Al llegar a casa, Jon estaba alterado.
—¿Se puede saber qué le ha pasado a tu tía Ana?
Bruno puso los ojos en blanco y se fue directamente a la cocina, o eso me pareció. Me tocaba a mí explicarlo.
—Se ha sentido picada por Vicente y le ha seguido hasta el control en el que siempre paran a nuestras furgonetas.
—¿Entonces por qué me ha acribillado a llamadas y mensajes?
—Supongo que querrá cerciorarse de que vas a la exposición de sus cuadros. —Me encogí de hombros, aunque no me diera igual del todo—. Hemos conseguido que vayan ciento y la madre para que no te atosigue con sus coqueteos.
Se echó hacia atrás y se cruzó de brazos.
—¡Miedo me dais!
Arqueó una de sus pobladas cejas con el mismo gesto de Dwayne Johnson. Me costó mucho no caerme de espaldas del ataque de risa que me dio.
Bruno acudió en calzoncillos por culpa del alboroto y, al verle los abdominales al descubierto, me tuve que sentar y taparme la cara por el sonrojo.
—Bruno, haz el favor de terminar lo que hayas ido a hacer a tu habitación. —Le regañó mi padre, aún con la media sonrisa todavía en su rostro.
—Jo, Jon, me he asustado, ¿vale?
Se fue igual que vino. En ese momento me di cuenta de que mis ojos iban directamente a su trasero, ¡como si no lo hubiera visto ya un montón de veces!
—Agua fría. Necesito beber agua fría —entoné en un hilo de voz.
Mi padre me escuchó perfectamente. Miró a Bruno, después a mí y volvió a Bruno.
—¡Sabrina, coño, que soy tu padre y me tienes delante!
Tierra, trágame. Lo había dicho en voz alta. Fui a la cocina y me serví un vaso bien frío de agua de la nevera.
Ya podía pensar con claridad.
—¿Y ahora por qué le gritas a ella? —Oí acusarle Bruno a mi padre.
—¡Bruno, tú a lo tuyo!
Escuché una palmada justo antes de volver al comedor.
—Papá.
—Dime.
—Mañana te vamos a recoger al instituto.
Tardó tres segundos en contestar. Como si estuviera reiniciando el software de su cerebro.
—¿Para qué?
—¿No vas a ir a la exposición de la tía Ana?
Casi me pareció leer en sus pupilas el error 404.
—No sé... —Le estaba costando reiniciar. —¿Mañana?
Bruno apareció con el pijama amarillo de verano que a mí tanto me gustaba.
—Oye, Jon, no te rajes a estas alturas —intervino Bruno—, que hemos movido a dos empresas y media para que puedas tener más anonimato.
Parecía que Jon ya se centraba en el tema.
—¿Vais a cerrar IRNO un viernes por la tarde?
—¿El cliente al que le vamos a hacer los portes mañana por la tarde? —mi novio sonrió con suficiencia—, pues resulta que va a acudir también.
—¿Y el porte?
—Haremos un trueque; ¿quiere que Ana y Eva aparezcan en las ferias andaluzas con sus diseños? Pues el último envío se hace el sábado.
—No lo pillo.
—Descuida, que ya te enterarás mejor mañana, Jon.
—¿A que es listo? —Sonreí.
Los dos se giraron hacia mí. Bruno sonrojado y Jon molesto.
—¡Sabrina!
—Vale, vale, me voy a poner yo también el pijama.
Entré con las manos en rendición, pero con una sensación extraña entre el gusto de haberme sentido orgullosa de mi novio y la vergüenza de haber sido pillada por mi padre sin necesidad.
Me puse un pijama de verano muy fresquito con estampado hortera de patitos ferroviarios. Fue un regalo que me hizo Bruno tras declararse y al que le tengo mucho cariño.
Abrí con cuidado la puerta de mi habitación y me asomé por si seguía rondando uno que yo me sé.
Pero no.
Mi príncipe estaba plantado ante mi puerta con la mano y los nudillos a punto de llamar.
No hará falta que diga lo que pasó después, ¿verdad?
A las seis y media nos levantamos como un reloj para despistar al "guardia". Pero mi padre, que no es tonto, carraspeó cuando ya estábamos cada uno bajo su puerta.
En fin.
Llevamos a cabo la rutina de siempre con mi padre y su maleta, y Bruno y yo con nuestros uniformes rojos de trabajo.
Cuando llegamos al local, nos encontramos a Eva echando humo por las orejas.
—¿Es cierto que Ana os ha dado pases VIP a todos?
Alberto no quiso saber nada y se metió en su furgoneta. Benjamín y Vicente se miraron sin decir palabra.
—Espera, tía, ¿a ti no?
—¡Pues no, obviamente!
—¿Por qué será? —Bruno intentaba parecer inocente, pero su pícara sonrisa le delataba.
Estuve a punto de darle un pisotón para que cerrara la boca, pero mi tía no se enteró ni por esas.
—No lo sé, chico, pero me ofende como su hermana que soy; ¡y además, melliza!
Me entraron ganas de ponerle delante de sus narices el secuestro que hizo de Jon. ¡Vaya pareja de ofendidas de pacotilla!