Eso no nos lo esperábamos.
La puerta cerrada y sin cartel que anunciara ningún horario.
Estábamos divagando cuando Vicente llamó a Bruno para avisarnos de que teníamos que entrar por el lateral.
Acudimos al lugar en el que ya estaban los tres conductores y más personas; entre ellas, los primos de Bruno y los jefes de las mellizas.
—¿Y Libertad? —pregunté a Lope.
—Estaba aquí hace un momento, pero ha querido acercarse a casa para traerse a alguien. —Miraba con picardía a Mario y a Marta.
La idea me picaba la curiosidad.
—¿A quiénes?
—A Shiro y Kuro, nuestros gatitos.
—¿Son muy monos?
Lope, orgulloso, me enseñó su fondo de pantalla del móvil, con dos gatitos acurrucados en una caja y letras en japonés como anotaciones. Los cachorritos no tendrían más de un mes, pero eran demasiado adorables como para ignorarlos.
Bruno se asomó a la imagen.
—¡Qué ricura de animales! ¿Y esos nombres?
—Se los regalé a Libertad por haber perdido al anterior gato. Como no se los quería quedar, me los devolvió. Y me los quedé a cambio de que ella les pusiera los nombres.
Lo que explicó no cuadraba con lo que ella había hecho.
—Pero si ha ido ella a por los gatitos...
—Porque ellos y yo vivimos con Libertad.
—Ah, vale.
¡Menudo patinazo tuve por no usar la lógica!
Bruno se dirigió al pelirrojo, que parecía de nuestro equipo de bolos con una camiseta de los Rolling Stones y el resto del uniforme improvisado.
—¿Has traído el pase?
Lo mostró.
El tarjetero se veía de muy buena calidad y la correa era morada, a diferencia de las azul chillón del resto.
—Creo que de todas maneras voy a dar un poco el cante, ¿verdad?
Benjamín nos observó con detenimiento.
—¿Y si os lo metéis en el bolsillo para que solo se vea la tarjeta por fuera?
Una fácil solución de un abuelete moderno.
—Oye, Benja, aquí está mal visto masticar chicle por las babas. —Vicente se acercó a él y le sacó un paquete que asomaba del bolsillo—. Pero un chupachups o una piruleta sí que se puede, si no los sacas de la boca.
—¿Y eso no produce babas? —comentó el otro con ironía.
—Supongo, pero son normas del local, no las he puesto yo.
Una hermosa mujer mayor se asomó por la puerta. Tenía ligeras ondas en su melena plateada. Una sonrisa preciosa y un vestido blanco de corte lapicero que le marcaba una estupenda figura culminaban su apariencia de elegancia máxima.
—Viz, ¿qué haces aquí fuera, hijo?
Bruno y yo le miramos como si su cabello se hubiese vuelto blanco, como el de su madre.
—Aceptadlo y no preguntéis. —Ordenó en voz baja.
Es cierto que ese diminutivo tenía muy poco que ver con el Vicente que conocíamos de la empresa; pero curiosamente, era algo que tampoco desentonaba con él.
—¿Te puedo llamar así a partir de ahora? —bromeé al pasar a su lado.
—Ni se te ocurra.
Vicente cerró el grupo y pasó el último.
Cuando miramos al interior, paredes altísimas mostraban lienzos de un metro de alto.
Algunos cuadros eran oscuros, otros claros.
Ninguno era en tonos grises como el Guernica de Picasso.
La protagonista del evento se acercó a la mujer de blanco; reparando en nosotros después.
—Doña Amaranta, uno de sus invitados me ha preguntado por algo de flow y fiurne que no entiendo muy bien.
—Ahora voy, Ana; tú solo dile que el flujo de un paisaje no entiende de palabras inventadas.
—Vale. —Parecía una niña buena y obediente—. Espere, ¿me han tomado el pelo?
Doña Amaranta ladeó la cabeza con dulzura y mostró una sonrisa.
—Probablemente, querida, pero en alguien como Risto te puedes esperar cualquier cosa.
Afirmó con prontitud y una sonrisa de travesura que me hizo no desear estar en el papel de ese señor. Justo antes de desaparecer, nos miró.
—Me alegra saber que habéis venido. —Y frunció un poco el ceño cuando su vista se detuvo en Vicente—. ¿Ves?
Al desaparecer, doña Amaranta se giró hacia su hijo.
—¿Ya la conocías, Viz?
—Es la tía de mi compañera de trabajo.
Según lo dijo, Vicente me señaló.
—Encantada, doña Amaranta. —Me presenté.
—Olvida las formalidades, chiquilla. Con que me llames por el nombre me basta.
Amaranta me pareció una bellísima mujer. Tanto por fuera como por dentro.
El grupo la seguimos por la galería al ritmo de su paso.
Tras el primer cuadro, Bruno me dio un codazo suave para que nadie lo viera.
—¿Dónde está mirando tu padre?
Había algo de sorna en su tono, y me giré hacia Jon.
No miraba ningún cuadro, miraba a Amaranta como si la propia mujer fuera una escultura.