El señor Carmona rio.
—Doña Ana, eso te lo tienes que ganar.
Eva se giró ante la insinuación del patriarca.
—No es un regalo, eso lo entiendo. —Le soltó la mano y se atusó el volante de la cintura—. Pero es muy cómodo de llevar. A mí no me importaría comprarlo, la verdad.
Lorena le llamó la atención con la mano en el hombro.
—¿Sabes quiénes son Lola Lolita y Álex Betancourt?
Yo apenas los conocía de alguna entrevista en la tele. Me quedé expectante con la manera de responder de mi tía.
—A la chica la vi participando en cosas peligrosas hace un año, ¿no? —comentó Ana.
Conseguí evitar que yo misma atropellara una risa al darme cuenta de que el recuerdo de mi tía refería al programa de "El Desafío". Me gustaba tanto que solo sentí que me faltaban las palomitas.
La sonrisa de superioridad de la joven calé era suave, pero más fácil de comprender que la de su padre.
—Son personas famosas por recomendar productos. —Respondió.
—Salen en anuncios, vaya.
—Son influencers. —Corrigió.
—¿Influencias?
—Algo así. —Lorena extendió su sonrisa lo que pudo.
—Yo quiero que vosotras hagáis eso con mi ropa. —El patriarca intentó ser lo más explícito posible.
—Eso ya te lo había entendido antes de que nos probáramos los vestidos. —Ana se cruzó de brazos—. Lo que no sé es cómo pretendes que lo hagamos.
—Señoras Eva y Ana Díaz —Una mujer mayor, con la piel oscura y llena de arrugas, pero el cabello muy tenso y recogido en un moño; se abrió paso entre los demás—, soy la auténtica dueña de la empresa de mi hijo.
Cuando vi que aquella imponente gitana era la dueña de la empresa de los vestidos, me quedé de piedra. De sobra es sabido que ellos respetan a sus mayores; pero esa mujer no parecía convaleciente para que la empresa la llevara el hijo o lo que fuera.
—Francamente, señora, me da igual quién sea dueño de la empresa —Ana se encogió de hombros—. A mí lo que me gusta es el vestido.
El rostro de la señora no se movió ni un ápice hasta que levantó las manos y las plantó en los hombros de mi tía.
—Dices lo que piensas. —Entonces sí que sonrió—. Eso es bueno para el negocio.
Eva se acercó a la señora.
—Si no nos dan los vestidos, ni nos están dejando que los compremos... ¿Por qué nos los hemos puesto?
—Mira, paya —la matriarca le guiñó un ojo—, yo huelo el negocio, ¿sabes?
Ana y Eva se miraron, incrédulas.
—Negocio, ¿nosotras? —entonó Ana.
Lorena se adelantó.
—Lo que dice la yaya es que ha visto cómo sois. Y aquí, mi padre ha sugerido que seríais un buen escaparate de nuestros vestidos en las redes sociales.
Les vi cara de desconcierto.
—¿En el Clapchat, o en el Tikitaka?
Al oírlo, casi me caigo de espaldas. Se lo dije bien, y aun así no quisieron ni aprenderlo.
—Niña —la abuela miró a su nieta con el ceño algo fruncido—, ¿la de la gente grabándose en directo cuál es?
—TikTok, yaya.
La mujer sonrió con confianza y le palmeó los hombros a mis tías; a la que tenía agarrada y a la que no.
—Pues esa, señoras.
Cada vez estaban más desconcertadas.
Yo podría haberles dado un empujoncito en cualquier dirección; y físicamente también; porque parecían ese pulpo del garaje del dicho popular.
—¿Puedo poner una pega? —Eva levantó la mano.
—Dime. —pidió la abuela.
—Solo tenemos Instagram, y apenas lo usamos para ver fotos de compañeros de trabajo.
—Yo cuelgo fotos de mis cuadros y apenas tengo veinte seguidores, creo. —Corroboró Ana.
La mujer mayor maldijo en un hilo de voz que no se entendió. El señor Carmona se rascaba la nuca como si le diera apuro. El chico joven que parecía la versión masculina de Lorena se escondió tras Héctor. La mujer que conocí como la sastra el día del velatorio, lo hizo tras la yaya.
Ahí todos parecían querer que los tragara la tierra; todos los gitanos menos Lorena, que se acercó a mis tías y se colocó en medio.
—No hay problema con eso. —Estiró el brazo y le indicó a mi hermanastro que se acercara él también—. Yo os abro una cuenta en TikTok y os enseño a usarla.
Ana y Eva se dejaron de reticencias cuando la chica empezó a hacerlo delante de ellas.
—Y si os invitamos a Chipiona para hacer el rocío —el señor Carmona intentó interrumpir—, podréis ganar suficientes seguidores para ir después a la Feria de Abril.
El caso es que me pareció una manera algo enrevesada como solución a la absurda competencia que siempre tuvieron; pero había resultado tan limpia al final, que me quedé satisfecha con la situación y mi curiosidad me llevó a buscar a Bruno para contárselo.