Mis tías Ana y Eva

31/48: El ombligo del mundo.

Después del beso, Bruno puntualizó:
—Solo espero que no acabemos igual.
Le di una palmada en el hombro a modo de reprimenda.
Vicente y Benjamín llegaron a cinco minutos de las dos. Alberto llegó puntual.
—¿Ya estamos todos listos? —Sonreí al preguntarlo.
—¿Y tu padre? —recordó Bruno.
—¿Con los uniformes del trabajo todo sudados? —puntualizó Vicente.
—¡Yo tengo un hambre canina! —intervino Benjamín.
—Bueno, pues nos vemos allí a las cuatro, ¿os parece?
Todos afirmaron y se desplegaron, ya montados en sus vehículos particulares, rumbo a sus casas para comer y prepararse para ir guapos a una galería de arte.
De camino a nuestra casa, Bruno mantenía una sonrisa de divertida ansiedad que esperaba que yo desvelase.
—¿Qué estás pensando? —pregunté al fin.
—Que cada uno va con una intención.
—No te sigo.
—Sí, a ver. Se supone que el foco de la exposición es la pintora que expone.
—Tía Ana, vale.
—Luego está la hermana desinvitada que va a acudir igualmente con pase, aunque la otra se lo haya negado.
Me reí.
—Tía Eva.
—También vamos nosotros como grupo. En el que está el interés amoroso de la artista.
—Sí, Jon.
—El "Hache" del arte.
Solté una carcajada al recordar la escena tan cinematográfica del pelirrojo.
—Vale, ese es Vicente.
—¡Y los auténticos artífices del despiste, nosotros!
—El epicentro de la mayoría de los que se van a presentar, porque los hemos convocado nosotros. ¡Mola!
—Sí, mola mucho que no tengan ni idea de lo que va a pasar ahí.
Yo aplaudí discretamente por el entusiasmo mientras Bruno aparcaba el coche.
Os digo: no tenía ni idea.
Según llegamos al instituto, Jon estaba hablando con un chaval y dos chicas en la puerta.
Hizo el ademán de invitarlos cuando reparó en el coche.
—Por eso os lo decía. Esta es mi hija, Sabrina.
—Encantado.
—¡Mucho gusto! —dijo la chica con la camiseta fucsia.
—Buenos días. —replicó la de blanco y negro.
—Sabrina, ¿puedes salir?
—¿Eh? Sí, claro, lo iba a hacer de todas maneras.
—Él es Adrián. Y ellas son Alicia y Alba. Son hermanos.
Adrián. El crío que vimos un par de veces hace tiempo. ¿Era él?
Bruno saltó del coche y se interpuso entre mí y los demás, antes de que yo pudiera salir siquiera del vehículo del todo.
—¡Jon! —Me agarró con fuerza—. ¿Te has vuelto loco?
Mi padre se ofendió.
—¡Por favor, Bruno, los chicos son inocentes!
—Me da igual, ¡has expuesto a tu propia hija!
—No te confundas, hijo, yo no le haría eso a Sabrina.
—¿Y esto qué es?
—¡Os lo he dicho, son inocentes!
—¡Has expuesto a tu hija, Jon!
—¡Calláos! —chillamos Adrián y yo a la vez.
Bruno y Jon se enderezaron como dos palos de escoba para mirarme.
—Al parecer, algo se nos escapa. —Terminé añadiendo.
—¡Gracias! —intervino Adrián—. Mi familia y yo vinimos al principio de curso porque Aarón ya se había curado.
Bruno dio un paso atrás, bloqueándome la salida. No se lo creía.
—De una obsesión, no se cura uno tan fácilmente.
—No me creas si no quieres. Tenemos mayores problemas en casa, como para preocuparnos de que creas o no la recuperación del amigo al que abandonaste.
Alicia y Alba miraron con absoluto desprecio a Bruno. Tomaron a su hermano cada una de una mano y se fueron calle abajo, hacia el este.
—¿Ves? ¡Esto es lo que quería evitar, Bruno! —inquirió mi padre.
—¡Qué más da, se lo contarán a Aarón después de todos modos!
—¿No lo entiendes? Si ellos estaban receptivos, era por el bien de su hermano.
—¡Me da igual, yo no!
—No me hagáis posicionarme —pedí—, podríais salir perdiendo ambos.
Fui bastante tajante al respecto.
Se echaron una mirada de odio, pero al menos dejaron de discutir.
Tampoco es que fuera la última vez que hablaríamos del tema. Solo lo pospuse.
Llegamos a casa con un orden distinto del habitual en el coche, en completo silencio a excepción de la emisora de radio.
Preparé una ensalada César para comer y nos cambiamos de ropa para ir al evento.
Irónicamente, debimos pensar en lo mismo, pues los tres nos vestimos con vaqueros y americana azul marino. Bruno se puso su camisa amarillo mimosa; Jon cogió un polo gris oscuro y yo me puse mi camiseta de tirantes blanca.
Cualquiera diría que éramos un equipo de bolos.
Aunque en realidad íbamos a un compromiso al que casi nos habían obligado a asistir; que habíamos "amañado" para protegernos y reírnos a partes iguales; pero que no sabíamos aún qué envergadura iba a tomar.




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