La mirada de Anna deambulaba por el despacho, evitando a toda costa cruzarse con la de aquel hombre. Sentía que si ese depredador lograba leer sus ojos, descubriría todos sus secretos. Como si él lo presintiera, se acercó y se inclinó hacia ella. Apoyó sus robustos brazos en los reposabrazos de la silla, atrapándola en una especie de cautiverio.
—Algo me dice que mientes. Es más, estoy seguro de ello. Dime la verdad, ¿qué haces aquí?
La joven no pudo contenerse y lo miró a los ojos; unas pupilas color chocolate que hechizaban y atraían. Se quedaron fijos el uno en el otro, y nadie se atrevía a romper el silencio que reinaba en la estancia. Anna sabía que él esperaba una respuesta, pero la verdad era algo que no podía revelar. La mirada de él recorría cada rasgo de su rostro hasta detenerse, por un instante, en sus labios carnosos. Justo cuando ella creyó haber hilado una excusa digna, su boca fue sellada con arrogancia por un beso exigente.
Los labios del hombre saboreaban con avidez los de ella, que cedían ante la presión. Anna, olvidándose del mundo, fue incapaz de resistirse. Su corazón perdió el ritmo y su respiración se aceleró. Se entregó al beso del hombre amado, aun sabiendo que ella no le importaba. Él solo buscaba, a cualquier precio, demostrar su falta de sinceridad, desenmascarar su mentira y borrarla de su vida para siempre. Se reprochaba a sí misma no haber podido cumplir con su trabajo. Tenía una sola misión y había fracasado. Inesperadamente, el amor se había abierto paso en su corazón, destruyendo todos sus planes.
El beso se volvió más demandante mientras la mano del hombre acariciaba su hombro. La razón solo regresó a ella cuando sintió que el tirante de su camiseta empezaba a deslizarse hacia abajo. Se obligó a interrumpir aquel beso embriagador. Sujetó el tirante y lo devolvió a su sitio.
—No me beses —su voz sonó más como un leve chillido.
Él entrecerró los ojos con aire depredador, sin dejar de escrutar el rostro asustado de su presa, que ya había caído en sus redes hacía tiempo. Se inclinó y susurró con seguridad cerca de su oído:
—Pero si te encantan mis besos.
No era una pregunta, sino una afirmación. El aire caliente de su aliento le acarició el cuello, provocándole un estremecimiento eléctrico. Ignorando sus débiles protestas, él comenzó a cubrir su rostro con besos cortos que, poco a poco, se hacían más prolongados. Lenta, dulce y ansiosamente, saboreando cada milímetro de su piel delicada, sus labios volvieron a aproximarse a los de ella, ahora hinchados por el deseo.
Anna permanecía inmóvil, en silencio. Parecía que un solo suspiro bastaría para romper el encanto de aquel momento. Un momento que, en realidad, no le pertenecía. Su mente gritaba prohibiciones, advertía sobre la farsa y el juego magistral de aquel hombre, pero su corazón le ordenaba callar. Temía sentir de nuevo aquel beso tan anhelado, pues sabía que podría delatarse. Apoyó la palma de la mano contra el pecho varonil y empujó:
—Detente. Te estás comportando de forma inaceptable.
Él, como si despertara de un trance, retrocedió. Sus ojos escaneaban penetrantemente el comportamiento de la chica, como si quisieran desentrañar cada uno de sus misterios. Anna comprendió que un segundo más y no podría luchar contra sí misma; terminaría abalanzándose sobre él. Tenía que huir lo más lejos posible de aquel amor prohibido. Se levantó y, sin decir palabra, corrió hacia la puerta. Atravesó la recepción vacía y salió al pasillo. Detrás, escuchó pasos apresurados. La estaba alcanzando.
Su corazón latía desbocado, acelerándose con cada zancada. Corrió por el pasillo desierto contando los pasos hacia su salvación. Solo un poco más y estaría a salvo. Pulsó el botón del ascensor y esperó. Necesitaba un tiempo que no tenía. El hombre avanzaba con paso firme. No corría, no decía nada, no expresaba emoción alguna; simplemente se acercaba con rapidez. La joven se dio cuenta: era su fin. El fin de su fingida indiferencia y de sus sentimientos ocultos. La idea de bajar por las escaleras parecía su única salida, pero solo unos pasos la separaban ya de él.
El pitido del ascensor fue como una ducha de agua fría. Las puertas se abrieron y Anna vio en su interior su refugio. Entró de un salto y pulsó el botón del primer piso. El elevador se cerró, ocultando el rostro insatisfecho del hombre. Ella soltó un suspiro de alivio y se cubrió la cara con las manos. Había estado a punto de ser descubierta. Una palabra más y lo habría confesado todo.
De repente, el ascensor dio un sacudida y se detuvo. Pareció que, junto con él, el aliento de Anna también se detenía. Esperó en tensión, repasando mentalmente sus opciones, cuando de pronto las puertas se abrieron. Ante ella estaba su amado, con las facciones del rostro tensas. Sus ojos ardían con un fuego infernal que la hacía estremecer.
Él callaba. Con ese silencio parecía estar llevando a cabo un interrogatorio mudo. Entró en el ascensor con paso decidido. Las puertas se cerraron de nuevo, privándola de su libertad no deseada. Como para asegurarse de que nadie interrumpiera su tortura, el hombre pulsó el botón de parada.
—Has sido una niña mala. Nadie huye de mí.
Anna se tensó contra la pared. Él se cernía sobre ella como un tanque de guerra. Con una mano la tomó de la cintura y con la otra apresó su mano. Sus dedos se entrelazaron, y aquello fue la señal, la luz verde para la acción definitiva. Sus labios la besaron con avidez, con prisa, como si temieran que su dueña volviera a escapar. Y ella, finalmente, se rindió ante tal presión. Comprendió que había perdido aquella batalla desigual. Sus sentimientos la dominaron y ya no le quedaban fuerzas para resistir.
Le devolvió el beso, derritiéndose bajo su tacto y disfrutando del instante. La pasión los cautivó a ambos, cortando cualquier vía de retirada. Su camiseta cayó al suelo casi sin hacer ruido. Los dedos de la chica desabrocharon con decisión los pequeños botones de la camisa de él. Finalmente, despojados de la ropa innecesaria, ella se pegó a su cuerpo. Él se apartó ligeramente y la miró con la vista nublada por el deseo: