Mis tías Ana y Eva

44/48: El hombre del cubo.

Caí en la cuenta de que yo podría ser la más bajita del grupo, pero el tal Mauro era también algo más alto que Bruno. Era como si detrás de esa I y su puntito que éramos Bruno y yo; ese guardaespaldas fuera una letra escrita en mayúsculas, que son aun más altas.
Y mientras todos me seguían, charlando, como corderitos, nos íbamos aproximando al tumulto en el que ya podía reconocer algunas voces a través de la reverberación de las paredes de Pladur que hacían el laberinto.
—Si llego a saber que no era su pareja de verdad, no lo envío.
—Lo que yo creía era que les gustaba Manuel. —Añadió Marta.
—Yo no lo sabía —intenté aclararlo—, pero hace un par de días me enteré de que se interesaron en vuestra empresa por intentar conquistarle.
—¡Pero si son accionistas desde hace como siete y ocho años!
Pude ver por el rabillo del ojo que eso le extrañó.
—Pero… ¿Marcela no falleció hace tres? —cuestionó Lope.
—¡Por eso lo digo!
—Todo lo que voy a decir, lo he ido hilando yo en esta semana —comenté—. Tengo entendido que hubo una reunión del colegio donde… —dudé— ¿Marcela?, los presentó.
—¡Córcholis con las hermanitas! —rio Marta.
Mario le tomó la mano y se acercó a darla un beso en la mejilla. Fue pura dulzura.
—Así que por eso se acoplaron a la empresa de sopetón.
Me encogí de hombros.
—Probablemente.
Se acercó el hombre que reconocí en el restaurante del hotel como el tío de Bruno; justo mi padre iba detrás.
—Ya me ha comentado el viudo de Irene que son competitivas. —Sonreía con algo de diversión.
—¿Y qué mellizos no lo son? —comentó Marta, que tenía a Mario de la cintura y él a ella de los hombros.
Melisa se dió la vuelta, mirando a su madre.
—¡Yo no soy así! —Se quejó.
—Un poco sí, y Julián tampoco se queda atrás. —Rio Marta.
Mientras la chica inflaba sus mofletes de aire al más puro estilo hámster glotón, Jon ya nos había alcanzado y me amarró el hombro con cariño como señal de confianza y apoyo.
Melisa, ya con otra cosa en la cabeza, la giró y con seriedad preguntó:
—Y siendo tan exageradamente competitivas, ¿vamos a dejar que sigan en la empresa?
Si de por sí íbamos a paso de tortuga. La pregunta paró en seco al grupo.
—No lo sé. —Respondió Mario—. Han sido las únicas inversoras que no he tenido que buscar porque se acercaron ellas.
—¡Por su propio interés! —replicó mi padre.
—A eso, he de replicar que les duró poco —intervino el tío Manuel—. Estuvieron como dos meses acudiendo a todas las reuniones y después dejaron de venir siquiera a las juntas.
—Pues supongo que a mi querido suegro y padrastro le queda aún mes y medio de calvario. —Apareció Bruno, que me dió la mano y apoyó su brazo en mis hombros—. ¿Haciendo de pastor, colibrí?
—Algo así. —Le respondí con un cariñoso apretón de manos.
—No las recuerdo tan invasivas como lo han sido desde que mi madre falleció. ¡Y sólo ha pasado una semana!
Bruno tenía razón. Antes apenas hablábamos un par de frases por su cumpleaños o si me llamaban por el mío. Un par de navidades, incluso aprovecharon para llamarme juntas.
No pongo en duda que me quieran, pero siempre han sido parcas en mostrar afecto al respecto.
—Sabrina —me llamó Melisa—, ¿te suena este cuadro?
Todos nos fijamos en la imagen que decía. Un hombre calvo de espaldas, con un cubo de metal en la mano izquierda y un cubo de Rubik sin resolver en la mano derecha.
Yo reconocí desde el primer momento ese cráneo pelado y estoy segura de que Bruno también.
Mauro se agachó a leer el título del lienzo.
—El primer hombre del cubo. —El guardaespaldas se puso recto y levantó la mano para rascarse la nuca—. ¿A cuál de los dos cubos se refiere el título?
Desde fuera podría dar esa impresión, pero en el grupo había tres personas que estábamos seguros de que aquello era una crítica hacia Lidia.
—No me gusta el cuadro, colibrí.
Bruno fruncía el ceño, y yo tampoco es que estuviera muy contenta con lo que veía.
—¿por qué protagonizo un cuadro de Ana? —Mi padre terminó de rematar la aclaración—. ¿Y por qué un cubo, eh?
—Jon, creo que eso se lo tendrías que preguntar a la artista.
—Descuida, Bruno, que eso mismo haré.
Mi padre aceleró el paso para buscar a Ana, Lidia y Miguel.
Creo que intentaría aclarar la crítica de la pintora hacia su hermana menor y su gusto por los hombres calvos; como mi padre, y como también lo era Miguel.




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