Mis tías Ana y Eva

40/48: Igualita que su hermana.

Fue una sensación extraña. Cualquiera que las hubiera visto se hubiera pensado que entre ellas había la misma conexión que si hubieran sido gemelas.
—El tejido es fabuloso. —Comentó Ana.
El chico joven que estaba justo detrás del patriarca iluminó su rostro con ilusión.
—Me encanta. —Dijo Eva.
Amaranta, con gesto de circunstancia, se rascó brevemente la sien.
—Es la primera vez que me pasa —le resultó divertido—. Pero hoy también es la primera vez para varias cosas en la galería. No creo que pase nada porque la artista se disfrace.
La mujer era maravillosa hasta para hacer favores.
Mis tías Ana y Eva tomaron los vestidos y se dirigieron al aseo para probárselos.
Lidia las siguió para ayudarles.
Y yo me encontré de repente con Amaranta, sin saber muy bien qué decir.
—Eres una joven resuelta, Sabrina.
—¿Se acuerda de mi nombre?
—¿Te puedo contar un secreto?
Se acercó a mi oído. Ella también se tenía que agachar un poquito.
—Sí, claro, soy muy responsable al respecto.
—Ana te mencionó varias veces en nuestras reuniones con cariño.
—He de decir que soy su única sobrina, así que no tiene donde comparar.
Mi comentario le hizo gracia. Pues no sería por haber contado un chiste.
—Vicente es el que más entiende de arte, pero el que menos quiere heredar el negocio.
Me lo comentó mirando un cuadro de dos palmeras y una hamaca.
—Soy la novia de su jefe. Espero que no quiera vendérmelo.
No sé por qué solté eso, sinceramente, pero me dio la sensación de que debía decírselo.
—No te preocupes, muchacha; que para eso, Vicente se sabe vender muy bien solito.
Me limité a observar el paisaje con tres niveles de playa. Ana cada vez me parecía más ecléctica pintando.
—Lo que pienso de Vicente es que es mucho más precavido de lo que quiere aparentar. —Comenté.
—Así es mi hijo.
Hubo una breve pausa hasta que se quiso aparecer el pelirrojo.
—Mamá, Sabrina, ¿qué cuadro estáis viendo?
Su tono de voz, entre la broma y la condescendencia, tan propio de él, cambió al levantar la vista y ver la imagen.
Amaranta se dio cuenta y se limitó a leer el título. Supongo que por entender el cambio en su hijo.
—Mi pequeño rincón desconocido.
Me fijé en que parecía realmente desierta la playa del cuadro; a excepción de quien pusiera esa hamaca, por supuesto.
—Es un paisaje bonito. —Solo se me ocurrió decir eso.
—Mamá —empezó a entonar Vicente—, ¿te acuerdas cuando me fui de vacaciones a Ibiza con Valeria?
—Sí, me dijiste que habíais roto en el viaje.
—Ese paisaje es de allí.
—Vicente, estás hablando de Ibiza, una de las islas más visitadas del planeta. —Tuve que interrumpirle—. ¿No será cualquier otra playa?
Señaló los puntos de colores que había en ambas partes del amarre de la hamaca.
Pero justo iba a hablar y explicarlo cuando dos pares de tacones resonaron por la sala, llamando la atención.
—¿A que están que quitan el sentido?
El patriarca de los Carmona llevaba a una de mis tías de cada brazo. Lucía orgulloso de las prendas que vestían Ana y Eva.
Ana llevaba el vestido en marino con los enormes lunares de violeta. El de Eva tenía los colores cambiados, pero era el mismo patrón.
Los vestidos, de cuerpo entallado y con falda de cola con volantes de borde rizado, tenían el volante como si fuera una espiral que enmarcaba medio escote y bajaba envolviendo el vestido hasta solaparse en los bajos de la cola.
El cabello oscuro y ligeramente rizado que Ana había llevado recogido en un moño; y que Eva había tenido en una coleta durante toda la tarde; ahora mostraban las melenas sueltas sin adornos.
No conseguí articular palabra alguna. Estarían espectaculares hasta que abrieran esa boquita que no sabían mantener callada.
—Muy guapas. —Rompí el silencio.
—Parece que han sido hechos exclusivamente para ellas. —Comentó Lidia.
—Cuando las vi de lejos en el entierro de la señora Irene, supe que ellas serían la percha perfecta para los vestidos gemelos.
El señor Carmona elevó las manos que tenía cogidas y ambas dieron una vuelta.
Eva no consiguió varear la cola del vestido y se le quedó en los tobillos. Ana se giró torpemente y casi lo pisa, a punto de tropezarse.
—¿Cuándo es la primera? —preguntó Eva—, porque yo me apunto a eso si puedo llevar este vestido tan bonito.
—Me parece algo pretencioso llamarlos gemelos si no son iguales. —Puntualizó Ana—. Pero son preciosos, y este me resulta hermoso y cómodo. ¿Me lo voy a poder quedar después?




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