Mis tías Ana y Eva

30/48: ¡Un caramelo para la señorita!

Ninguno supo cómo gestionar aquello. Bueno, ni Bruno ni yo, la verdad.
Vicente dió un paso al frente y extendió la mano hacia Eva.
—Usa el mío.
Sonreía con una amabilidad fuera de su picardía habitual.
Mi tía le miró con algo de reticencia antes de cogerlo.
—¿Gracias?
Benjamín se encogió de hombros y se fue a su furgoneta. Al menos no había huido como Alberto.
—No hay por qué darlas, mujer. Al fin de cuentas, ¿no es tu hermana la que expone sus obras en la galería?
Eva se guardó el pase en el bolso antes de que Vicente se retractase.
—¿Y tú no vas a ir?
Aún la pufiaba.
—¡Por mí no te preocupes, guapa! —Hizo un ademán con la mano de manera afeminada; me asusté de su improvisación—, seguro que me vas a ver allí.
—Pero...
—Tía, ¿querías ir o no? —intenté intervenir para que no se demorara la cosa.
—Si él falta y yo voy...
—No hay problema; si tú no se lo dices, yo tampoco. ¡Voy a ir, seguro!
Vicente cada vez acentuaba más el toque afeminado al hablar. Casi resultaba creíble.
—Pues gracias, esto...
—Vicente. —Se puso la mano en el pecho.
—¡Vicente, sí, gracias!
Se dirigió hacia su descapotable morado.
Las sonrisas de nuestras caras pedían a gritos una explicación cuando nos giramos hacia el pelirrojo.
—¿Qué has hecho? —preguntó Bruno.
—¡Oh, venga! —se quejó—, ¡solo le he dado lo que quería! La gominola que estaba pidiendo.
—¿Y cómo vas a ir tú? —cuestioné yo—, porque precisamente de ti, sí que Ana va a cerciorarse si vas o no...
—Por eso no hay problema. En esa galería de arte siempre tengo pases VIP. Y de los personalizados, además.
—Perdona, ¿cómo dices?
Moví la cabeza como un perro cuando intenta entender a los humanos. Vicente se encogió de hombros y se dirigió hacia su furgoneta.
—Fácil, soy el hijo de la dueña de la galería.
Se montó y encendió el motor.
—¿Y cómo, pudiendo trabajar de algo más glamuroso, trabajas de conductor de portes? —Bruno se cruzó de brazos.
—No se equivoque, jefe; es un empleo sin las responsabilidades de poder cagarla por desinformación. —Cogió unas gafas de sol de su guantera y se las puso al más puro estilo David Caruso—. Y la esperanza de llevar arte a la galería de mamá nunca se pierde.
Guiñó un ojo, mostró media sonrisa y se fue directo al horizonte.
¡La madre que le parió, joder! Que resulta que es la persona que más confía en el arte de mi tía Ana. Increíble.
—¿Por qué acabo de tener un déjà vu? —Bruno se rascó la nuca sin apartar la vista de la calle por donde había desaparecido Vicente y su furgoneta.
—Hache. —Dije solo una letra.
—¡Ah, vale, el policía de la tele!
No quise ser incisiva con el tema de la serie, pero le sonreí y afirmé.
Alegó que seguramente Vicente llevaba bastante tiempo queriendo hacer la pose de las gafas y mi risa lo corroboró.
Alberto fue el primero en regresar al garaje de las oficinas. Ya era casi la una cuando apareció.
—Sabrina, ¿sabías quién recibía el envío?
Mostraba una tímida sonrisa, pero que destilaba el mismo tipo de picardía que Vicente.
Miré entre los pedidos. En la impresión pude leer al destinatario.
—Instituto Valdés Franco, ¿por?
—Me refiero a la persona, jefa.
—Pues supongo que algún profesor, o quizás el secretario, o el director. —Me daba igual, sinceramente.
—¡Tu padre!
Pues no me daba tan igual, la verdad. Pero tampoco es algo tan raro.
—¿Un profesor de literatura? ¿Por qué sería raro?
—¡Ah, no! Yo no digo que sea raro. Es solo una casualidad.
Bruno atropelló una risa y yo le saqué la lengua, punto.
—No sé, el paquete venía de China.
—Pues, quitando el hecho de que no favorece el comercio de proximidad, no entiendo el porqué de la alarma más allá de una simple anécdota.
—Ya, lo entiendo. —El pobre Alberto pareció apagarse un poquito—. Me ha sorprendido ver al profesor recibiendo el paquete. Eso es todo.
Bruno carraspeó.
—Si tienes dudas al respecto, se lo puedes preguntar dentro de un rato.
—No hace falta, jefe. Es solo una anécdota, como dice Sabrina.
Alberto caminó hasta su furgoneta y se sentó en el capó. Bruno miró la pantalla, su reloj y después a su empleado mientras suspiraba.
—Hay un envío de la tintorería de aquí al lado para llevarlo a una dirección de Vallecas. ¿Vas? —Mostró una pequeña sonrisa amable—. Creo que para las dos ya estarás de vuelta.
El hombre se iluminó como un niño ante el árbol de Navidad.
—Sí, jefe.
Y se fue feliz a hacer su trabajo.
Bruno, al verle desaparecer por la puerta, volvió a suspirar.
—Me ha llegado a parecer que le gustabas.
—¡Por supuesto, yo gusto a todo el mundo!
—Mírala —Sonrió con picardía, estirando el brazo con la palma extendida, pidiéndome permiso—, ni que fueras Rumi.
—¡Claro! —le tomé la mano y dejé que tirara de mí—, ¡si tú eres mi Jinu!




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