Capítulo 3. ¡Imbécil!
Vlad casi flotaba por el apartamento a la espera de Sasha; se había cambiado de ropa tres veces. El traje le parecía aburrido, la ropa de marca demasiado llamativa, así que optó por unos pantalones cortos y una camiseta blanca. Iba de un rincón a otro y cojeó hacia la puerta cuando, por fin, sonó el timbre. Vlad ni siquiera miró por la mirilla y abrió la puerta luciendo su sonrisa más sincera.
La sonrisa se le desvaneció cuando, en lugar de Sasha, vio a un hombre maduro con bigote, ropa corporativa con la inscripción «Marido de alquiler» y un maletín en las manos.
– ¡Buenos días! ¿Dónde está la fuga? –preguntó el hombre nada más cruzar el umbral.
– Buenos días... Espere, usted no es quien necesito; bueno, más bien, no le necesito a usted –dijo un desconcertado Vladislav.
– ¿Cómo que no? Calle Mirna cinco, apartamento treinta y seis. ¿Todo correcto? –preguntó el hombre del bigote.
– Todo es correcto, pero no del todo. Mire, necesito a Sasha –dijo Vlad con desconcierto.
– ¡Pues yo soy Sasha! Bueno, más bien, Alexandr Stepánovich –dijo el hombre mientras se afeitaba el bigote con la mano (o se lo alisaba).
Déjà vu... Le había dicho a Sasha que necesitaba a un Sasha de «Marido de alquiler», y Vlad sonrió al recordarlo. ¿Cómo encontrarla entonces?
– Necesito a la chica Sasha que trabaja con ustedes. Guapa, alta, esbelta, de pelo rosa, ojos abisales y una sonrisa soleada.
El hombre soltó un silbido. Ya entendía por qué al dueño le brillaban tanto los ojos al hablar de la muchacha.
– Veo, hermano, que estás perdido –constató el hombre–. Aunque, si estuviera en tu lugar, a esta chica también me la pediría. Aunque tiene carácter, aunque tiene más pimienta que miel, pero cómo cocina, cómo trabaja, menuda cara y menuda figura... ¡Ah, juventud, juventud! –sonrió el hombre bajo el bigote.
– Quizás, ¿sabe su número de teléfono? Lo necesito muchísimo –le suplicó Vlad.
– No te voy a mentir, tengo su número –dijo el hombre, y Vlad revivió al instante–. Pero no te lo voy a dar. Si ya la conoces y hablas de sus ojos abisales, ¿por qué no le pediste el número tú mismo? –le planteó el hombre una pregunta lógica.
– Es que me quedé en blanco –confesó Vlad.
– Escucha, vuelve a llamar a nuestra operadora Olya; ella y Sasha son amigas. Pídeselo amablemente, dile la verdad, y te dará ese número –le aconsejó el hombre.
– Gracias –respondió Vlad y le tendió un billete generoso.
– Pero si no he hecho nada. ¿O es que el grifo ya no fuga? –adivinó el fontanero.
– No fuga, pero ha venido y le agradezco el consejo –dijo Vlad.
– Llama a Olya, que tengas suerte. ¡Pero no dejes escapar a Sasha! Créeme, con una chica así la vida nunca será aburrida –dijo el hombre, cogió el dinero y se fue a sus cosas mientras refunfuñaba–: ¡Ay, juventud, juventud...!
Vlad volvió a marcar el número y, en cuanto escuchó la ya familiar voz, habló con la mayor sinceridad posible:
– Olya, se lo ruego, deme por favor el número de teléfono de Alejandra. Una chica encantadora de pelo rosa que sabe cocinar un borsch delicioso y entiende de fontanería.
– ¡Vaya! ¡No me digas! –exclamó Olya, mirando sorprendida a su amiga y preguntándole con los ojos cómo demonios sabía todo eso.
– ¡La necesito de verdad! Dígale que venga a la calle Mirna cinco –insistía Vlad a Olya.
Olya tuvo tiempo de poner el altavoz para que Sasha también pudiera oírlo todo.
– ¡Nosotras también la necesitamos, para empezar; y segundo, está trabajando! No tienes ninguna fuga, ¿a qué va a ir a tu casa?
– ¿Y si le hago una foto, le avisará a Sasha para que venga? –preguntó Vlad mientras ya meditaba cómo estropear el grifo del baño.
– Bueno, si hay una necesidad real de reparación, por supuesto que debo informarle a nuestra empleada. Si Sasha tiene tiempo, irá a tu casa por orden de llegada –respondió Olya sin inmutarse. ¡No era una chica, era de piedra!
– ¡Muy bien, ya tendrá sus pruebas! –dijo Vlad, colgó de golpe y se fue a la cocina. En uno de los armarios cogió un martillo y se encaminó con decisión hacia el baño.
Vlad le dio un par de golpes secos al grifo, pero no pasó nada.
– ¡Por qué no se romperá cuando no debe y sí cuando hace falta! –gritaba Vlad mientras seguía aporreando el grifo con todas sus fuerzas.
Pero su «trabajo» dio frutos y un chorro de agua salió disparado en fuente directamente a su cara.
– ¡Por fin! –se alegró Vlad, retrocediendo un poco. Hizo un par de fotos, se las mandó al número de Olya y la llamó de inmediato.
– ¿Es otra vez usted? –preguntó la operadora. Todavía no había tenido tiempo de mirar las fotos.
– Ahora sí tengo un motivo para que Sasha venga, ¡tengo una fuente en el baño! –dijo Vlad y activó la videollamada–. Mire –le mostró el chorro con la mano.
Al lado de Olya estaba Sasha, que soltó un grito ahogado y se tapó la boca con la mano. Sabía perfectamente que en cuestión de minutos podía inundar a los vecinos.
– ¡Qué imbécil! –chilló Sashka–. ¡Dile que voy para allá ahora mismo, que tire toallas al suelo para no convertir la casa del vecino en un acuario!
Vlad sonreía como el gato de Cheshire. ¡Había reconocido la voz de Sashka y ahora sabía con seguridad que ella iba a ir!