Mis tías Ana y Eva

35/48: La bandera blanca.

Según me agarraba mi madre, Eva reparó en la situación. Ana acababa de terminar la canción en ese preciso momento y también se alertó.
—Doña Amaranta, ¿los conoces? —entonó Lidia.
—Son Isidro Torres y Fiorella Franco. —Respondió Eva—. Supongo que acompañados de sus hijos.
¿Se conocían?
No quise saberlo. Tomé aire y me zafé de mi madre.
—Voy a buscarlos y ahora vengo.
Mostré una sonrisa que no sentía en absoluto y moralmente huí. Yo misma sentía vergüenza de llevarme la contraria, pero era demasiada información de golpe.
¿De qué se conocían el padre de Aarón y Amaranta y mis tías? Era algo que se escapaba a mi control.
Encontré un aseo y entré. Allí estaba mi antigua niñera.
—¡Guao, Sabrina!
—Hola.
—Cualquiera diría que has visto un fantasma, chica.
—Pues no será un espectro, pero le falta poco.
Un maullido salió del transportín que llevaba colgado al hombro.
—Lope nos habló hace un rato de Siro y Kulo. —Intenté asomarme a la rejilla.
—Shiro y Kuro —corrigió—, les he traído para darles un poquito de beber.
—Libertad, pareces su madre. —Intenté hacer una gracia.
—Mira, la semana pasada me hubiese reído con ese comentario. Te lo habría replicado, incluso.
Abrí los ojos, sorprendida de su sinceridad, esperando que continuase.
—¿Ya no?
—¡No! Pero si quieres, te la puedo contar. Si me ayudas, claro.
Libertad cogió el cuenco que tenía dentro del transportín y lo sacó. Los gatitos se pusieron a maullar con desesperación mientras ella solo lo llenaba de agua.
Cuando lo volvió a meter con cuidado, las quejas dieron paso al silencio casi ronroneado.
—¿Tú sabes ese objeto que usan los niños pequeños para sentirse seguros?
—Creo que se llama "chuchu" o algo así.
—El cuenco del agua es el suyo.
Había conseguido que me relajara.
Me contó su historia. Sus aspiraciones de chef y algo de un contrato ridículamente sustancioso por tranquilizar a un borracho violento.
También me comentó que en su familia parecía más una compañera de piso que una hija hasta que se fue de casa.
Me habló de lo manipulable que había sido su retorcido padre; del motivo de su emancipación y de la cruel muerte de su gato Neko.
Comparada con su familia tan desestructurada, la mía era un circo donde solo actuaban dos payasas que se creían trapecistas y en el que todos los demás teníamos que seguirles la corriente para que el espectáculo continuase.
—Ya han bebido lo suficiente. ¡Toca que sigan deleitando al personal!
—¿Vuelves con Lope? —pregunté.
—Y con Mauro, Bruno, Mario y Marta.
—¿Bruno está con vosotros?
¡Aleluya!
La seguí hasta otra pequeña sala de la galería en la que estaban reunidos los tres primos Montenegro, un guardaespaldas y una mujer elegante.
Volví a saludar a todos cuando la chica que aquel día medía su altura en el restaurante con el guardaespaldas apareció con una bandeja llena de cafés.
Me extendió la mano mientras le cedió la bandeja a Mario.
—Soy Melisa, la business manager de GODANE, encantada.
Afirmé, le estreché la mano y me dirigí a mi novio.
—Está aquí.
—¿Quién?
—¡Lord Voldemort! —puse los ojos en blanco—. ¿Quién va a ser? ¡Torres!
Soy consciente de que los otros seis no estaban entendiendo nada, pero solo me importaba que lo pillara Bruno.
Su respuesta fue dar un respingo y correr a abrazarme, dejando a su primo Mario con el café en el aire.
—¿Dónde le has visto?
—Estaba toda la familia junto a Amaranta. Aunque ha sido mi tía quien ha hecho el amago de presentar a Isidro antes de que se posicionaran a nuestra vera.
—¡Vamos!
Bruno no quiso soltarme durante todo el trayecto, haciendo que estuviera a punto de tropezarme tres veces y de que ocupáramos el doble al caminar y obligando a la gente a apartarse.
Me giré y pude ver que toda la familia Montenegro, y extensiones, nos seguían.
Cuando llegamos con mi madre y sus hermanas, los Torres intentaban hablar.
—¡Fue mi ex la que le metió esas ideas en la cabeza! —Isidro estaba cruzado de brazos, mirando a Aarón con lástima.
—Lo que yo no puedo creer es que hayáis vuelto. —Suspiró mi madre.
—¡Perdón, no sabía que mi mecenas se trasladó a Canadá por Sabrina! —intervino Ana.
—¿Tu mecenas? —la interrumpió Eva—. ¡Era también el mío!
—A ver si ahora voy a tener la culpa también por ser un hedonista, joder.
—¡Me da igual, yo no quiero seguir con esto, cuelgo los pinceles! —gritó mi tía.
—¡Con mi voz tampoco cuentes, mentiroso! —Se le unió la otra.
Y así, como un frente común, mis tías dejaron de competir por mí.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.