Yo me encontraba algo contrariada con la sensación que tenía. ¿Por qué escogía todo el mundo para contarme su vida cuando estaba delante? ¿Acaso mi vida era plana e insípida para tener que adornarla y echarle especias?
Mi padre, sin embargo, pareció encantado.
—¿Estás seguro?
—¡Ah, Jon! —Vicente apartó la vista del cuadro para sorprenderse con la voz de mi padre—, la historia es que yo viajé a Ibiza con novia y una pulserita que me regaló mi sobrina. Me vine a Madrid sin ninguna de las dos.
—Yo sigo pensando que puede ser cualquier hamaca del planeta. —Me encogí de hombros mientras clavaba mi mirada en esos puntos de colores.
—Mira. —El pelirrojo sacó su móvil y, tras cuatro o cinco golpecitos, empezó a arrastrar los dedos de abajo hacia arriba con energía—. Tengo la foto por algún lado.
—¿Quién te regaló la pulsera, Viz?
—¿Tú quién crees, mamá? Oli, antes de que se fuera a Galicia.
Una pequeña sonrisa de resignación asomó en el rostro de Amaranta.
—A tus hermanos les va bien, solo que me gustaría verlos más a menudo. —Volvió al cuadro—. Hace más de diez años de aquello.
—Trece.
—¿Tanto?
Miré a mi padre con la esperanza de que se diera cuenta de que estábamos escuchando una conversación que no nos correspondía escuchar.
—¿Y qué te impide ir a hacerles una visita? —opinó.
Conociendo a mi padre, lo preguntó con una completa inocencia. ¿Iba a ir por ahí para hablar con ella?
—Sabrina —me llamó Vicente—, ¿crees que si le pregunto a Ana me dirá qué fue de la pulsera?
Acordándome de que ni ella se acordaba del título de sus obras, me encogí de hombros.
—Puedes preguntarle, pero lo mismo ni se acuerda.
—¿Por qué lo dices?
—¡Ah! —interrumpió mi padre—, hace un tiempo me pintó y no se acordaba del título del cuadro.
—¡A saber desde cuándo está hecho este! —Terminé la frase.
Vicente miró el cuadro y a Ana de manera alterna varias veces. Dudaba, pero no supe descifrar sobre qué.
Se decidió por ir a buscarla.
¿Otra vez tenía que frenar un ataque a las mellizas para que ellas pudieran terminar de dar el siguiente paso?
Fui detrás de él. ¡Me estaba haciendo más kilómetros que en la maratón, coño!
—Ana —le llamó la atención con un toque en el hombro—. Quisiera preguntarte una cosa.
Mi tía se giró hacia él. Eva, que estaba al lado, estiró el cuello para escuchar.
Vicente tardó segundo y medio en armar su argumento, y lo hizo dándole un repaso con la vista. En fin, sin comentarios.
—¿Pasa algo con algún cuadro? —No sé si Ana se lo veía venir o si ya era inercia.
Vicente intentó señalarla con el índice, pero se debió corregir antes de enunciarlo y solo agitó el dedo.
—Más bien con tus viajes a Ibiza. —No quiso hacer contacto visual.
Ana se puso tiesa.
—Ibiza, ¿de qué Ibiza me hablas? —La noté algo nerviosa de repente.
—¿Cuándo has ido tú a Ibiza? —se interesó Eva.
Eso me descolocó un poco, porque yo hasta ese momento pensé que iban a todas partes juntas como siamesas.
—¡Se habrá confundido, seguro! —se excusó. Tomó a Vicente del hombro y le dio varios empujoncitos hasta llegar al cuadro en cuestión—. ¿Qué sabes tú de eso?
Me fijé en que Eva nos miraba con recelo desde la distancia, así que levanté la mano en señal de frenada para tranquilizarla.
—¿Que qué sé? —Vicente señaló los puntitos de colores por enésima vez—, ¿Sabrías decirme quién en su sano juicio pondría rojo y turquesa en una misma pulsera?
—¿Cómo sabes que lo cogí de una pulsera?
La pregunta de Ana dejaba más incógnitas de las que respondía; pero ahora era yo la que quería saber de qué iba todo aquello de las cuentas.
—Lo sé porque estuve en esa playa, en esa hamaca, con la pulsera que me hizo mi sobrina cuando tenía cuatro años y donde descubrí que mi novia me creía un cajero automático.
—¡Oh, Viz! —Amaranta se echó las manos en la boca, que había escuchado todo en silencio con suma elegancia.
—Wow. —Yo fui menos sutil.
Ana, con algo de reticencia, prefirió ser precavida.
—Supongo que no te darías cuenta solo porque yo recogí las cuentas de la pulsera rota y las añadí a la urdimbre, ¿verdad?
Vicente soltó una pequeña risa amarga y negó con la cabeza.
Ana suspiró aliviada.
—Bien —Amaranta mostró sus manos juntas cual penitente y miró directamente a mi tía—, antes de que volváis a discutir, he de aclarar un asuntillo con la artista sobre la exposición.
La galerista se la llevó a su oficina.