Miserable Matrimonio

CAPITULO 1

AMELIA

La habitación estaba adornada con velas aromáticas y pétalos de rosa esparcidos sobre la cama de sábanas blancas. Todo lo había dispuesto con mis propias manos en un intento de que está noche sea un ensueño. La luz tenue daba un ambiente cálido, pero el frío que sentía en mi pecho era más fuerte que cualquier calidez artificial.

Llevaba horas esperando.

Sentada en el borde de la cama, repasé una vez más los detalles de la noche. Mi camisón de encaje blanco —el mismo que compré a escondidas en una pequeña boutique francesa, soñando con esta noche— me quedaba perfecto. Mis manos, pequeñas y pálidas, reposaban sobre mi regazo, y mis dedos jugueteaban nerviosos con el dobladillo.

Me llamo Amelia Romanova. Y esta era la noche de mi boda.

O al menos, debería serlo.

A mi alrededor, las velas parpadeaban como si también ellas empezaran a perder la paciencia. El aroma a lavanda y vainilla ahora me resultaba empalagoso, casi nauseabundo.

Miré el reloj de pared.

Medianoche.

— ¿Dónde estás…? —susurré, como si la pregunta pudiera viajar por el aire y encontrar su camino hasta él.

El eco de mi propia voz me devolvió el silencio.

Me abracé a mí misma, sintiendo la suave tela del camisón rozar mi piel. Lo había elegido pensando en su mirada. Quería que él me viera . Quería que, al menos esa noche, él deseara estar conmigo.

Pero no estaba.

Me levanté y caminé descalza hacia la mesita de noche. El teléfono descansaba sobre la madera oscura, impasible. Lo tomé con dedos temblorosos. La pantalla iluminó mi rostro y vi reflejada en ella a una mujer que apenas reconocía: mejillas pálidas, labios finos apretados, ojos verdes que brillaban con una mezcla de desilusión y melancolía.

—No puede ser… ¿Por qué no viene?

Marqué su número. Mi pulso se aceleró mientras el tono de llamada sonaba una, dos, tres veces.

Nada.

La llamada fue directo al buzón.

Colgué sin hablar. ¿Qué podía decirle? Hola, soy tu esposa. La que dejaste plantada en tu noche de bodas.

Mi garganta se cerró.

—Tal vez tuvo algún inconveniente —intenté convencerme, aunque mis palabras sonaban huecas, falsas.

Caminé hacia la ventana. Afuera, la ciudad de Moscú se extendía bajo un manto de luces titilantes. El penthouse de los Volkov ocupaba el último piso del edificio más alto del distrito financiero. Desde allí, todo parecía pequeño. Insignificante.

Pero yo no me sentía poderosa. Me sentía diminuta. Perdida.

La luna brillaba con indiferencia en el cielo. Ni ella se compadecía de mí.

Recordé la ceremonia de esa mañana. Lo que espere con tanta ilusión y dicha , fue Vacía. Fría. El juez leyó las palabras de rigor con una voz tan monótona como si estuviera declarando la sentencia de un criminal. Y Dominic… Dominic ni siquiera me miró a los ojos.

Intercambiamos anillos como quien firma un contrato sin importancia.

No hubo beso . No hubo promesas como en cualquier matrimonio. Solo un apretón de manos seco y un "Bienvenida a la familia cariño " dicho por su madre con una sonrisa amplia.

Y luego él se fue. No asistió a la celebración y solo llegó a recogerme .

Me dejó en este penthouse con una maleta, un apellido nuevo y la orden de "esperar".

Llevo seis horas esperando.

El llanto comenzó a asomarse, pero lo contuve. Mordí mi labio inferior hasta sentir un sabor metálico. No. No lloraría.

Me dejé caer de nuevo sobre la cama . Las sábanas blancas se arrugaron bajo mi peso, y algunos pétalos de rosa volaron por el aire como pequeños testigos de mi humillación. Cerré los ojos y respiré hondo.

—Tal vez tenía una emergencia —repetí el mantra como si fuera un hechizo—. Tal vez vendrá en cualquier momento.

Pero con cada minuto que pasaba, la esperanza se desvanecía un poco más.

Abrí los ojos y miré al techo. El candelabro de cristal proyectaba sombras danzantes sobre las paredes. Era una habitación hermosa. Demasiado grande para una sola persona. Demasiado fría.

—Esta no es la noche que imaginé —susurré, y esta vez mi voz sí se quebró.

Imaginé un hogar, felicidad. Imaginé que, tal vez, con el tiempo, él podría llegar a quererme. Ingenua de mi.

Afuera, la lluvia empezó a caer. Las primeras gotas golpearon el ventanal con un sonido suave y constante, como si el cielo compartiera mi tristeza. O tal vez solo era Moscú, siendo Moscú: gris, fría e implacable.

Me giré hacia la almohada y la abracé con fuerza.

Había esperado esta noche durante semanas. Desde que mi padre me anunció que el pacto con los Volkov estaba sellado. Desde que supe que mi matrimonio salvaría a la de Dominic. Acepté mi destino por qué era el que yo quería con mucha ilusión . Amaba a ese hombre desde que hace dos años me defendió y fue amable conmigo. Elegí el vestido blanco más hermoso que pude encontrar .

Pero ahora, sola en esta cama demasiado grande, con las velas consumiéndose lentamente y la lluvia llorando por mí, mientras el reloj marcaba la una de la madrugada, me permití una sola lágrima. Una pequeña muestra de tristeza que rodó por mi mejilla y se perdió entre los pétalos de rosa.

—Feliz noche de bodas, Amelia —murmuré con amargura.

Las velas se apagaron una a una, sumiendo la habitación en la penumbra.

…..

DOMINIC

El humo del cigarro se enroscaba en el aire como serpientes perezosas.

La sala VIP del club Cerny Zajic estaba llena de música y luces brillantes que parpadeaban al ritmo de un bajo profundo y vibrante. Las paredes negras, los asientos de terciopelo rojo, las botellas de vodka y whisky alineadas sobre la mesa de cristal… todo en este lugar estaba diseñado para hacerte olvidar el mundo exterior.

Y esa noche, yo necesitaba olvidar.

Me recosté en el sofá, mi traje negro impecable de la boda , y dejé que el hielo tintineara en mi copa. El whisky quemaba mi garganta, pero apenas lo sentía. Frente a mí, Dimitri reía mientras una rubia de labios carmesí se retorcía en su regazo. Sergei, más reservado, observaba el espectáculo con una sonrisa apenas esbozada, su copa girando entre sus dedos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.