Mujer de alquiler

Capítulo 1.2 ¡Eso no es!

Capítulo 1.2 ¡Eso no es!

Vlad fue cojeando hacia la chica del pelo rosa, se quitó la chaqueta y se aflojó la corbata, que por alguna razón ahora le apretaba demasiado.
– ¡Páseme la llave del quince! –pidió la chica, al darse cuenta de que el dueño del apartamento estaba cerca.
– ¿Qué? –preguntó Vladislav.
– ¡La llave fija del quince! –volvió a explicar Sasha, mientras el hombre permanecía de pie mirando aquellas herramientas, que eran de color rosa. Vaya cosa más glamurosa. Una chica muy llamativa.
– Es que todas son rosas –dijo el hombre con incertidumbre.
– Ya veo, la pierna no tiene nada que ver, definitivamente las manos no le crecen de los hombros... –murmuraba Sashka.
– Lo he oído todo –dijo el dueño del apartamento sintiéndose oficiado, pero sin apartar la mirada del trasero de Sasha.
– ¡Pues acerque el maletín de herramientas! –no aguantó la chica.
Vladislav acercó las herramientas y la chica encontró ella misma la llave que necesitaba.
– Hay que cambiar el tubo. De momento he cortado el agua, pero el que le hizo la reforma era un chapucero, porque la llave de paso de la cocina no corta el agua y he tenido que cortar la general del apartamento –dijo Sasha con tono profesional, limpiándose las manos–. Hay que cambiar el tubo, y le recomendaría cambiar también la llave de paso.
– De acuerdo, la cambiamos –respondió el hombre.
– Pero hay que comprar todos los materiales –dijo Sasha muy en serio.
– Ahora mismo le escribo a mi asistente lo que hay que comprar y lo traerá todo rápidamente; mientras tanto, podemos hablar de la conferencia –propuso Vladislav.
– ¿Y está seguro de que su asistente comprará todo lo necesario? –preguntó Sasha dubitativa, ya que en su no muy larga experiencia en el servicio «Esposo de alquiler», había visto a todo tipo de clientes. Algunos se daban golpes en el pecho diciendo que podían hacerlo todo ellos mismos, pero en la práctica hasta cambiar una bombilla les resultaba una tarea complicadísima.
– ¡¿Pero acaso es tonto?! –negó Vlad.
– Bueno, usted sabrá mejor.
– Le voy a llamar ahora mismo y usted le explica todo, por favor –pidió el dueño del apartamento y marcó el número de su asistente.
– Dígame –respondió una voz masculina.
– Vitaly, ahora le dirán qué comprar y necesita ir rápidamente a adquirir todo lo necesario –dijo Vlad con firmeza.
– De acuerdo. ¿Qué exactamente?
– Diga –le dijo Vladislav a Sasha y puso el altavoz.
– ¡Buenos días! Hay que comprar un sifón y cuatro juntas: dos más pequeñas y dos más grandes, pero que encajen con el sifón –explicó Sasha.
– ¿Un sifón y j-j-juntas? –preguntó el hombre avergonzado (nota: confundiéndolas con compresas/toallas higiénicas).
– Sí, puede comprarlos en cualquier tienda. Allí le orientarán. Puede coger un sifón de metal, que es más caro, o uno de plástico. Las juntas da igual, con tal de que encajen con el sifón –daba las instrucciones Sasha de manera profesional.
– ¿Y de qué marca? –preguntó el asistente de Vlad.
– De cualquiera. Lo importante es el sifón –respondió Sasha.
– Ahora te envío el dinero –dijo Vlad y colgó–. ¿Así que qué decían los socios? –decidió aclarar Vlad.
Alejandra le relató todos los detalles que a Vlad se le habían pasado por alto y le enseñó las notas.
El teléfono de Vlad cobró vida con una notificación. El hombre cogió su dispositivo, miró, frunció el ceño y escribió en respuesta:
«Coge cualquiera»
«¿Quizás sea mejor volver a preguntar?» –llegó el mensaje.
«Coge varias opciones para tener para elegir» –escribió Vlad.
«¿Y de cuántas gotas?» –llegó el siguiente mensaje.
«De todas» –respondió Vlad. No quería parecer incompetente delante de Sasha. Ella misma le había ofrecido ir, pero él se lo había denegado, así que ahora resultaba incómodo.
Vlad le pidió a Alejandra que le echara un vistazo al contrato que los coreanos habían enviado al correo. La chica tradujo todo el texto de manera rápida y precisa, tanto que a Vlad casi se le cae la mandíbula al suelo por segunda vez en el día. Intentaba mantener la compostura, pero esta chica de pelo brillante no paraba de sorprenderlo hoy.
Pasado un tiempo, sonó una llamada y Vladislav la atendió.
– Ya te estábamos esperando. ¿Dónde demonios te has metido? –preguntó en voz baja el dueño del apartamento, apartándose para que Sasha no lo oyera.
– Si estoy detrás de la puerta. Llevo tocando el timbre un rato y no escuchan. Se han dormido o qué... –dijo el asistente.
– ¡Es verdad! El timbre no funciona –se le encendió la bombilla a Vlad y fue cojeando a abrir la puerta.
– Aquí tiene –dijo el invitado entregándole una bolsa.
– Buenos días, gracias –dijo Sasha dirigiéndose al asistente, quien la miró con curiosidad–. ¿Pero qué ha comprado? –se indignó la chica.
– Un sifón para el agua y... bueno, compresas –se sonrojó el hombre. Casi se muere de vergüenza cuando lo estaba comprando todo.
– ¡Necesito un sifón para el fregadero y las juntas correspondientes, no una jarra de agua y compresas higiénicas! –se indignó Sasha sacando las compras.
– Eso no es... –dijo Vlad en voz baja, dándose cuenta de lo tontos que parecían él y su asistente delante de Sasha.
– ¡Eso no es! –confirmó Sasha.




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