva no se va a prestar a ello aunque se lo pidas. ¡A no ser que le convenga, claro está!
—Jefa, creo que no va a hacer falta pedirles nada. —comentó Vicente, cortando mi devaneo.
—¿Por?
—Se están tirando de los pelos.
Me alarmé.
—¿Cómo dices?
—Pues eso; en plena autovía, en el límite entre Toledo y Madrid. En el control de tráfico hay dos señoras tirándose de los pelos. ¡Tal cual!
—¡Joder!
—Se recriminan entre ellas nombres aleatorios de hombre. —Vicente frenó una risa—. Han hablado de Fermín, de Héctor, de Manuel y de Jon. ¿El último no es el viudo de doña Irene?
—Sí, y el penúltimo nombre creo que le conozco... —Bruno me miró con cara de preocupación—, pero tendría que comprobarlo.
—¿Pero hago algo con las gatas estas o las dejo hasta que se arranquen la melena?
—¿Voy yo? —me ofrecí.
—Quien debería ir soy yo, Sabrina.
Bruno lo decía con autoridad, aunque no creo que sirviera de mucho al respecto.
—¿Y el agente de la ley no dice ni hace nada? —pregunté.
—Ese parece estar bailando la yenka de Enrique y Ana. O el María de Ricky Martin, que para el caso es lo mismo.
He de admitir que Vicente retransmitía con humor, algo que, desde fuera, era todo menos gracioso.
—Vicente, voy a avisar a Benjamín para que se acerque. ¿Te parece bien?
Le vi buscar en el ordenador la aplicación del GPS de los vehículos.
—Está empezando a picar el sol porque no hay nubes, Bruno, date prisa.
Según colgó la llamada, tecleó otro número.
—¿Benjamín? —Se colocó el teléfono en la otra oreja—. Bien, Vicente necesita que lleves el porte de su furgoneta. —Lo sujetó con el hombro y siguió tecleando—. Sí, el mismo caballero de todas las veces. —Y justo cuando iba a colgar, se acordó de algo más—. ¡Ah, por cierto! La dama de esta mañana y su hermana también están allí.
Tras concluir la llamada, me miró con los ojos entornados.
—¿Qué pasa? —le espeté.
—Creo que el padre de Mario se llama Manuel. Por eso lo decía.
Me di cuenta de que su primo lo dijo. Pero es que con tantas cosas, ¡cómo para acordarse de todos los detalles!
Mostré una pequeña sonrisa de asentimiento. Su gesto cambió.
—No me gusta nada.
Le noté con el tono ronco. Grave y dolido a la vez.
Sabía a lo que se refería.
—Hace mucho tiempo que somos como uno solo. ¿Crees que me romperé, acobardaré o que sucumbiré a él?
Su comisura derecha se elevó un poco.
—No lo creo, Sabrina.
—¿Y entonces a santo de qué viene ese afán por Aarón y por sobreprotegerme de él?
Tardó una eternidad en contestarme. Un tiempo silencioso como en un duelo del oeste.
Él disparó primero.
—Ya he perdido a mi madre. ¿Qué haría si pierdo al otro pilar de mi vida?
Gancho derecho directo al epicentro. Ya tenía los ojos vidriosos y era mi turno de llorar también.
Corrí a darle un beso como respuesta.
—Ahora que hemos hecho las paces... —Cambié de tema teniéndole a diez centímetros de mi cara—, ¿investigamos?
—¿Qué sugieres, belleza?
—Hay que cerciorarse de que entendimos todos bien el nombre. Tanto tu tío como el hombre que escuchó Vicente en el reproche entre mis tías.
Según lo dije, la bombilla de mi cerebro ató todos los hilos.
—Llamo a Mario y se lo pregunto en un momentito.
Puse mi mano en las suyas. No tenía que hacer nada. Era tan obvio que casi dolía.
—Son accionistas en su empresa; seguro que es algún otro duelo absurdo de egos de divas que creyeron tener.
Bruno bajó las manos y volvimos a pensar lo mismo.
—Entonces Jon no ha sido el primer capricho a dúo de tus tías. —Se rio.
—Ni será el último, seguro.




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