Eva dio un zapatazo con esa rabia tan divina suya. Pues se llevó un chasco, porque su gesto pedía un taconazo de quince centímetros y el tacón de su calzado era de siete, como los zapatos de baile que eran.
—¡Pensaba cantar para el grupo, egocéntrico!
¿Qué habría pasado mientras yo estaba con el tema del otro cuadro?
Mi padre se cruzó de brazos y resopló.
—¡Conmigo no cuentes!
Le dio la espalda y se posicionó entre Alberto y Benjamín. A ver si se le contagiaba el mutis.
Eva volvió a carraspear y entonó:
—Tonto el que no entienda, cuenta una leyenda...
En aquel momento la melodía me quería sonar, pero no la ubicaba en ninguna canción en concreto.
Según iba cantando Eva, una ovación se apoderó del gentío. Ya fue en el estribillo cuando reconocí la canción de Mecano.
—Luna quiere ser madre y no encuentra querer que le haga mujer...
Me fijé en que Vicente movía la boca como playback con cada palabra que cantaba Eva. Me resultó algo raro.
Pero antes de poder procesarlo, mi madre me cogió por banda y apartamos a mi padre también. Estábamos bastante separados para que pudiéramos hablar sin molestar, pero no lo suficiente para que nos echaran de menos.
—Vale que son un poco intensitas, pero te has pasado, Jon. —Le regañó.
—¿De qué hablas, mamá?
—¿Te acuerdas del congreso de educación que se celebró en Tenerife hace unos seis años? —Lidia estaba tentando el terreno.
—Sí, me fui con Irene. ¿A qué viene eso ahora?
—No te lo dije, pero mis hermanas preguntaron por separado tu destino. Las mentí a ambas.
—¿Entonces no era mentira lo que ha dicho Eva antes ni Ana hace un rato?
Mi madre lo negó. Estaba algo enfadada con la situación, pero se le había apaciguado con la cara de desconcierto de mi padre.
Me pude dar cuenta de que mi madre echó una breve mirada al grupo. E instintivamente yo también lo hice, aunque yo fui un paso más allá.
—¿Dónde les dijiste a cada una? —pregunté.
—A Eva le dije que era en Mallorca y a Ana le dije que en Ibiza.
Lo bueno de que todos te cuenten sus problemas es que puedes jugar a encajar piezas a lo loco y que te encajen por sorpresa.
Miré a Vicente, que seguía moviendo la boca en silencio. Eva seguía entonando los últimos versos de la canción. Y observé a Ana y Amaranta salir por una puerta, charlando de manera distendida.
Volví hacia mi madre y, sonriendo, le dije:
—En ese viaje que te inventaste, Ana pintó un cuadro, ¿sabes? —Yo aún observaba de soslayo a las dos mujeres que habían salido de la oficina.
—¿Y qué me quieres decir con eso, Sabrina?
Me di cuenta de que Ana se había percatado de algo entre la gente y caminó con energía, adelantando el paso a Amaranta.
—Mira, ya le has aclarado a papá que las tías no mentían; pero ahora hay otro frente abierto que hay que paliar. —Extendí el brazo y señalé a Ana.
—¡Joder! —exclamó mi madre.
—¡Amaranta! —Y mi padre fue menos sutil.
Con un hilo de voz, Eva dio por concluida la serenata cuando nos reincorporamos de nuevo al grupo.
—¡Oye, guapa! —El tono de Ana no era muy cordial—. ¿No te bastó con secuestrarle el lunes que ahora intentas encandilar también al siguiente?
Yo palidecí. Seguro que vosotros también lo hubierais hecho en mi lugar.
Noté que Jon suspiró a mi espalda al oír la última palabra de la pintora.
—¿Pero de qué vas, Ana? —Se picó Eva—. Era un regalo de agradecimiento a todos por venir a ver tus obras a la galería de doña Amaranta.
La mujer inclinó la cabeza en señal de cordial agradecimiento.
Ana puso los ojos como platos y se le enrojecieron hasta las orejas; y todo porque había reparado en que cierto pelirrojo se sabía cada palabra de la canción.
Fue bastante gracioso. Aunque he de decir que solo para mí.
—Tengo una noticia que daros. —comentó la galerista—. Por petición de la autora de los cuadros, se van a subastar este domingo.
Un murmullo se adueñó de la galería.
—Pretendo invertir gran parte de lo que consiga en mi nuevo negocio. —Ana intentaba disimular su gazapo cambiando de tema—. Seré inversora de una firma de moda.
Según lo había ido diciendo, extendió los brazos. Después se acercó al señor Carmona y a su madre.
—Si les parece bien, por supuesto. —inquirió.
—Eso está muy bien, paya; pero como no consigas los suficientes seguidores, vas a perder el parné.
Eva dio un paso adelante.
—¿Y si nos comprometemos ambas?
El gitano sonreía con satisfacción mientras su madre le extendió la mano a cada una de mis tías para estrechársela.
Al menos, mis tías parecían haber encontrado un frente común por el que no tenían que competir.
«FIN»