Mis tías Ana y Eva

37/48: Guardia baja.

Isidro mantenía aún la mirada dubitativa.
—Mientras arreglamos los papeles del traslado otra vez, aún tengo que arreglar algo pendiente.
—¿Pero no nos vamos ya? —preguntó Adrián con urgencia.
—Hemos tardado tres meses en convalidar vuestros estudios de Canadá con la educación en España y ahora hay que hacerlo en el sentido contrario, ¿creéis que vamos a poderlo conseguir en dos días?
Aarón dio un paso al frente, lo que hizo que Bruno volviera a gruñir; y sin embargo, no le impidió hablar.
—Puedo prometer y prometo que no me acercaré a Sabrina de manera intencionada hasta que abandonemos este país.
Tenía la mano en el pecho, miraba al infinito con solemnidad. Y aun así parecía todo un paripé.
—¿Te crees Adolfo Suárez para decir eso con tanta facilidad?
Mi padre fruncía el ceño con acusación hacia Aarón por lo absurdo de su discurso.
Isidro también le acusó con la mirada.
—Hijo, ¿te quieres callar de una vez?
El gesto de Isidro provocó que Bruno soltara el abrazo y se enderezara. Lo que entendí fue que mi novio nunca había visto ese tipo de conducta de los adultos hacia Aarón.
—Entonces, ¿me perdonáis? —Aarón sonrió.
No se mostraba egocéntrico. No era ni alivio, ni alegría, ni tristeza. Pero su manera de decirlo no me gustó.
—No te quiero cerca de mí. —Tragué saliva con el mayor gesto de superioridad que pude manifestar—. Lárgate de mi vida, Aarón Torres.
Todos se parecieron asustar por la autoridad de mi rostro. Incluyendo a mis padres.
—Ahora entiendo que nunca tuve ninguna oportunidad.
El tono de Aarón era de completa sumisión. Y aun así, aunque por dentro yo estaba temblando, procuré no volver a flaquear.
Entrecerré los ojos. Fui tajante.
—Nunca.
Se dio la vuelta y caminaba despacio, alejándose hacia el aparcamiento.
Tras un tramo de como diez metros, empezó a ralentizar aún más el paso.
Esperaba algo. Como yo ya lo había dejado claro, supuse que el motivo era otra persona. Esa que acusaron al mediodía de abandono los hermanos de Aarón.
—Bruno —susurré—, es tu turno.
—¿Mi turno de qué? —me contestó en el mismo tono.
Hice un ademán señalando al que se alejaba. Afirmó con una dulce sonrisa y cambió el semblante para dirigirse a Aarón.
—No te deseo ningún mal si de verdad te has reformado. —Le sentí que inhalaba profundamente—. Pero sin segundas intenciones te diré que ojalá lleves tanta paz como la que dejas.
Yo, que había conseguido recuperar poco a poco el color de mi piel, me quedé pálida tras escuchar la frase de mi novio.
¡Ni que se hubiera muerto, joder!
Ninguno de los Torres parecía pensar lo mismo que yo. Isidro afirmó en silencio y después indicó a Fiorella con un leve movimiento de manos que se llevara a Adrián y las chicas con ella.
La familia se reunió en el trayecto. Mientras, el padre miró a Bruno antes de juntarse con el resto.
—Estaré alerta de que mi hijo no vuelva a Madrid ni de pasada y haré que lo cumpla. —Después, me dirigió a mí la vista—. Intentaré dejar a Ana y a Eva en manos de otros mecenas para que no desaprovechen sus talentos.
Me encogí de hombros.
—Como tú veas.
No replicó; yo tampoco quise retenerlo más de lo debido por mis tías. Y mi madre siguió callada hasta que desapareció de nuestra vista.
Ella y Jon me soltaron al fin. Fue notar el aire en la palma de mis manos y darme cuenta de la magnitud del apretón.
—No creo que mis hermanas quieran seguir con lo que están haciendo ahora.
Todos la observamos mientras volvíamos a la galería.
—¿A qué te refieres? —se interesó Jon.
Me sorprendió.
—Eva formó parte de un coro toda su vida y Ana era colorista en una revista de cómics. —Puso los ojos en blanco, con hartazgo—. ¿Crees que van a fiarse de cualquiera que les quiera convencer de que valen más en solitario?
—Pues Ana no pinta nada mal y Eva canta muy bien.
¿A mi padre le habían salido dos cabezas más y la piel verde?
—Papá, no bajes la guardia. —Le dije con un tono de sorna ligera.
—Si no me intentan impresionar, lo hacen bien. —Jon se encogió de hombros.
Yo sonreí y, sin embargo, mi madre soltó una carcajada.
—Eso es algo que ellas no deberían saber —comentó.
—Lo hemos averiguado ayer —interrumpió Bruno—, antes de interesarse por ti, le echaron el ojo al padre de mi primo Mario.
Lo contó como una anécdota, pero al pasar por la puerta de la galería, Jon palideció.
—¿Papá?
—¿Ese hombre no era otro viudo?




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