Mis tías Ana y Eva

38/48: Fuego cruzado.

Nosotros ya estábamos en el interior. Mi padre, con su gesto de estar calculando, aún se encontraba bajo el arco de la puerta.
Bruno le había comentado el dato casi de pasada. Pero esa pregunta apenas era otro dato más.
—Jon, creo que es mejor que lo hables con Manuel tú mismo.
Bruno podía parecer condescendiente, pero sabía por qué lo hacía gracias a lo que había hablado con su primo.
Mientras mi novio llevaba a mi padre a conocer al padre de su primo; y con una sensación de estar haciendo encaje de bolillos mental; yo preferí ir con Lidia para intentar averiguar lo que se les pasaba por la cabeza a Ana y a Eva.
Me las encontré discutiendo, como siempre.
—¿Entendéis que no es incompatible, verdad? —intentaba mediar Amaranta como buenamente podía.
Mis tías estaban sentadas en el mismo banco, cada una en un extremo.
—Le creí, ¿por qué motivo lo haría? —resoplaba Eva.
—¿En qué momento pensé que dejar un trabajo estable era buena idea? —se quejaba Ana.
—¡Con lo que yo quiero a mi sobrina!
—¡No más que yo!
Definitivamente, parecía que hubiesen nacido solo para competir. Y ahora lo hacían por mí... ¿Yuju?
—¿Ya estáis otra vez? —Lidia se sentó en medio.
—A ver, que sois mis tías y me queréis, ¿pero os oís cuando habláis así?
Yo estaba cruzada de brazos y las observaba con cariño y acusación.
—¡Y pensar que te hemos traído la desgracia con esa familia! —Eva se puso la mano en el pecho cuando lo dijo.
—¡Yo no esperaba que alguien se diera cuenta de mi estilo al colorear! —le replicó su melliza.
—A mí me comentó que mi voz sobresalía de las demás.
—Me convenció de que podría plasmar mi arte en lienzos.
—Consiguió una audición para el mismísimo presidente.
—Con una llamada tenía mi nombre entre los pintores más prestigiosos de la ciudad.
¿Todo, absolutamente todo, tiene que ser una competición?
—¡Basta ya! —Mi madre estaba jadeando casi como Hulk cuando reverdecía.
—Creo que no sois conscientes de que podéis hacer vida propia. —Suspiré y sonreí—. Podéis seguir vuestros caminos sin compararos, ¿verdad?
Se miraron entre ellas; pese a tener a Lidia justo en medio, casi hiperventilando de la rabia del momento.
—Cada cuadro de Ana me transmite una canción.
Que Eva fuera la primera en bajar la guardia me pareció importante.
—A mí me gustaría pintar algo mientras escucho en directo a Eva...
—¿Por qué yo alabo tu trabajo y tú hablas del futuro?
La pregunta me descolocó. Y a mi madre también.
—¿Futuro?
—Sí, a ver, yo estoy diciendo que lo que ya está hecho me provoca sentimientos. ¿Y ella dice que lo que yo haga se lo provocará? —Eva infló las mejillas como una niña con rabieta—, ¿y ahora no?
Yo entendí que seguían compitiendo por cuál de las dos adula más a la otra.
Lidia se giró hacia Ana.
—¿Y ahora? —preguntó.
—¿Cómo voy a demostrarlo si ya tengo hechos los cuadros? Solo se me ocurre ofrecerlo.
—¡Para mañana! Pues no me vale.
Siempre fueron un caso perdido.
Amaranta se acercó a nosotras.
—Ana, Eva, he rescindido el contrato por petición vuestra. ¿Qué vais a hacer a partir de ahora?
—Yo intentaré volver al coro.
—Y yo intentaré contactar de nuevo con el ilustrador con el que trabajaba antes.
—¿Queréis ser influencias?
Levantaron la vista y yo me giré. Detrás de mí estaba el señor Carmona.
—¿A qué se refiere? —Amaranta dio un paso al frente.
—Es un cliente de IRNO, llevamos y traemos sus trajes de flamenca hasta Sevilla y Chipiona.
Respondí por pura inercia. En ese momento me acordé de lo ocurrido en la autopista el día anterior.
Me interpuse.
—No tienen maldad ninguna, pero es que solo saben competir...
—Yo solo necesito que dos payas se paseen por la feria del Rocío y la de Abril con mis trajes de flamenca.
—Te puede salir mal la jugada, Carmona. —Le advertí.
—Yo no me achanto, chiquilla. —Sonreía como si fuera a soltar una bomba—. También iba a ampliar la familia casando a la Lorena con el Bruno y mira dónde nos llevó la cosa.
Habían pasado tantas cosas en una semana, que ya casi no me acordaba de que Lorena Carmona prefería a mi otro hermanastro, el hijo de Miguel.
Y como si al acordarme del detalle les mentara, detrás del patriarca se asomó Lorena y Héctor de la mano.
—¡Hola, Sabrina!
Al unísono, ya parecían uno solo de una manera algo empalagosa.




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