Todo un muro se formó alrededor de mí. Fue raro, la verdad.
Y me gusta más bien poco que todo el mundo me considere frágil por ser bajita.
—¿Por qué soy un mentiroso?
Isidro se cruzó de brazos, mirando directamente a Eva.
—Dijiste que te había embriagado mi voz, ¡liante! —dio un paso al frente—. ¡Qué retorcido!
—¡No es mentira!
—¿Disculpa? —Fiorella le tiró de la manga.
—¡En el sentido más profesional, cariño! —dijo a su mujer.
—¿Y lo de que me pusieras en contacto con Amaranta? —intervino Ana—. ¿Eso también era para acercarte a mi sobrina?
—¡No! —Isidro dio un paso atrás, empujando a Aarón.
Bruno lo debió de observar también, acercándose a su antiguo amigo.
—No te acerques a Sabrina. —Gruñía como un perro.
—Perdona, Bruno, antes estaba convencido de que yo estaba por encima de los demás y me merecía tener todo lo que yo quisiese.
Aarón se puso la mano en el pecho, procurando parecer sumiso.
—¡Que no te acerques! —Volvió a gruñir al ver que el otro se inclinaba ligeramente hacia delante.
—Sabrina siempre fue bonita y delicada. —Rodeó el techo con los ojos—. ¡Y como siempre me convencieron de que podría tener lo que quisiera...!
Si estaba intentando disculparse, lo estaba haciendo de puta pena.
—¡No será por mí! —le replicó su padre.
—¡Ya, ya! —Aarón alzó las manos—. A lo que voy es que me he redimido y que ahora soy un hombre nuevo.
Podría tener razón, pero yo no le quería en mi vida ni de refilón.
Amaranta debió sopesar la cuestión y se acercó a nosotros. Colocándose entre mis dos tías.
Mi padre consiguió hacerse paso entre la gente. Me miró un momento, cayó en Lidia dándome la mano y en Bruno abrazándome como si yo me fuera a disolver.
—¿Qué me he perdido?
—¡Papá! —le llamé.
Me cogió la mano que tenía libre. Estaba muy cerca de Bruno.
—Te dije que no deberías haber intentado mediar hace un rato, Jon. —Se quejó Bruno en voz baja.
Amaranta levantó la mano; su rostro estaba serio.
—No creo que este sea el lugar más adecuado para aclarar estas cosas.
Aunque no tuvo tono exigente, nadie le replicó. Probablemente ni siquiera se intentó.
La mujer extendió la mano hacia la puerta, invitándonos a salir.
Así, los Torres fueron los primeros, y mis padres, Bruno y yo salimos después.
Noté que Lidia se giró hacia sus hermanas para que se quedaran en la galería. Supuse que ya les contaría después lo que sucediera.
Y fue, con todos en la puerta, donde al final tuve que enfrentar mi historia.
—Hace como unos ocho años —empecé—, se supone que yo me estaba escribiendo con Bruno. Pero a veces era el Bruno de siempre y otras veces sus comentarios eran incoherentes y llegaban a ser cada vez más espeluznantes.
Bruno me abrazó con más fuerza.
—Lo siento. —Susurró.
Le acaricié la cabeza con la mía, pues seguía agarrando a mis padres con cada una de mis manos.
Isidro dio un paso al frente.
—No tiene justificación, lo sé. Fue en el centro psiquiátrico, y no ocurrió hasta que su madre dejó de visitarle que se curó.
Le estaban echando la culpa a alguien que no estaba presente. ¡Qué valor!
—Me sorprendí al sentir un gran alivio cuando me dijo mi padre que mi madre había fallecido. —Comentó Aarón de nuevo.
Eso me dejó sin palabras. Recordaba que sus padres se habían divorciado, pero no que la madre falleció después.
—A ver si me aclaro —interrumpió Lidia—, por las cosas que hacía le metisteis en un centro psiquiátrico, y no tuvo mejoría hasta que su madre falleció, ¿cierto?
—Así es. —Isidro sonrió levemente al sentirse comprendido por mi madre.
—¿Y quién me dice a mí que el muchacho no volverá a recaer si se topa con otra persona tan manipuladora como dices que lo era su madre?
El hombre retrocedió. Noté que Jon me apretaba la mano al darse cuenta de la posibilidad que había planteado Lidia.
—¿Y qué sugerís? —preguntó Fiorella.
—Canadá. —Soltó mi padre.
—¿Cómo dices? —Isidro pareció ofenderse, pero solo un poco.
—Jon tiene razón —Bruno rompió su mutismo—, sois una familia con mucho dinero. Tenéis muchas empresas, y de distintas cosas. ¡Volveos a Canadá!
Adrián, Alicia y Alba se miraron entre sí. Su semblante había cambiado.
—Papá, nosotros queremos volver. —Rogó el chico.
Isidro los miró con detenimiento a cada uno.
—Fiorella, Aarón, ¿vosotros también?
Afirmaron por unanimidad.
—Sí.
—¿Y las clases? Estamos a finales de marzo...
—Papá, podemos hacer lo mismo que el año pasado. —Aarón se encogió de hombros al decirlo—. Volvemos a pedir el traslado y ya está.