Mis treinta instantes

Instante cinco - No creo en las coincidencias…

Frente a mis ojos, aquella joven de cabellera larga y rizada se desvanecía lentamente. Su mirada, curiosa y profunda, tenía también esa distraída fragilidad que la hacía olvidar que minutos antes le había pedido su número de teléfono, solo para recibir un escueto ¡oh! como respuesta. Luego caminó por aquel pasillo oscuro y frío, como si nuestro encuentro no hubiera ocurrido. Aquel instante dibujó una leve sonrisa en mi rostro, provocada por su espontaneidad, pero también despertó en mí una curiosidad insaciable por saber quién era esa joven.

—¡Thiago! —la voz de Úrsula me sacó de mi lapso mental mientras observaba la ciudad desde las ventanas de su oficina—. ¿Qué te pareció Aaliayh? Es una chica algo distraída, me dice. La mayor parte del tiempo su mente parece estar en otro lugar, pero te sorprenderían los talentos que tiene para el diseño. Siempre he pensado que es alguien interesante y particular, muy dedicada y, sobre todo, creativa. Es increíble, aunque parece joven, casi de tu edad y pronto cumplirá treinta.

—Es una pena que no podré estar en su cumpleaños —sonrió con un dejo de melancolía.

En silencio, pensé que quizás ser diferente es lo que realmente hace a una persona más fascinante cuando la tienes cerca. Dejando de divagar, le respondí:

—Quizás tienes razón, no es común. También noté que durante la reunión estuviste muy callado. Pensé que algo te había molestado o que no te gustaban las ideas que planteamos.

—¡No! Todo lo contrario, para mí todo estuvo bien —respondió.

—No has cambiado mucho —dije, y luego pregunté—, ¿cómo está tu madre? Me sorprendió cuando mi hermano Gustavo me contó que querías restaurar la vieja casa tus abuelos. Recuerdo que tu padre también amaba ese lugar.

Asentí y una pequeña sonrisa se dibujó en mi rostro. Úrsula había conocido a mi madre cuando ambas eran estudiantes de secundaria. Mi madre llegó aquí siendo adolescente, pues mi abuelo había venido como embajador de Portugal. Gustavo, hermano de Úrsula, fue el amigo más cercano de mi padre; gracias a ellos, mis padres se conocieron.

—Mi madre está siempre ocupada en sus proyectos —confesé—. Desde que regresó a Lisboa, se hace cargo de los negocios del abuelo Máximo. Antes de ser diplomático, él fue un artesano local de cerámicas y textiles. Pero desde que mi padre murió, ella solo dedica su tiempo al trabajo. Se niega a conocer a otras personas, mucho menos a volver a casarse. Ya han pasado catorce años. Mi madre sigue siendo hermosa, pero siempre dice que tuvo la dicha de conocer a su persona.

—¡Thiago! —me interrumpió Úrsula—. Lo entenderás cuando encuentres a tu persona…

Sonreí y murmuré:

—Ya la encontré. Mi madre es mi persona. Ella es mi persona.

—Uhm —dudó ella—. No es la persona que llenará tu alma. Tu persona será alguien brillante, única. Ya me contarás.

—Estoy seguro de que esa pequeña llenará tu vida de luz otra vez —añadí, recordando aquella charla y sus palabras. Volví a ese preciso instante en que la vi por primera vez, cuando sentí que algo comenzaba a cambiar en nuestras vidas.

Miré el reloj y recordé que Dante y yo habíamos quedado de vernos. Me despedí de Úrsula.

Eran las cuatro de la tarde cuando iba camino a la casa de mi primo Dante García Giannetti, hijo de la hermana de mi madre. A diferencia de ella, que prefirió quedarse en Lisboa, Dante vivía aquí. Era mi único amigo real, teníamos la misma edad.

Mientras divagaba en mis pensamientos, Dante golpeó el cristal de mi auto.

—¿Qué haces ahí? Llevas como quince minutos parado… Ya pensaba llamar a la policía.

Dante era como un niño que solo había crecido de cuerpo, pero no de mente. Me miró fijamente y sonrió.

—Estoy feliz de que hayas regresado. Aunque pensaba ir a buscarte a Lisboa, aunque sea por poco tiempo, me alegra que te quedes con nosotros.

Con tono sarcástico le pregunté:

—¿Quem é a garota que é tão romântica? —¿Quién es la chica que es tan romántica?

—Thiago, no me hables en portugués —le pedí—. Solo me hace recuerdar a mi madre gritándome como loca porque le rompía todos sus preciados jarrones.

Sonreí, pues el rostro de Dante palideció al recordar a su madre.

—Se llama Danha —murmuró, mirando al horizonte—. Ya la conoces, era nuestra vecina. Actualmente vive con dos amigas; una de ellas es la dueña de la casa y está soltera, por si quieres conocerla.

—¡Ah! —respondí—. No te preocupes, aún no la he visto, pero si es como Marie, recuerdo que su amiga era algo solitaria y callada, rara vez hablaba o mencionaba a su familia.

—¿En qué piensas? —me preguntó, de repente distante—. ¿Cómo te fue en tu reunión?

—La amiga de mi madre se irá de año sabático. ¿Qué pasará con la remodelación? —continuó Dante—. Su asistente se encargará en conjunto conmigo; ella nos dará asesoramiento a distancia.

—¿Y el mejor amigo de tu padre? —pregunté—.

—Él nos ayudará con la parte civil de la obra. Su asistente llevará la parte creativa y arquitectónica del proyecto, y yo, como diseñador que restaura viejos edificios y ceramista portugués, trataré de recuperar las piezas originales dentro de la casa.

Sin pensarlo, susurré:

—Ella parece estar atraída por aquella antigua casa.

—¿Quién es ella? —señalé a Dante.

—La asistente —respondió—. Ella no sabe quién soy. No quiero que se sienta presionada al saber que soy el dueño, entiendo.

—¿Qué harás esta noche? —cambié de tema—. Y no quiero hablar en portugués cuando tu español es mejor que el mío.

—No sé —dijo—. Revisaré mis correos, buscaré información de la empresa en Lisboa y hablaré con mi madre.

—¡En serio! A esta hora, la tía Isabella ya está dormida —sonreí—.

Mientras Dante buscaba algo en su armario, yo me recosté en un sillón amarillo dentro de su habitación. Me pregunté por qué ese color, pero luego recordé que era Dante.

—Entonces, ¿qué piensas de mi propuesta de traer las cerámicas y textiles que creaban las empresas de nuestro abuelo en Portugal? —insistió—. Llevo tiempo ofreciéndote una excusa para que pases más tiempo aquí.




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