Mujer de alquiler

Capítulo 1.5 ¡Imposible prescindir de ella!

Capítulo 1.5 ¡Imposible prescindir de ella!

– ¡Uy, qué miedo! –se echó a reír Alekséy.
– Dormirás en la calle –siseó Sashka, rematando aún más a Vlad–. Lávense las manos –se dirigió la chica al dueño, que permanecía sentado en silencio.
– ¿Y yo no tengo que lavármelas? –preguntó Alekséy.
– No. Tú ya has hecho todo tu trabajo. Gracias. Puedes retirarte –respondió Sasha.
– ¿Y el borsch? –se extrañó Alekséy y miró a Vlad con la esperanza de que lo invitara a la mesa. Vlad no dijo nada. Estaba feliz de que, por fin, se libraría de este hombre tan desagradable. Volvió a ser desagradable en el momento en que Vlad pensó que era el novio de Sasha.
– ¡Frambesita, eres una cabra! –dijo Alekséy y empezó a recoger sus cosas. Si no le ofrecían sentarse a la mesa, no iba a autoimponerse.
– Tampoco digo que seas un macho cabrío sin cuernos, aunque podría –le puso una mueca Sasha.
– Y te lo agradezco –respondió Alekséy y caminó hacia la salida–. Hasta luego –le estrechó la mano a Vlad y miró a Sashka–. Ni se te ocurra aparecer por casa...
La puerta se cerró tras Alekséy, y Sasha le sirvió el borsch al dueño y le puso los aromáticos pampushki.
– ¿No me acompaña? –preguntó Vlad cuando vio que la chica solo había servido para él.
– Gracias, pero no tengo hambre. Buen provecho –dijo Sasha, observando cómo el dueño miraba el plato frente a él.
– El aroma es sencillamente increíble. En ningún restaurante cocinan así –alabó el plato Vlad. Estaba dichoso de haberse librado del rival. Como Alejandra discutía constantemente con él, Vlad quería demostrar ser todo lo contrario.
– Pruébelo, que yo mientras saco la cuenta –dijo Sasha y empezó a escribir algo en un papel.
Vlad se comió el delicioso borsch rápidamente y hasta pidió repetición. Sashka estaba orgullosa de que la comida le hubiera salido bien. Ella cocinaba raras veces, pero muy rico. Solo una vez se le quemó la olla con patatas porque estaba desmontando su viejo ciclomotor y se despistó. Alekséy le echaba en cara esas patatas cada dos por tres. ¡Ojalá le diera amnesia!
– ¡Delicioso! –alababa el borsch y los pampushki el dueño de casa–. Hoy he tenido una suerte increíble de que haya venido usted. Me ayudó con los coreanos, solucionó la fuga y encima me alimentó. ¡Es usted mi salvadora!
– Muy bien. Cuando el borsch se enfríe, métalo al frigorífico. Durante la noche cogerá más sabor y mañana estará aún más rico. Aquí tiene la cantidad a pagar –dijo Sasha y le giró la hoja, donde todo estaba detallado minuciosamente: servicios de traducción, reparación del sifón, cambio de tubo, reparación de la luz en la casa, asistencia médica y preparación del borsch. La cifra total era bastante elevada. Era una especie de prueba para el hombre. Sus palabras anteriores le habían tocado un poco el orgullo y estaba lista para armarle un escándalo si él le decía que aquello era un robo.
– De acuerdo. ¿En efectivo o transferencia? –preguntó Vlad con calma, sin la menor intención de discutir. Al fin y al cabo, ella había realizado profesionalmente todo lo anotado. Solo le faltó cobrar por el dolor de cabeza que le había dado. Eso también se le daba de manera muy profesional.
– En efectivo –respondió Sasha.
Vlad fue a por el dinero mientras la chica dejaba los platos en el fregadero. El dueño puso ante Sasha una cantidad casi dos veces mayor.
– Gracias por el borsch. Muy delicioso –dijo el hombre con sinceridad y sonrió.
Sasha levantó una ceja, cogió el dinero y se lo guardó en el bolsillo, dándose cuenta de que era una suma bastante grande. Por primera vez en su vida recibía tanto dinero junto.
La chica cogió su maletín de herramientas y se dispuso a salir. Cerca de la puerta se giró y le dedicó una sonrisa al dueño.
– Ahora ya le funciona todo. Le deseo todo lo mejor. ¡Ah, se me olvidaba! –reaccionó la chica y sacó de su bolso otra tirita. Esta vez era una tirita colorida y brillante con unicornios rosas–. Un poco más tarde vuelva a curar la herida y cámbiese la tirita. Espero que pueda hacerlo usted solo –no pudo evitar soltar la puñalada.

– Lo intentaré con todas mis fuerzas –respondió Vlad cogiendo la tirita de sus manos.
– Que vaya bien –dijo la chica y desapareció tras la puerta.
De inmediato el apartamento se sintió frío y gris. Vlad miró a su alrededor y ahora evaluó de forma diferente su moderno hogar. Muebles grises caros, papel pintado blanco, suelo claro, un televisor negro enorme en media pared que casi nunca veía por falta de tiempo. Ahora todo le parecía tan oscuro y aburrido. Vlad ansiaba color, viveza, emociones, puyas, ¡maldita sea! Recordó cómo Alekséy se burlaba de Sasha y comprendió que quería tener ese mismo tipo de relación, quería que su chica fuera la brillante Sasha.
Sus pensamientos fueron interrumpidos por una llamada telefónica de Irina Petrovna.
– Buenas noches, Vladislav Vasílievich. He recibido en el correo los documentos y la traducción que me envió. Los coreanos preguntan si es posible organizar una reunión dentro de cuatro días, tienen pensado volar hacia aquí para firmar el contrato de colaboración –informaba la secretaria alegremente–. Disculpe, pero me vi obligada a despedirme de los socios y finalizar la conferencia sin su autorización.
– ¿Acaso no la había finalizado yo? –se extrañó Vlad.
– No, usted se despidió y salió corriendo tras la chica bajando la tapa del portátil de modo que se veía parte de lo que ocurría después en la cocina. Cuando usted y la chica terminaron en el suelo y los coreanos miraban con los ojos como platos esperando ver la continuación, corté la conferencia –comunicó la secretaria.
– Gracias –respondió Vlad con frialdad, pero recriminándose por dentro. ¡Qué metedura de pata! ¿Qué iban a pensar de él ahora? ¿Que no era capaz de solucionar una fuga en la cocina?
– Si no me equivoco, le quitan la escayola pasado mañana y podrá recibir a los coreanos en la oficina. ¿Ha quedado de acuerdo con Alejandra para que siga traduciendo? –formuló la pregunta lógica Irina Petrovna.
– Oh-oh... –solo en ese momento Vlad comprendió que, ¡sin esa chica, le iba a ser imposible apañárselas!




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