Como si no le hubiera bastado conmigo, Bruno también avisó a Benjamín y a Alberto. Un chismoso de campeonato.
Iba a hacerle lo mismo a Vicente, pero reculó.
Eso me hizo gracia, quizás demasiada. Se giró hacia mí.
—¿Qué pasa? —y lo dijo con un tono totalmente inocente.
No pude contener la risa.
Obviamente, me convertí en el foco de la sala.
—Nada, nada. ¡Solo falta el plátano! —Seguí riendo hasta que se me pasó.
El resto de la gente debió de pensar que me habían contado algún chiste picantón de una macedonia y siguió con sus conversaciones. Bruno se separó de Vicente para volver por mí.
—¿Me cuentas el chiste o solo te has reído de mí?
Levanté dos dedos: lo segundo.
Ladeó su mandíbula y volvió a su sitio, mosqueado como un niño pequeño.
Yo preferí adelantarle y posicionarme junto a mi padre. Me apetecía ayudarle.
—Papá, ¿qué te parecen los cuadros de tía Ana?
Amaranta se detuvo en mí un momento, justo para que Jon se girara extrañado por la pregunta y evitara que la galerista le pillara observándola como a un ídolo religioso.
Clavó sus ojos en el cuadro que tenía delante.
—¿Eso es un triángulo o un gato sentado?
Yo observé el lienzo buscando una respuesta. No la hallé.
—¿Las dos cosas? —Se me ocurrió.
—¡Qué pregunta tan interesante, caballero! —comentó Amaranta, sonriendo a mi padre como si le hubiera comentado los cumulonimbos con un cielo despejado.
—¿Ah, sí? —Se me escapó.
Amaranta se cruzó de brazos y observó con nosotros.
—Yo veo una intención de ordenar pensamientos dispares que me conmueven e irritan a la vez.
—¿Ah, sí? —Me volvió a pasar. Qué vergüenza.
—Pues yo veo a alguien queriendo llamar la atención. —Vicente se coló entre mi padre y su madre para leer el título—. Bueno, es mi interpretación.
Y siguió su ruta.
Yo le imité, pero lo leí en voz alta.
—El niño que creía que su perro era un gato.
Volví a observar el cuadro. El triángulo rosa cobraba otro significado, y realmente daba asco, pero al leer el título también te daba lástima por el pobre animal.
—Conmueve... —Mi mirada se dirigió hacia Amaranta con un respeto y un reproche unidos que me recordó a cierto pelirrojo— ... e irrita. Ya.
Su gesto solemne se mostró más cordial y desenfadado.
—¿Verdad?
Me acerqué al oído de mi padre.
—Me cae bien. Por mí, sigue adelante.
Pillado por sorpresa, dio medio paso para alejarse de mí, lo que le acercó más a la galerista.
—¿Está bien, caballero?
—Se llama Jon. —Respondí por él.
Me alejé de allí en cuanto mi padre se disculpó por una torpeza que no quiso admitir que yo le había provocado.
Se oyó una ovación procedente de la puerta de entrada y supe que Libertad había llegado.
Pero no era la única. Eva tuvo que rodear el gentío que se acumulaba alrededor de unos maullidos, cada vez más intensos. Y todo para ver a mi padre y a Amaranta conversando.
Se acercó al atril con micrófono que había en un apartado rincón e intentó hablar. Se llevó un chasco al encontrarlo apagado.
Ana la descubrió y se acercó con cara de pocos amigos.
—¿Qué haces aquí? —le espetó.
—Visitar la exposición de mi querida melliza y que por alguna extraña razón ha decidido no invitarme.
—Ya tuviste tu momento de impresionarle, ahora es el mío.
Todo lo que pensaba de ellas se corroboraba en esa conversación que iba subiendo de tono por momentos.
Barajé la opción de seguir escuchando cómo se atacaban hasta ver lo absurdo de su plan. Estuve tentada de verdad.
Pero miré por un momento a mi padre disfrutar de una conversación con una mujer sin egos inflados de por medio y decidí intervenir.
—Ana, Eva, basta.
Les sorprendí.
—¿Sabrina? —Al unísono.
¡Joder, vaya par!
—¿Creéis que este es el sitio para que empecéis a tiraros de los pelos otra vez?
—¡No!
—¡Yo no he...! —Eva levantó la vista y se calló al ver mi cara.
—¿Podríais dejar de competir por una vez en vuestra puta vida?
—No hacemos eso, Sabrina. —Me replicó Ana.
—¡Todo el rato, y desde niñas! —Se incorporó Lidia a la conversación. Luego se giró hacia mí— ¿Y ese lenguaje, señorita?
—Cuando te hartan, explotas. —Me encogí de hombros.
—Eso es cierto.