Creo que puedo estar segura de afirmar que cabreado era poco para definir a mi padre en ese momento.
Aunque luego recordé que Ana y Eva estarían vestidas de flamenca e intentando comprender cómo eran las redes sociales para iniciar un nuevo camino juntas.
Si Jon decía algo peyorativo, podría dejar a las mellizas sin opción de redimirse. Y eso no convenía a nadie en absoluto.
—¡Papá, espera, que voy contigo!
Al menos intentaría enterarme.
Llegamos en menos de lo que dura un suspiro. Jon agarró a mi madre, a Miguel y, por supuesto, a Ana.
Negué con resignación a Bruno mientras nos cruzamos con toda la familia Montenegro y los allegados; los que acabamos de dejar. Lo hice para que ellos siguieran la supuesta ruta y mi novio me entendió a la perfección.
Todo para plantarnos frente al cuadro del cubo.
—Explícale este cuadro a tu hermana, ¡vamos!
Mi padre señalaba directamente a la cabeza del hombre que había en el lienzo.
Ana, con una tranquilidad pasmosa, se encogió de hombros.
—Es de hace tres años o así. —Ella misma observó la imagen, miró a mi padre y regresó al lienzo—. ¿No te gustas?
—No, Ana. Me refiero al título.
Lidia y Miguel se acercaron para leerlo. Lo más gracioso es que la autora también.
Cada uno lo tomó de una manera distinta.
Lidia se echó a reír. Supongo que le haría gracia.
Miguel mostró una sonrisa de satisfacción.
—Tendré que evitar que se te acerquen hombres con la frente muy grande. —comentó con ironía. Todo un crack. No
—Te estaba llamando interesante sin que Eva se diera cuenta. —Ana parpadeó de incredulidad—. ¿Qué es lo que has entendido, Jon?
Zasca. Punto.
Mi padre, obviamente, se ruborizó. Pero también dio un paso atrás.
—Alto ahí. ¿Interesante yo?
Le costaba recibir un halago sincero así, por parte de alguien que siempre parecía superficial. Sobre todo si el detalle del tiempo le contrariaba.
—No eres ñoño —Sacó la mano y empezó a enumerar con los dedos—, ni un sosaina, ni macarra, ni acaparador... ¿Qué hay de malo?
Fue una situación graciosa. Aunque he de decir que si a Ana mi padre le parecía interesante por no ser de carácter extremo; ella no se quedaba corta en lo que a contradicción se refiere.
—Pues soy un hombre normal, coño, del montón. —Jon tragó saliva.
Creo que se esperaba cualquier cosa de mi tía.
—¡Lo que tú digas! —contestó ella con un movimiento de mano—, ¡tener que explicar los motivos de mis gustos a mis cincuenta y dos años! —lo mencionó con hartazgo.
Nos dio la espalda y se volvió con Eva, la familia Carmona y los Montenegro.
Miré a Jon, Lidia y Miguel como si hubiera llovido zumo de manzana por los aspersores contra incendios.
—¿He entendido bien? —mi madre rompió el silencio.
Yo dirigí la mirada hacia la espalda escotada bajo la melena castaña de mi tía. Entendí que mi padre no había sido un simple capricho de oportunismo; al menos para Ana.
—Paso de esos temas —desconectó Jon—, toxicidad la justa. Su tono será inocente, pero eso no la exime.
Un pequeño hilo de lástima pasó por mi mente, y sin embargo, al observar otros lienzos, se me pasaba.
—Hay gente que no controla su ira. —Mi madre suspiró con resignación—. Ellas lo que no saben es controlar su competitividad.
—Quisiera preguntar a la galerista por las horas de apertura y cierre. —Mi padre desvió el tema a la par que la mirada. Incluso diría que me sonó a excusa.
—¿Quieres que te acompañe? —me ofrecí.
—Por favor.
No hizo falta buscar mucho. La vimos acercarse a su hijo, que aún contemplaba el lienzo de la hamaca entre palmeras.
—Si las miradas tocaran, habrías erosionado el cuadro hasta desgastarlo, Vicente. —Bromeé.
—Eso es lo bueno del arte, que contemplar no gasta.
Entrecerré los ojos. ¡Me había devuelto la broma doblada y envuelta!
—Por eso decidí invertir el local de mis padres en hacer una galería. —Amaranta observaba la misma imagen sin apartar la vista.
—Yo no recuerdo a papá trabajando en el hotel —comentó el pelirrojo de manera abstraída a su madre—, ni a ti tampoco, mamá.
—Normal, tenías dos años cuando yo heredé esto y tu padre empezó a trabajar en la casa de subastas.
Vicente se inclinó hacia esos puntitos de colores que había en un extremo de la hamaca al óleo.
—La de vueltas que da la vida y al final encuentro a la persona que ató la hamaca con mi pulsera.
—¿Te refieres a la pulsera de rocalla que creíste perder por culpa de Valeria?