Mis tías Ana y Eva

27/48: Azul tormenta.

Lo primero que hizo Bruno fue llamar a su primo Mario para preguntarle el tiempo que llevaban las mellizas como accionistas en la empresa de su padre.
Al parecer, mis tías y Marcela habían sido compañeras de instituto. Aunque fue en una reunión de antiguos alumnos cuando retomaron el contacto.
Cuando colgó, mi novio me miraba con una mezcla de ironía y gracia muy divertida en él.
—Parece que al menos con tu padre se han esperado a que enviudara.
¡Había dicho tanto con tan poco!
—Ahora no sé si quiero saber quiénes son los otros dos hombres que escuchó Vicente, la verdad —repliqué.
Me encogí de hombros y negué con la cabeza. ¿Cómo escogerían a su siguiente víctima? Preferiría no saberlo.
Alberto llamó a Bruno por un posible cliente nuevo. Y justo durante esa conversación, Benjamín también estaba intentando llamar al jefe, por lo que decidió llamarme a mí.
Me comentó lo que ya nos suponíamos. Mis tías fueron amonestadas por desorden público y a Ana le sentó fatal que el guardia solo se hubiera fijado en Eva.
Cuando la llamada terminó y Bruno y yo nos pusimos al corriente, Lidia me llamó.
—¿Mamá?
—¿Sabes dónde están las locas de mis hermanas? Porque ninguna me contesta al teléfono.
—Pues da la casualidad de que sí.
—¿Y bien?
—Hasta hace unos diez minutos, en la A-42 entre Serranillos e Illescas.
Tardó un poquito en contestar.
—Una ubicación demasiado precisa, Sabrina.
—Es largo de contar, mamá; pero están ahí o muy cerca.
—¿De qué lío las tengo que sacar esta vez?
La idea preconcebida de mi madre la teníamos todos. Me hizo gracia que esta vez no fuera así.
—Pues han salido ellas solas. —Al recordarlo, me reí—. Aunque yo diría que tienen una flor en el trasero de pura suerte, la verdad.
—Las llamaba por algo que me ha sugerido el señor Carmona.
—Estamos en la oficina. Pásate y nos lo cuentas.
Le colgué.
A la hora de comer, los tres conductores pudieron estar en la oficina. Algo que ocurría pocas veces desde que sufríamos las malditas retenciones en Illescas.
Mi madre y Miguel tardaron como media hora en llegar y nos fuimos todos a comer unas tapas al bar que había enfrente del local.
Se estaban acomodando cada uno en su silla cuando el dúo llamó a Lidia.
Quiero suponer que las mellizas intentaron narrar su punto de vista del incidente a su hermana; ese en el que Vicente había ofendido gravemente a Ana y en el que "todavía hay agentes de la ley con buen gusto". Obviando la amonestación por desorden público, claro está.
Cuando terminó, mi madre miraba directamente a Vicente.
—Quiero tu versión.
El pelirrojo no escatimó en detalles. Desde su sorpresa al ver a Ana parar con su descapotable morado hasta el aplomo del guardia al darle una palmadita en el capó del coche de Eva cuando se iban.
Llamarlo surrealista era quedarse corta.
Miguel no abrió la boca durante la explicación. Sin embargo, su sonrisa iba creciendo muy despacio.
—¿Y qué se le ha ocurrido al señor Carmona respecto a las tías?
—Quiere que vayan a la Feria de Sevilla y la Feria de Abril con trajes suyos para hacerles publicidad.
—¿Sevilla? —Alguna pieza no encajaba.
—¿Publicidad? —Bruno, en cambio, estaba pensando en otra cosa.
—El comentario ha sido por el porte de folclórica que tienen.
Mi madre se encogió de hombros por puro desdén. Miguel afirmó en silencio.
—No es por malmeter, doña Lidia; pero sus hermanas no son muy cordiales para representar al señor Carmona como diseñador de trajes de flamenca.
Benjamín expuso en voz alta lo que opinábamos todos.
—¡Eso mismo le he dicho yo! Pero su respuesta ha sido que necesita que unas divas se pongan sus trajes.
—A ver, divas son. —Rio Bruno.
—¡Demasiado! —opiné.
—¿Y se van a prestar a ello?
Bruno se echó una patata brava a la boca, justo después de preguntarlo.
—Ahí está el problema, que depende de cómo las pilles.
Mi madre mostraba los dientes por apuro.
—Quizás me esté metiendo en camisas de once varas —intervino Vicente—, pero si estáis hablando de las locas de esta mañana, solo habría que inflarles un poco el ego para que acudan sin necesidad de cobrar siquiera.
Una carcajada general se apoderó de la mesa.
—Dos bonitos vestidos de índigo y violeta; con el estampado de puntos contrariando el uno al otro. —describió mi madre.
Me las imaginé con unos vestidos así. Una de índigo con topos violeta y la otra de violeta con topos índigo.
—De lejos parecería que las dos llevan el vestido de color morado —comenté.
—Azul tormenta, Sabrina, no morado. —Me corrigió Bruno.
—En el Corel Draw puede, pero es el morado de toda la vida, cariño.




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