Capítulo 3.2 Cabra y rinoceronte
Sasha estaba desconcertada. ¿A qué se le había ocurrido a Vlad andar por su apartamento sin camiseta y presumir de su torso musculoso y desnudo delante de ella? ¿Acaso no le habían enseñado que es indecente ir así ante chicas desconocidas? ¡Si no estaba en la playa! Da igual que estuviera en su casa, ella estaba allí. El vuelo de los pensamientos de Sasha se vio interrumpido por el abrazo de un hombre mayor que de repente apareció junto a ella y casi la estrangula al apretarla contra su pecho.
– ¡Nieta, sol, qué feliz soy! –exclamó el hombre con voz sonora–. Y tú, Vlad, calladito te lo tenías, pero has elegido a una chica preciosa. Os doy mi bendición –no paraba de hablar el hombre, mientras los ojos de Sasha se abrían cada vez más de la sorpresa. ¿De qué hablaba este?
– Abuelo, nosotros... –intentó decir Vlad, pero ¿qué iba a decir? ¿Que Sasha era su fontanera y le había salvado el apartamento porque él había roto el grifo? ¿Y cómo explicar que ella había salido del baño con el pelo mojado y vistiendo su camisa?
– ¡Vlad, aburrido, tú necesitabas exactamente una florecita tan brillante como esta! –continuó el abuelo.
– ¡Frambuesita! –corrigió el hombre Vlad.
– ¿Qué? –preguntó el abuelo.
– No florecita, sino Frambuesita –aclaró Vlad.
– Eso ya lo deciden ustedes entre ustedes cómo llamarse –le dijo el hombre de pelo blanco a su nieto.
Sasha se quedó de pie parpadeando. Siempre guerrera y de lengua afilada, la chica estaba desconcertada. Estaba de pie en medio de un apartamento ajeno con ropa ajena... Si sus padres la vieran así, vaya si le iba a caer.
– ¡Pero qué belleza! –el hombre no podía parar–. Vlad, ¿entonces me vas a presentar a tu novia?
– ¡No soy su novia! –soltó por fin Sasha.
– Abuelo, estás adelantando acontecimientos –intentó suavizar la situación Vlad mirando a Sasha con reproche.
– ¡El que se anda con rodeos eres tú! Es una chica tan guapa que al menos deberías habernos presentado, porque un día me pones ante el hecho consumado de que os casáis en una semana y yo sin enterarme de nada –remató el abuelo a la chica.
– No se preocupe, no lo haré –dijo Sasha.
– ¿Cómo? ¿No me invitaréis a la boda? –el hombre empezó a alterarse y se agarró el corazón. Se puso pálido. Se veía que no estaba actuando: comenzó a ahogarse y le fallaban las piernas. Vlad corrió rápidamente hacia el hombre, casi lo cogió al vuelo y lo llevó hacia el sofá. Vlad le aflojó la corbata y empezó a buscar algo en el bolsillo interior de la chaqueta del hombre.
Sasha se asustó. Corrió a la cocina y trajo un vaso con agua. Vio cómo Vlad sacaba un inhalador del bolsillo del abuelo y le ayudaba a realizar ciertas maniobras. El hombre comenzó a respirar más hondo y con mayor tranquilidad.
– El abuelo tiene asma –explicó Vlad.
– ¿Te he asustado, nieta? Es que me puse muy nervioso de ver que por fin mi nieto había encontrado chica –dijo el hombre mientras se manipulaba el inhalador.
Sasha quería replicar algo de nuevo, pero cerró la boca al ver la mirada de Vlad. No era el momento, el hombre se sentía mal.
Sonó el timbre de la puerta.
– Sasha, abre por favor, es el reparto –pidió Vlad y le quitó el vaso de las manos para dárselo al abuelo.
Sasha solo lo miró de reojo, pero fue hacia la puerta.
– No es una chica, es fuego. Te hace falta una así –constató el abuelo, observando CON QUÉ mirada despedía Vlad a su invitada.
– Espera, te doy el dinero –la llamó Vlad a gritos a Sasha. Necesitaba decirle algo a solas. Agarró su cartera y corrió tras ella, dejando al abuelo solo.
– Juventud... –sonrió el hombre dando un trago de agua.
Sasha acababa de abrir la puerta. Vlad le dio el dinero al repartidor con una generosa propina y agarró a la chica del brazo.
– Sasha, te lo suplico, ayúdame. Es mi abuelo. Es mi único pariente vivo. No tengo hermanos ni hermanas, mis padres murieron en un accidente de tráfico cuando yo tenía siete años. El abuelo tiene el corazón enfermo, no quiere ingresar para recibir tratamiento, y encima se le ha agudizado el asma. Le has caído bien. Por favor, haz como si fueras mi novia.
Te pagaré –dijo Vlad en voz baja.
– ¿Acaso parezco actriz? ¿O una chica de compañía? Buscate a otra para este papel. Yo no me he apuntado a esto. ¡Vaya ocurrencia! –empezó a indignarse Sasha–. ¡Y vístete ya, deja de enseñar el torso!
– ¿Y te gusta? –le guiñó el ojo Vlad y empezó a marcar músculos–. Admítelo...
– Créeme, no me has impresionado –dijo Sasha a su manera–. He visto cuerpos de hombres mucho mejores.
A las palabras de Sasha se le borró la sonrisa de la cara a Vlad.
– ¿A Alekséy? –por alguna razón se le vino ese nombre a la cabeza.
– A Alekséy, a Ostap y a Oleg. Y esa no es toda la lista –dijo Sasha triunfante al ver que había conseguido quitarle la sonrisa chulesca de la cara.
– ¡Pero qué cabra estás hecha! –dijo Vlad.
– Y tú... Tú... –buscaba qué decirle y pasó a tutearlo–. ¡Eres un rinoceronte!
Vlad se llevó las manos a la nariz.
– No es verdad. Tengo una nariz pequeña y bonita –protestó Vlad.
– Eres igual de paquidermo, gris y... y... –pensando qué otra razón inventar.
– Los que se pelean se desean –se oyó la voz del abuelo de Vlad, que había decidido ir tras la pareja. Bueno, no había podido contenerse. Tenía muchas ganas–. Se va a enfriar la pizza mientras discutís. Vaya juventud, comiendo siempre porquerías secas. ¿Y la comida de verdad?
– En la nevera hay borsch. Lo hizo Sasha ayer –dijo Vlad, y la chica puso los ojos en blanco. ¿Cómo iba a demostrar ahora que no eran pareja?