Capítulo 2. Los deseos tienen la propiedad de cumplirse
– Resolveré este asunto antes de la reunión con los coreanos. Por favor, prepare todos los papeles necesarios –intentaba mantener la compostura Vlad. ¡Mira que ser tan tonto como para no pedirle su número! ¡Menudo imbécil! No pasa nada, llamaría al servicio «Marido de alquiler» y obtendría su teléfono fácilmente. Vlad intentaba tranquilizarse, pero algo le decía que no le darían el número de esa chica tan fácilmente.
Por la noche, Vladislav volvió a calentar el borsch, se comió casi la mitad de la olla y se sentó a seguir trabajando. Aunque estaba en casa, no le gustaba acumular tareas pendientes. La tirita con unicornios le llamó la atención y Vlad sonrió. Tan espinosa y tan luminosa al mismo tiempo. ¿Cómo podía combinarse todo eso en una sola chica?
Vlad estuvo liado con los papeles hasta altas horas de la noche y se durmió tarde, pensando en la chica del pelo rosa.
Sasha tampoco dejó de recordar a Vlad más de una vez durante la velada.
– ¡Hola, amiga! –le dijo la chica por el altavoz a la operadora que la había enviado al apartamento de Vlad–. ¿Salimos de fiesta hoy? Hoy puedo pagar yo por las dos.
– ¡Ostras! ¿Le has vendido el alma al diablo? No te reconozco –se oyó la voz desde el teléfono.
– Casi. Estuve medio día en su apartamento. Arreglé todo en la cocina, salvé un trato con los coreanos, presté asistencia médica, cociné borsch y horneé pampushki –enumeró todos sus méritos Sasha.
– Uy, si no eres la Madre Teresa. Eso suena a chino, seguro que no estás hablando de mi amiga Frambesita –se echó a reír la chica.
– Tú sigue burlándote. Alekséy ya recibió lo suyo y se quedó sin borsch –dijo Sasha.
– Qué cruel eres. Torturar a tu hermano con la comida.
– Se lo buscó él mismo. Tenía que haber tenido la boca cerrada –respondió Sasha–. ¿Entonces vamos?
– Yo siempre me apunto a un bombardeo. ¿Vas a ir con Alekséy o con Oleg? –preguntó su amiga, porque sabía que a Sashka no la dejarían ir sola así como así.
– ¡Lo que me faltaba! ¿Para qué quiero un perro guardián? Que se diviertan ellos solos y no me molesten –respondió Sasha–. Nos llamamos por la noche, ponte guapa.
– Oye, y ese cliente de la calle Mirna, ¿pagó bien? –curioseó la amiga.
– No escatimó –prefirió no revelar todas las cartas.
– ¡Bien hecho! Un punto a favor en su karma. ¿Y es guapo?
– Normal –respondió Sasha secamente.
– Ajá, si no dices que es un imbécil, entonces es guapo –constató la amiga.
– Para gustos, colores –intentó responder Sasha con indiferencia.
– ¿Y al menos te pidió el número? –preguntó su amiga.
– No.
– ¡Menudo imbécil!
– Bueno, a lo mejor tiene esposa, novia o amante –dijo Sasha con la mayor seguridad posible, aunque no había notado la presencia de cosas femeninas en el apartamento.
– Bueno, al menos pagó generosamente. Que conserve la vida...
– ¡Exacto! Se cancela el plan «mantis religiosa» –dijo Sasha.
– Oye, ¿tan bien te cayó que no te importaría aparearte con él? –se echó a reír su amiga.
– Olga, estás arriesgándote a quedarte en casa hoy. Puedo irme sola perfectamente –dijo Sasha ofendida.
– Ya, me callo. Es que no aguantas un chiste –dio marcha atrás de inmediato Olga–. Hasta la noche.
Sasha regresó a casa y entró en la habitación de Alekséy.
– Recuerda mi generosidad, honestidad y bondad –dijo Sasha extendiendo el dinero.
– ¡Caramba! ¿Acaso le echaste algo al borsch de las medicinas caducadas y atracaste a Vlad? Mira que me grabé muy bien la dirección –bromeaba Alekséy mientras estiraba la mano hacia el dinero, pero Sashka lo retiró rápidamente.
– Bueno, pues recuerda también que los testigos no viven mucho tiempo. No valoras nada mi generosidad ni mi amor de hermana. Con razón tengo sospechas de que ustedes tres son adoptados –dijo Sashka.
La chica solía meterse a menudo con sus hermanos. Todos los chicos se parecían entre sí y eran la calco de su madre, mientras que Sashka era clavada a su padre, como dos gotas de agua. Era su consentida y lo manejaba como le daba la gana.
Su padre estaba orgulloso de que su hijita supiera y pudiera hacer de todo, tan bien o mejor que los chicos. Desde muy pequeña, Sasha ignoraba las muñecas y prefería jugar con destornilladores, tuercas y llaves. Su juguete favorito era un osito que su papá le regaló por su cumpleaños y un ciclomotor que podía desmontar y montar con los ojos cerrados.
Sasha le dio parte del dinero a su madre y empezó a arreglarse para ir a la discoteca.
– ¿Y tú hacia dónde pones rumbo a estas horas? –preguntó su hermano mayor, asomándose a su habitación.
– Quien mucho sabe, mucho le duele la cabeza –respondió Sashka.
– ¡Mamá! ¿A dónde se prepara para ir Frambesita a punto de anochecer? –delató de inmediato a su hermana Ostap.
– ¡Serás traidor! –soltó Sasha.
– ¿A dónde vas? –preguntó la madre entrando a la habitación de su hija. Aunque Sashka era la fotocopia de su padre, el carácter era puramente de la madre–. Le digo ahora mismo a Alekséy o a Oleg que te acompañen, porque Ostap tiene que trabajar mañana temprano.
– Mamá, ¿para qué necesito a un perro guardián? Que descansen, ya soy mayor.
– No me vengas con «mamá». El día que te me cases, tus hermanos ya no irán detrás de ti como sombras –respondió la madre.
– Ojalá me case pronto para librarme de esto –Sasha puso los ojos en blanco.
– Pues no desees tanto, que los deseos tienen la propiedad de cumplirse –dijo la madre.