Mis tías Ana y Eva

47/48: Jon Sanabria.

Me fijé en que Vicente apretaba los labios con algo de irritación.
—Tu tía me exaspera.
—¡Uy, no eres el único! —Mi padre se unió a la conversación.
—¿Acaso sabe lo que significaba esa pulsera para mí?
Vicente seguía hablando como si solo estuviera yo, porque seguía con la vista fija en los puntitos de color rojo y turquesa pintados en el lienzo.
—Lo dices como si ella lo hubiese hecho adrede, Vicente. —Procuré darle un toque de realidad—. Supongo que encontraría la pulsera rota entre la arena y le pareció útil añadir las cuentecitas a la hamaca.
Suavizó el gesto.
—Tienes razón, me excedí, perdona.
—Sin que sirva de precedente —Jon volvió a meterse—, he de puntualizar que en realidad no has ofendido a Sabrina con ese comentario, ¿verdad?
—Pues lo llevo crudo, ¡me irrita sobremanera! ¿Cómo puede ser tan exacta y despistada a la vez?
Ese último adjetivo no lo hubiera dicho yo en la vida refiriéndome a mi tía, pero quizás sí que era esa la base de su contrariedad, yo qué sé.
Jon suspiró.
—Tendrás cuarenta años; pero te comportas como un adolescente, Vicente.
El pelirrojo miró de soslayo a mi padre; sabía que tenía razón, pero le escocía que alguien lo verbalizara, por muy respetable que fuera.
A mí me cruzó la mente un pensamiento al oír el comentario de mi padre y eso me pareció que aclararía muchas cosas.
—¿No será que te gusta mi tía?
—¿Qué? ¡No, ni de coña!
Había respondido muy deprisa y el color de su pelo parecía haber teñido su rostro de repente. Estoy segura de que ni él mismo se lo había planteado.
—Bueno, pues yo sí que voy a admitir que tu madre me interesa.
Aquella afirmación de mi padre me la sabía. Lo que me extrañó es que la manifestara en voz alta.
—¡Ugh! —Puso un leve gesto de asco—. ¡Por Dios, Jon, que es mi madre!
Vicente se sacó las gafas de sol del bolsillo y se las puso. Mi padre y yo supusimos que, al hacerlo, no quería seguir hablando del tema.
Decidimos no meter el dedo en la llaga y nos acercamos al resto del grupo, que era excesivamente numeroso para ocupar una de las salas de la galería.
Me llamó la atención Marta, que se encontraba sentada en una silla que había aparecido de no se sabe dónde.
—¡Claro, le puedo pedir el contacto a Evan! —decía Lope con ánimo a Mario.
—Quiero que sea una ceremonia pequeña —respondía el otro con cordialidad—, así que cuando regresemos lo vamos a celebrar en el restaurante de tu hotel, ¿te parece bien?
—Yo por mí encantado, pero Libertad no se puede dividir. Y la quiero conmigo.
—¡Mira cómo marca territorio! —la chef rio entre dientes—. No sería la primera vez que soluciono ese detalle y lo sabes, ¿verdad, gatito?
El primo Lope, con más pudor que vergüenza y una felicidad que intentaba ocultar, encogió los hombros y ladeó la cabeza para desviar la mirada.
Me acordé de los gatitos por el apodo que había usado la parejita, por lo que busqué el transportín con la vista y reparé en que estaba al pie de Marta.
—Yo ayudaría encantado —se ofreció mi chico—, pero no creo que pueda colaborar con mi pequeña pyme heredada.
—No seas modesto, Bruno. —Mario le amarró de los hombros y le zarandeó un poco con afecto—. Tía Irene fue repudiada por ser madre soltera y al final ha sido la única que pudo presumir de tener algo completamente suyo sin ayuda de nadie.
Una tímida sonrisa de comprensión asomó en el rostro de mi novio cuando quiso aliviar la importancia de esa afirmación.
—La tía Marcela montó la empresa de publicidad junto al tío Manuel, y la tía Margarita ya sufrió bastante con su marido. ¡Cada una sufrió lo suyo, primo!
No entendí muy bien toda esa retahíla que habían intercambiado Bruno y su primo, pero ya me la explicaría después.
Un carraspeo por parte de la diva, que no estaba tan camuflada como pretendía, nos hizo a todos movernos para hacerle un corro.
—Voy a pediros un poco de silencio.
Al parecer, para Eva, su llamada de atención no había sido suficiente.
—¿Vas a cantar otra canción pop que no queda bien con tu voz, o entonarás otra de las piezas clásicas que siempre se escuchan por todos lados?
Todos miramos a mi padre. Tenía una cara de hartazgo bastante evidente y estaba entre el tío Manuel y el señor Carmona, que aún estaba pegado a Eva.
—¡No sé qué pude ver en ti para seguirte ciegamente hasta el congreso de profesores hace cinco años, Jon, qué desperdicio de mis valores, por favor!
—¿Igual que Ana? —replicó—, ¡no me hagas reír!




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