Capítulo 1.4 ¡Recibirás lo tuyo!
– Listo –dijo Sasha, habiendo terminado en la cocina.
– Frambesita, yo voy a arreglar ahora la cerradura de la puerta, y tú mientras tanto prepárale algo de comer al dueño, que en su estómago ya está sonando una marcha –dijo Alekséy.
– Yo, por si no lo sabes, trabajo en el servicio «Marido de alquiler», la hora ya pasó hace mucho, y no solo una –cruzó los brazos sobre el pecho Sasha–. Yo no me he alquilado como su niñera.
– Bueno, pues dillo claramente: que puedes arreglar un grifo con facilidad, pero no sabes cocinar rico –la provocaba Alekséy.
– ¡¿Que yo no sé?! –se indignó Sashka. Vaya, a Alekséy se le había ocurrido avergonzarla delante de este dueño tan arrogante–. ¡Yo lo sé hacer todo, y no peor que en un restaurante!
– Ya, ya... La última vez, ¿quién preparó aquellas patatas carbonizadas, como sacadas de una fogata? –se burlaba Alekséy todavía más–. Cuántas veces te lo han dicho: la olla deja de hervir patatas cuando empieza a freírlas.
– ¡Pues yo... yo! ¡Yo voy a cocinar un borsch! –resoplaba Sashka.
– Cocínalo, que yo mientras me encargo del timbre –dijo Alekséy y se puso a trabajar, mientras Sasha volvía a la cocina.
– ¡Voy a hacer uno tan bueno que te vas a chupar los dedos! –demostraba Sashka, totalmente roja.
– Bueno, los dedos no hace falta, pero aunque sea un par de cucharadas de ese líquido rojo sí que me vienen bien –se burlaba Alekséy.
– ¡Te me la vas a pagar! –soltó Sashka y se fue a la cocina.
– Qué relación tan interesante tienen –constató Vlad. Le ardía la curiosidad por saber qué eran el uno del otro, porque no se veía ningún parecido particular entre ellos.
– Quiero a esta sabandija pequeña –sonrió Alekséy, pero no aclaró nada más. El hombre abrió la puerta y comenzó a reparar el timbre.
Vlad decidió averiguar por medio de Sasha quién era exactamente Alekséy.
– Líquido rojo... Ya te enseñaré yo, ven a casa y verás –refunfuñaba para sí misma Sashka y no se dio cuenta de cómo Vlad se le acercaba.
– ¡Uy! –exclamó la chica cuando se giró bruscamente y lo vio–. ¡¿Por qué se me acerca sigilosamente?!
– Decidí ayudar –respondió Vlad, pero las palabras «ven a casa y verás» lo dejaron decaído. ¿Acaso eran pareja?
– ¡No necesito ninguna ayuda! Me las arreglo sola –siguió refunfuñando la chica mientras sacaba ingredientes del frigorífico–. ¿Y dónde tiene la harina?
– ¡Harina!
– ¿Y para qué quiere harina? –se extrañó Vlad–. ¿O es una receta nueva de borsch?
– Ríase, ríase usted también –frunció el ceño Sasha–. Pienso hornear unos pampushki. ¿El horno funciona?
– ¿El horno?
– Ajá... Ya veo. Yo misma lo compruebo –respondió Sasha buscando los ingredientes necesarios para el borsch y los pampushki–. ¿Puede pelar la cebolla?
– Sin problema –respondió Vlad, aunque nunca antes lo había hecho. Por alguna razón, no quería parecer un perdedor absoluto ante esta chica.
Vlad observaba cómo todo ardía de rapidez en las manos de Sasha. Ella se orientaba en la cocina como si fuera su propio apartamento. La chica encontró rápidamente todos los productos necesarios y empezó a cocinar.
Vlad decidió finalmente pelar aquella cebolla. Uy, mejor se hubiera ido con Alekséy. Alekséy no perdiendo el tiempo: caminó por el apartamento, engrasó las puertas para que «no cantaran», reparó la lámpara del baño y volvió a la cocina porque Sashka estaba regañando en voz alta.
– Sabía yo que a usted no se le podía dar un cuchillo en las manos –refunfuñaba la chica, mientras del dedo de Vlad salía sangre–. ¿Dónde está el botiquín?
– En el armario de arriba –respondió Vlad.
– ¿Qué pasa, vampiresa, no puedes vivir sin sangre? –bromeaba Alekséy.
– Cállate mejor, que aquí los cuchillos están afilados –respondió Sashka y por fin encontró el botiquín–. ¿Y dónde están las tiritas?
Sasha revisó el contenido del botiquín, pero no encontró lo necesario.
– Si la mitad de las medicinas están caducadas. Le recomiendo tirar todos los medicamentos inútiles –dijo Sasha y fue a su bolso a coger una tirita.
– Tome –dijo Sasha mostrándosela. Curó la herida, sin siquiera soplar cuando el hombre hizo una mueca de dolor, y le pegó la tirita en la herida.
– Despiadada –comentó Alekséy.
– Ajá. De ustedes no se puede esperar ningún agradecimiento. Yo no soy una hermana de la caridad –respondió Sasha haciéndose la interesante–. ¿Ya terminaste ahí?
– Todo –respondió Alekséy–. El timbre funciona, todas las luces se encienden sin parpadear, la puerta no rechina. He terminado más rápido que tú, Frambesita.
– Pues ahora pónganse los dos a revisar las medicinas, porque el dueño está contusionado... uy, herido –respondió Sasha–. Yo no soy un hada. Un borsch delicioso no se puede cocinar en diez minutos. Y menos con semejante ayudante –señaló a Vlad con la cabeza.
El aroma en la cocina era divino. Ahora le rugía el estómago no solo a Vlad. Sasha rehogó la zanahoria y la remolacha, lo sazonó todo con especias, y en el horno ya estaban subiendo los pampushki.
– Qué carácter tan explosivo –dijo Vlad en voz baja cuando Sasha se dio la vuelta tarareando algo entre dientes. Realmente quería saber: QUÉ era Alekséy para Sasha.
– No sé cómo la aguanto. A veces me parece que estoy listo para tirarla por el balcón, ¡pero como cocina, ay! –dijo Alekséy, juntando los dedos y dándoles un beso sabroso–. Aunque es insoportable...
– Lo oigo todo –dijo Sashka sacando los pampushki del horno–. No te preocupes, esta noche recibirás lo tuyo... –dijo la chica, y Vlad agachó la cabeza, pensando que aquellos dos eran pareja.