A las cuatro y cuarto tocaba abrir por la tarde.
Lidia y Miguel nos acompañaron con el pretexto de enseñarle la empresa a mi padrastro.
Se metieron hasta la cocina; si la hubiera, claro está.
Mi oficina era un escritorio con su ordenador, una estantería y poco más. Por no tener, no tenía ni el ficus de rigor para que pareciera una secretaría.
Así que cuando todos se acumularon alrededor de mi mesa, me acordé de la hora punta del metro.
¡Sardinas en lata parecían!
Bruno se fue a su oficina y Benjamín, Vicente y Alberto no se fueron hasta las cuatro y media, como dictaba su jornada.
Lidia y Miguel aún se quedaron un poco más.
—No sé si la idea de Carmona es buena o un completo disparate. —Retomó mi madre.
—Oye, que si con eso las alejas de papá, por mí, encantada.
—No sé qué obsesión más tonta les ha dado con el pobre Jon. ¡Cuando nos casamos, le aborrecían!
—¿A papá? ¡Primera noticia!
—Tampoco es para tanto, pero Eva no paraba de llamarlo timbal y Ana lo tildaba de hortera.
No lo sabía, pero no me extrañó en absoluto.
—Ese Manuel que nombraron en la discusión que oyó Vicente. Bruno y yo nos hemos cerciorado de que es el jefe de la empresa donde son accionistas.
—Ahora tiene sentido lo de que son accionistas. —Sonrió con algo de ironía—. No era normal que se sintieran tan interesadas en la economía de una empresa, así, de repente.
Bruno, desde su mesa, se echó a reír. Yo caí en otro nombre.
—Héctor no será tu hijo, ¿verdad, Miguel?
—Espero que no, ¿cómo se fijarían en un chaval al que le sacan de doce a quince años?
Me sentí algo aliviada con la puntualización de mi padrastro y, a la vez, algo decepcionada por perder la esperanza de conocer a alguien más de esa supuesta lista.
Mi madre se asomó a la puerta de la oficina de Bruno.
—¿Qué edad tiene tu tío?
Mi chico, que estaba al teléfono, se acercó el aparato dos veces a la oreja y sonrió.
—Mario dice que su padre tiene cincuenta tacos recién cumplidos.
—Jon tiene cuarenta y cinco. Ana y Eva tienen cincuenta, como Manuel. —Informó Lidia.
—Será otro hombre. —Miguel sonrió ligeramente—. Mi Héctor tiene veintiséis.
—¡Cómo Mario! —saltó Bruno sin haber colgado a su primo todavía.
Yo me asomé a un lado y negué con la cabeza hasta que reparó en mi mirada acusadora. ¡Ese dato no venía al caso!
—Da igual quiénes sean las anteriores víctimas de mis hermanas. —Mi madre se llevó las yemas de los dedos a lo alto de la nariz—. El problema tiene que ver con la rivalidad que han mantenido desde siempre.
Recordando esa misma mañana y la razón que alegó Ana, a mí se me ocurrió una idea.
—¿No quiere llenar aforo? Pues vamos a llenarle la galería de gente.
Vi que Bruno acababa de colgar.
—¿En qué estás pensando?
Se levantó de su escritorio y se posicionó entre Lidia y Miguel.
Yo levanté las manos con un puño cerrado y empecé a sacar dedos según iba enumerando.
—Tu primo Mario y toda la empresa; tu primo Lope llevará a su guardaespaldas y a su novia; nosotros podemos invitar al señor Carmona para que les ofrezca eso que tiene pensado.
—¿Das por hecho que el modisto flamenco va a querer llevar a toda su familia?
—¡Por supuesto! —Miré a mi madre—. Y tú, espero que no dejes tirado a tu hermana o a tu mejor amigo, ¿verdad?
—Con Jon ha sido un golpe bajo, Sabrina. —Rio.
Miguel levantó la mano izquierda.
—Tenemos que recoger a Enid, Lidia.
—Sí, vale.
Se fueron a las cinco menos diez, rumbo a la discográfica donde mi pequeña hermanastra trabajaba de técnico de sonido. Lo sé por alguna de las conversaciones que tuve con mi madre antes de fallecer Irene.
Por fin pudimos tener tiempo para trabajar de verdad y las siete de la tarde llegaron en un suspiro.
Los trabajadores pudieron llegar a tiempo para cerrar y cada uno se fue a casa.
Puedo admitir, sin miedo a equivocarme, que la empresa que fundó Irene era una familia desde el principio.
Independiente de que ella manejara los contactos, y que nos pilló a todos por sorpresa cuando contrató a Alberto para ascender a Bruno.
Seis meses después falleció, dejando viudo a mi padre y huérfano a mi novio.
Y yo ahora tenía que lidiar con dos muñecas de trapo infantiles con demasiado ego y que pretendían ocupar su trono en el corazón de Jon.