Pude darme cuenta cuando miré el reloj que apenas eran las siete de la tarde del viernes y, aun así, para dos horas y pico que llevábamos Bruno, mi padre y yo en la galería, habían pasado muchas cosas: aclarar lo de Aarón, conocer a Amaranta, comprender a Vicente, unificar a mis tías... bueno, eso aún estaba por ver, pero vosotros me entendéis a lo que me refiero.
Pues buscando a Bruno en una galería con las paredes casi como un laberinto, me volví a encontrar con mi padrastro Miguel y su hija Enid.
—El título del cuadro me deja más preguntas que las que me responde.
Miguel se enderezaba tras decirlo.
—¿Y cómo se llama?
¿Enid aún no lo había visto? Eso sí que era intuición visceral. ¡Literalmente!
—El niño que creía que su perro era un gato. —Informé acercándome.
Él estaba un poco compungido. Ella volvió a observar el cuadro.
—¿El triángulo rosa es el perro, el niño o el gato? —preguntó Miguel.
—Yo estoy convencida de que lo gris es asfalto.
No me hizo falta decir más para que mi padrastro echara un paso atrás.
—Del cuadro, lo que menos me disgusta es el título.
Me fijé en su cara. Su rostro mostraba una diversión irónica. Me resultó divertido saber que Miguel no era tan común como parecía y escondía un humor algo macabro debajo de esa tranquilidad que transmitía todo el tiempo.
—A mí me sigue gustando el cuadro, pero ahora me da pena el pobre perro. —Enid no apartaba la vista del lienzo, y aun así, su cara parecía un caleidoscopio de los cambios de gesto que manifestaba—. ¿Por qué un triángulo?
Cuando se giró hacia mí, me sorprendió.
—¿Sería así lo que vio? —Me encogí de hombros.
—No podría colgarlo en mi habitación, pero me encanta. Quizás tenerlo impreso en una lámina me inspire.
No sé dónde iba a encontrar la inspiración en el dibujo de un perro reventado en el asfalto. Pero recordé que trabajaba de técnico de sonido.
—¿Haces tu propia música, Enid?
—No, dibujo cómics de romance sobrenatural; aunque solo para mí.
Mi vista se fue hacia el perro reventado del lienzo. ¿Quizás sí que podría sacar algo de ahí?
—Eras Sabrina, ¿verdad?
Me giré hacia esa voz. Cuando vi a la chica de cabello liso y castaño claro, me vino a la mente la noche del domingo y nuestra aventura de detectives, cuando estiraba el brazo para medirse con el guardaespaldas de Lope: era la hija de Marta.
¿Cómo podría decir nada sin delatarme? Opté por disimular.
—Buenas tardes, ¿nos conocemos?
—Soy Melisa, la hija de Marta, la novia del primo de tu novio. Y hace una semana me presentaron a tus tías.
Me mostró una sonrisa pequeña, sin nada que ver con la que recordaba de la otra vez. Aquella era con confianza; esta era sincera, pero con algo intermedio entre la curiosidad, el recelo y la vergüenza.
—Pues tú dirás, Melisa.
—Me ha gustado un cuadro y Bruno me ha sugerido que te lo pregunte a ti.
¿Por qué me ponía a mí de intermediaria?
No pude evitar poner los ojos en blanco por un momento y le devolví la sonrisa.
—¿Y en qué se supone que te puedo ayudar yo al respecto?
Entrelazó sus manos. Pensé que empezaría a rogar, pero las bajó tal cual y elevó los hombros. Con un leve movimiento de cabeza señaló el cuadro de la encina morada.
—¿Quién ha hecho semejante virguería?
No pude más que sonreír.
—Ana Díaz Díez —me crucé de brazos—, una de las accionistas de la empresa de Mario.
Con los apellidos de mi tía se quedó un poco extrañada, pero con lo de las acciones debió de alucinar.
No quiso apartar la vista del cuadro.
—Pues aún no sabría diferenciar a la una de la otra —elevó sus manos y jugó con que apoyaba la barbilla en ellas—, pero si hacen cosas como estas, debería dejar de pensar que son dos mujeres florero.
Mira tú por dónde, que resulta que opinaba lo mismo que su madre de mis tías.
—Tu madre dijo lo mismo el lunes de mi tía Eva.
—Perdón. —Mostró los dientes con apuro, como si se hubiera dado cuenta de que había metido la pata.
—¿Por qué?
—Por decirlo así. No es que tus tías me parezcan tontas, es que me parecen...
—¿Intensas? —me resultó muy fácil hablar con Melisa—, muchas veces pienso lo mismo; pero el adjetivo que más las define sería competitivas.
Se relajó de su postura e incluso hizo el amago de decir algo más, aunque calló.
—Es bueno saberlo; así sabré a qué atenerme en la junta de accionistas.
Según decía aquello, el hombre que conocí como guardaespaldas de Lope se nos acercó para darle un pequeño toque en el hombro.
Melisa se giró y, con un rápido movimiento, cogió al grandullón de las solapas de su americana y tiró de él para darle un pequeño beso en la mejilla.
—Hola, Mauro —le dijo.
El hombre se enrojeció hasta las orejas, elevó los pómulos sin apenas mover las comisuras de sus labios y afirmó. Después se enderezó y acabó por apoyar su mano en el hombro de Melisa.
¡Qué pareja más cuqui, por favor!