Mis tías Ana y Eva

43/48: La familia crece.

Pude vislumbrar una sonrisa socarrona en el rostro de Melisa.
—¡Oh, venga, Mauro, déjate mimar!
—Yo soy así, Melisa, lo siento.
Me pareció escuchar un sonido y después a un hombre balbucear algo meloso.
Mauro se giró.
—Don Lope, Libertad, ¿habéis visto algo interesante?
Yo me asomé por un lado del grandullón; Melisa lo hizo por el otro. Ella se agarraba, yo no.
Procuré no pararme para que me siguieran hasta la sala donde estaban todos ya reunidos.
—Me harían falta cuatro o cinco cuadros de temática similar para la recepción del hotel. —comentó el primo Lope.
—A mí me ha gustado uno que se llama "frutas fuera"; tiene guasa porque es literalmente un cesto vacío con las frutas alrededor. —Soltó Libertad.
—Ya, mi tía no se ha pensado mucho los nombres, la verdad. —Me excusé.
—Hay artistas que no le ponen nombre a sus obras; tampoco es para tanto. —Lope se encogió de hombros—. El cuadro sin nombre que hay en casa de Dionisio ni se entiende ni se le espera.
Mauro carraspeó y Lope se corrigió.
—Ahora que se ha agrandado la familia al descubrir al primo perdido, nos irás conociendo poco a poco. —Se encogió de hombros—. Yo a mi padre le llamo por el nombre.
—Vale. —Dije.
No tenía por qué dar explicaciones, no pensaba preguntarle quién era Dionisio de todas maneras.
—Sabrina. —Melisa me llamó.
—¿Sí?
—¿Sabes si tu tía cotiza mucho sus obras?
Probablemente perdí el color de mi cara.
—¿A qué te refieres con cotizar?
—Pues que sí serán muy caros sus cuadros. Este del atardecer es muy bonito y me gustaría ponerlo en mi oficina.
Lo dijo señalando al cuadro. Mi vista y mi cabeza se fueron a Enid y el cuadro del chucho reventado, y después volví a la conversación.
¿Los cuadros de mi tía podían gustar tanto como para que la gente los quisiera comprar al momento? A mí no me llamaba ninguno tanto la atención.
—Creo que lo tendrías que hablar con ella y con la dueña de la galería. —Le contesté.
—¿Las dos?
—Tengo entendido que se donará el diez por ciento de la recaudación a una ONG y lo han hablado entre ellas.
—¿Va a donar parte de la recaudación? —Lope se interesó—, eso dice mucho de tu tía, Sabrina.
¡Cómo se notaba que este hombre no la conocía como yo! Hasta Melisa la había calado mejor.
—Amaranta le comentó que para exponer en esta galería debía donar el cinco a alguna ONG y Ana ofreció el diez.
Lo dije con la intención de darles a entender que era una obligación del contrato y me salió mal.
—¿Te exigen el cinco y ofreces el diez? ¡Qué generosa es Ana al doblar la oferta!
—Ya te digo yo que no es la sensación que transmiten cuando las conoces. —Intervino Melisa—. Parecen superficiales, exageradas y algo intensas.
—Pero eso de donar el dinero...
—También pueden ser hedonistas, pero por ahora solo lo ha demostrado... ¿Ana o Eva?, no sé, ¡una de las dos!
Sentí como si eso se me escapara de las manos. ¿Cómo podían provocar opiniones tan dispares?
—Ana es la pintora, Eva es la cantante. —puntualicé.
Libertad, como si entendiera mi desconcierto, sonrió y dijo:
—Verlas en acción debe ser todo un espectáculo.
¡No se hacía una idea de cuánto!
Ya estaba viendo el tumulto al fondo de la nueva instancia cuando oí una voz que me sonaba.
—No tenía ni idea de que las accionistas tuvieran también este talento oculto.
No me hizo falta girarme para saber que esa voz femenina era la de la jefa de GODANE.
—¿También? —Melisa se giró para mirar a su madre—, ¿tú has llegado a escuchar a Eva?
—Sí, le gusta el pop.
La mujer sacó su teléfono del bolso. No me esperaba lo que oí cuando reprodujo una pequeña grabación.
—¡Rompiste mi corazón cual bola de demolición!
La misma pista de voz que reprodujo mi padre en su móvil días atrás.
Decir que yo estaba atónita sería quedarse corta. ¿Era Marta quien le mandó el mensaje a Jon?
Mi instinto fue llevar mis manos a su móvil, como si con eso amortiguara mi vergüenza por paliar el volumen del mensaje.
—¿Lo grabaste tú, Marta? —Intenté desviar mi metedura de pata.
—La pillé desprevenida cantando en el aseo de la oficina y la grabé. —Se pegó el móvil al pecho, y con más apuro que pillada infraganti—. No tengo excusa, lo siento.
—El error ha sido mío —apareció el primo Mario por detrás de su novia—, cuando tu tía se dio cuenta de que Marta me lo pasó, me pidió que se lo pasara al número de su novio como una sorpresa.
Negué con vehemencia para darle a entender que no era así.
¿Por qué será que eso no me sorprendería en absoluto por parte de ninguna de las dos?




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