Mujer de alquiler

Capítulo 1.3 La cabra Frambesita

Capítulo 1.3 La cabra Frambesita

– Yo no tengo nada que ver –intentó pasarle la culpa de inmediato Vlad, mientras Vitaly se quedaba estupefacto, pues solo en ese momento comprendió que lo que necesitaban era un sifón para el fregadero de la cocina y juntas para este. Y él... Vitaly empezó a ponerse aún más rojo a manchas. ¡Vaya faena le había hecho el jefe! Y encima le esperaba una buena discusión, porque, de pura estupidez, había llamado a su novia para preguntarle qué compresas era mejor comprar. Jamás había escuchado semejante griterío por parte de su novia. Ahora no bastaría con flores y bombones: tendría que comprarle lencería cara. ¡Y todo por culpa del jefe, maldita sea la hora!
– Ajá...
– Usted dijo que de todas las gotas, así que compré de una a cinco –dijo Vitaly avergonzado.
– ¿Y dónde se supone que voy a meter esas gotas en el grifo? –se lamentaba Sasha–. De acuerdo, ahora mismo llamo a quien debo, porque si no, volverán a comprar algo que no es –la chica puso los ojos en blanco y marcó un número–. Hola, necesito tu ayuda –dijo la chica a alguien, mientras Vlad y Vitaly aguzaban las orejas–. Claro que es urgente. Hay que comprar un sifón y una llave de paso para cortar el agua del fregadero de la cocina. Sí, esa servirá. Y no te olvides de las juntas. Solo que no compres compresas higiénicas, que ya me han inundado con ellas –sonrió Sasha y miró a los hombres, quienes, como si siguieran una orden, bajaron la mirada–. Hay cada espécimen por aquí... Te mando la ubicación por mensaje. Y yo a ti.
Aquel «Hay cada espécimen por aquí» le escoció a Vlad, pero el «Y yo a ti» le escoció de alguna manera mucho más. ¿Y por qué razón? Era la primera vez que veía a esta chica y ya estaba pensando en ella.
– ¿Y quién era ese? –curioseó Vlad al final.
– Alguien que salvará la situación y sabe lo que es un sifón y qué juntas necesita –respondió Sasha.
– ¿Piensa burlarse de mí con eso? Yo mismo lo habría hecho todo si no fuera por la pierna –dijo Vladislav.
– Haré como que le creo –no pudo evitar decir Sasha.
– ¿Y usted puede hablar sin faltar al respeto? –no aguantó el dueño del apartamento, porque Sasha de verdad había tocado su ego.
– En realidad puedo quedarme callada. Ya me arrepiento de haberle ayudado con los coreanos –dijo Sasha, le entregó la bolsa de compresas a Vitaly y se fue a la cocina.
– ¿Necesita algo más? –preguntó Vitaly intentando devolverle la bolsa a Vlad, pero este no tenía ninguna intención de cogerla.
– No, gracias. De aquí en adelante me las arreglo solo.
– Pero si esto es suyo –insistió Vitaly tendiéndole la bolsa a Vlad.
– No, no, a mí seguro que no me sirve –negó Vlad con la cabeza–. Quizás a ti te sirva. No sé, dáselas a tu novia.
– ¿Para que me remate del todo? Siento que me va a montar una escena, porque la llamé para preguntarle cuáles eran mejores –confesó el hombre.
– Pues fuerza. Con las mujeres es tan difícil... –le dio una palmadita en el hombro Vlad a Vitaly.
– Que vaya bien. Llámeme si pasa algo –dijo Vitaly y salió del apartamento, dejando la bolsa con las compras en la esquina.
Vlad fue cojeando hacia la cocina, donde Sasha había desmontado la tubería para cambiar la llave de paso.
– Tiene usted unas herramientas muy bonitas, yo diría que glamurosas –decidió romper el hielo Vlad.
Sasha solo levantó los ojos hacia el dueño por un segundo y continuó con lo suyo en silencio.
– Es la primera vez que veo a una mujer trabajando en el servicio «Marido de alquiler» –intentó entablar conversación de nuevo Vladislav.
Sasha apartó el pelo de su hombro con elocuencia, pero volvió a guardar silencio.
– ¿Acaso esa es su educación, no responder a las preguntas? –no pudo contenerse Vlad.

– En cuanto a educación estoy muy bien, a diferencia de usted. Usted mismo me pidió que me callara. Sea coherente con sus palabras –dijo Sasha fríamente y siguió con su trabajo.
– ¿Es que no había un trabajo mejor para que aceptara este? Sabiendo idiomas, ¿por qué no trabajó como intérprete? –insistía Vlad. Esa chica del pelo rosa lo tenía intrigado.
– Es un trabajo estupendo. Alguien tiene que salvar a los hombres que tienen las manos en el trasero –respondió Sasha con calma.
– ¡¿Que yo tengo las manos en el trasero?! –se indignó Vlad.
Sonó una llamada; Sasha ignoró la pregunta del dueño del apartamento y contestó.
– ¿Ya estás aquí? Sube. Apartamento treinta y seis. Pero llama a la puerta, porque el timbre no funciona –dijo Sasha y en las últimas palabras miró a Vlad, que refunfuñaba algo entre dientes por la indignación.
– ¡Lo que me faltaba! ¡Me están humillando en mi propio apartamento!
– Si es solo un dueño de casa nervioso –respondió Sasha por el altavoz del teléfono–. ¿Yo qué? Yo no tengo nada que ver. Te espero.
La chica no le respondió nada a Vlad, recogió sus herramientas y fue hacia la puerta, donde ya estaban llamando.
– Pasa –le dijo Sasha a un hombre atractivo.
– ¿Y por qué dispone usted en mi apartamento? –se indignó Vladislav, que había ido cojeando tras Sashka.
– Disculpe, pero el sifón, el tubo y las juntas no pueden cruzar la puerta solos –dijo Sasha y mostró lo que le traía el hombre que acababa de entrar al apartamento de Vlad.
– ¡Buenos días! Aquí está todo lo necesario. No le haga caso. Sashka entiende fácilmente de fontanería, pero con su carácter difícil no hay nada que hacer –dijo el hombre y le tendió la mano a Vlad–. Alekséy.
– Vladislav –le estrechó la mano el dueño del apartamento y sonrió. Al menos aquí lo habían respaldado.
– ¿Qué ha pasado? –preguntó Alekséy remangándose las camisas.
– El sifón goteaba y la llave de paso dejó de cortar el agua –explicó Sasha, cogió las cosas y se fue a la cocina.
– Veo que no le funciona el timbre –comentó Alekséy.
– Sí, tengo que llamar a un técnico –dijo Vlad.
– Si yo se lo hago en un momento –le respondió el invitado al dueño–. ¡Frambesita, dame el destornillador! –le gritó Alekséy a Sasha.
– ¡Si lo necesitas, ven y tómalo tú! –se escuchó desde la cocina.
– ¡Vaya cabra! –sonrió Alekséy, y Vlad ya quería replicar que de cabra no tenía nada. ¡No había que insultar a la chica así! Y en general, ¿quién era él para insultar a su «Marido de alquiler», uy, «Mujer de alquiler», que había salvado sus negociaciones con los coreanos? Vlad ya estaba listo para lanzarse al combate y defender a esa cabra, ¡uy no!, a la chica del carácter difícil, pero su estómago rugió, anunciando que el dueño del apartamento tenía hambre.




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