Eva parecía algo indignada. Ana no sabía dónde mirar.
—¡Estamos celebrando que Amaranta Castillo ha creído en el arte de Ana Díaz Díez! ¿No podríais fingir que no competís, al menos? —Lidia había hecho su trabajo respecto a la galerista: saberse el nombre.
Ana y Eva intercambiaron miradas como si su hermana pequeña fuera en realidad su madre regañándolas.
Iban a replicar, pero me entrometí.
—Estáis tan obcecadas en vencer a la otra, que acabáis perdiendo de vista una meta que ni siquiera pretende formar parte de vuestra maldita competición.
No debí decir aquello. Pero lo hice.
Me habían entendido de sobra, y por eso buscaron a mi padre entre la gente.
Me arrepentí al momento, que conste.
—¿Y Jon?
—No lo veo, ¿Y tú?
—¡No!
Mi altura no lo hubiera cubierto, obviamente. Y Lidia tampoco es que creara un ángulo muerto desde la posición de ambas.
Me giré y tampoco le vi. Pero desvié el tema.
—¿Podríamos contemplar los cuadros, ya que estamos aquí?
Señalé al más cercano. Era un árbol que parecía una encina, pero era morado sobre el cielo anaranjado.
—¿Cómo se llama? —comenzó mi madre.
—Atardecer —respondió Ana sin miramientos.
—Una encina morada —comenté—, es bonita.
—Improvisé el árbol, así que supongo que eso será. Era lo que me venía a la mente.
Sacarse una encina de la chistera sin pretenderlo me pareció una genialidad por su improvisación.
—¿Cuánto tiempo tardaste en hacer el cuadro? —Eva fue directa.
—El fondo me costó dos días por el tamaño. El árbol, lo mismo. —Ana sonreía al cuadro, encogiéndose de hombros—. Y entre medias hubo dos meses para estropear el pincel y que pudiera poner las hojas como yo quería.
Creo que me debí quedar embobada con la encina.
—Ana, creo que le vas a tener que regalar el cuadro a Sabrina. —Comentó mi madre con algo de sorna.
—¡No hace falta, tía, de verdad!
—Eso espero, porque se venderán en un mes para dar el diez por ciento a una ONG.
—¿Ves? —Eva interrumpió—, y en cambio, una serenata se entrega de corazón sin coste.
¿Competían ahora por mí? ¡Vaya par!
Aun así, lo de la ONG me pareció un gesto muy noble por parte de Ana.
—Es un gesto muy bonito lo de donarlo a una ONG. —Dije— ¿A cuál?
Una sonrisa de circunstancia ocupó su rostro.
—Para exponer en la galería de doña Amaranta, lo de donar al menos el cinco era obligatorio. Y como no conozco ninguna pequeña para que tenga valor después... eso también lo eligió la jefa.
Tía Ana parecía otra persona al hablar de su propio trabajo y lo relacionado con ello. Parecía hasta normal.
Eva, al notar que su hermana se desinflaba, le acarició el hombro.
—Yo te voy a regalar mi voz.
Las otras Díaz nos enmudecimos de repente.
—¿Cómo que regalar? —cuestionó mi madre.
—¡Es una galería de arte! —Extendió los brazos—. ¡Necesitaría hilo musical!
—Ya tiene hilo musical. —Me quejé.
No creí que le gustara la idea a la dueña de la galería. Y siendo sincera, prefería no molestar a mi padre si podía evitarlo, ya que tenía la esperanza de que estuviera hablando con ella.
—Querida sobrina, esto es música de ascensor; los cuadros de Ana Díaz Díez se merecen música clásica. ¿Quién mejor para interpretarla que la propia Eva Díaz?
—¿Otra competición, en serio? —intervino Lidia.
—¡En absoluto, hermanita, es mi manera de mostrar la bandera blanca!
No supe responder, y entre Ana y Lidia se miraron; incrédulas como poco.
—¿Pero cómo vas a ayudarla cantando, Eva?
—Eso, ¿cómo?
—A ver, a ver... ¿qué cuadro escojo? —Señaló el cuadro de la encina morada—. ¿Este?
Ladeó un momento la cabeza y carraspeó un poco.
—No sé si pararla o dejarla que siga —susurró mi madre cerca de mí.
—Nesum dorma, nesum dorma...
La voz de tía Eva empezó a sonar por toda la sala, dejando a todos los asistentes en silencio.
En pleno gorgorito, Amaranta apareció, sin mi padre cerca. Y aunque me dio una ínfima parte de pena, fue mayor el alivio por la posibilidad de que pudieran ver las mellizas a un Jon embelesado por la galerista.
Tras ella había una pareja mayor y cuatro jóvenes alrededor. De los cuales, tres los había visto hacía como más de tres horas.
Al chico joven que me faltaba por reconocer de inmediato, sí que le reconocí de ocho años atrás.
Mi primera reacción fue dar un paso atrás. No dije nada. No hizo falta.
Lidia se había dado cuenta de que el color de mi cara se había esfumado por completo. Me abrazó como pudo.
—¿Dónde están tu padre o tu novio cuando se les necesita?
—Tienen pensamientos encontrados al respecto, mamá. —Tragué saliva con dificultad, pero aún seguía pensando lo mismo al respecto—. No voy a dejar que el miedo condicione mi vida. Este sitio está lleno de gente, punto.