Mujer de alquiler

Capítulo 3.3 Mentirosillos

Capítulo 3.3 Mentirosillos

– ¿Borsch? –el hombre floreció con una sonrisa.
– Y pampushki –añadió Vlad, disfrutando de cómo Sashka lo miraba de reojo.
– ¿Y pampushki? –repitió el abuelo.
– Buenísimos. Los hizo Sasha ayer. Cocina riquísimo –soltó Vlad, y Sashka estaba lista para matarlo por lo de «los hizo para mí», solo que había testigos. Pero aún no se había acabado el día; que se fuera el abuelo, que se fuera, y entonces Sashka le iba a hacer la vida imposible a este rinoceronte.
– Cien años sin probar borsch casero. Nieta, ¿entonces te llamas Sasha, Alejandra? ¡Este zoquete ni nos presenta! –le regañó el hombre a su nieto.
– Difícil encontrar una definición más acertada –respondió Sashka mirando a Vlad–. Sí, me llamo Sasha.
– Y yo me llamo Lev Borísovich, pero para ti soy el abuelo Lev –le sonrió cálidamente el hombre a Sasha y la abrazaba. ¿Cómo iba a decirle que su nieto era un zoquete? ¡Le daba pena el hombre!
– Voy a calentar el borsch –dijo la chica, le arrebató las cajas de pizza de las manos a Vlad con una mirada amenazante y se fue a la cocina.
– ¡Es un volcán de chica! –constató el abuelo, satisfecho–. ¡Como me entere de que la dejas escapar, te quedas sin la empresa!
– ¿Pero si ni la conoces? ¿Y si a lo mejor la veo por segunda vez en mi vida? –dijo Vlad. Era verdad, pero ¿le creería el abuelo?
– ¡A mí no me engañas! Miras a esta chica como yo miraba a mi amada esposa. ¿Acaso la primera que pasa se va a poner a prepararte borsch con pampushki? –planteó una pregunta retórica Lev Borísovich–. Vamos, que ya huelo el borsch.
El abuelo fue hacia la cocina y tras él cojeaba Vlad.
– La primera que pasa y lo hace –murmuraba Vlad, frotándose la nariz. ¿Por qué le llamaba rinoceronte? Si tenía una nariz de lo más normal.
Sasha calentó el borsch, cortó cebolla verde, añadió crema agria, calentó los pampushki y pasó la pizza a los platos. Por alguna razón, con el abuelo delante no apetecía comer directamente de las cajas. El hombre combinaba algo muy aristocrático y a la vez muy hogareño. Sasha recordó a sus abuelos, con los que a ella y a sus hermanos los mandaban a pasar el verano a menudo, y pensó que tenía que llamarles. Las vacaciones con ellos habían sido el mejor descanso de su infancia. Sus padres no les dejaban hacer lo que los abuelos les permitían. ¡Cuántos secretos tenían! Los abuelitos solían organizarles búsquedas del tesoro, yincanas en el campo de maíz de una granja, saltos en liana, columpios, hamacas... Por alguna razón, los ojos de Lev Borísovich le parecieron a Sasha igual de bondadosos y llenos de amor.
– ¿Y cómo se conocieron? –preguntó el abuelo sentándose a la mesa.
– Por casualidad –respondió la pareja al unísono.
– Qué suerte has tenido de encontrar a semejante belleza –dijo el abuelo.
– Ella me encontró a mí –soltó Vlad, observando cómo cambiaba el rostro de la chica.
– ¡Para mi desgracia! –no pudo contenerse Sasha.
– ¿Entonces cómo se conocieron? –insistía el abuelo buscando una respuesta.
Vlad decidió mentir. ¡Pues no iba a revelar la verdad sobre el «Marido de alquiler» y la inundación que había provocado a propósito en el baño!
– Alejandra sabe muy bien coreano. Vino a mi oficina a postularse para un trabajo como traductora. Así es como nos conocimos –dijo Vlad, y Sasha casi se ahoga con la pizza.
– ¿Así que Alejandra sabe coreano? –preguntó Lev Borísovich.
– Sí, salvó un contrato con los coreanos. Dentro de poco volarán para ultimar todos los detalles en persona y firmar el acuerdo de colaboración –dijo Vlad.
– ¡Pero qué chica tan inteligente! –dijo el abuelo con orgullo–. Lista, hermosa, brillante. Un verdadero tesoro. ¡Cuídala!
– Ajá –bulfó Sashka.
– ¿Y dónde te rompiste la pierna? –le preguntó Lev Borísovich a su nieto.
Aprovechando que Vlad estaba masticando la pizza, Sasha empezó a fantasear.

– La culpa fue mía –dijo Sasha de forma teatral, y Vlad se puso en tensión. ¡Seguro que ahora venía alguna provocación! Ya la conocía bien después de dos días–. Justo estábamos concretando los detalles del contrato, íbamos por la calle y oí un chirrido lastimero. En un árbol vi a un gatito pequeño. Vlad se lanzó inmediatamente a salvarlo. Se subió al árbol, pero la rama no aguantó su peso y Vlad cayó al suelo con estrépito, aunque salvó al gatito –mentía Sasha.
– Un gesto noble. ¿Y el gatito dónde está? –preguntó el abuelo. ¿Cómo no iba a creerse esta historia?
– Resultó que una niña había perdido a su mascota, que se había subido al árbol y no podía bajar –se inventó Sasha.
– Me has sorprendido. ¿Que Vlad se suba a un árbol? Debe de ser la primera vez en su vida –dijo el hombre, interpretando a su manera la confusión y el rostro abochornado de su nieto.
– ¿Qué no haría uno por una chica guapa? –soltó Vlad.
– Bueno, a Vlad le encantan los animales. Sobre todo los rinocerontes –le pinchó la chica.
– No, las cabras más –dijo el hombre sonriendo.
– Vístete de una vez. La ropa ya se habrá secado seguro –dijo Vlad queriendo cambiar de tema, porque Sasha podría inventarse cualquier otra inverosímil ocurrencia.
– ¿Y qué pasa? ¿Qué tiene de malo? Si me diste la camisa tú mismo –empezaba a encenderse Sasha.
– No vayas enseñando tus bollos delante del abuelo –siguió bromeando Vlad.
– Antes mis bollos no te agobiaban tanto –respondió Sasha, pero aun así se levantó para ir a vestirse.
– Es que me preocupo por ti, no sea que cojas frío y luego me toque a mí entrar en calor para calentarte –seguía bromeando Vlad, y la chica se puso roja como un tomate por sus palabras. ¿Qué iba a pensar de ella Lev Borísovich? ¡Vaya rinoceronte con cuernos!
– Si tanto te cuesta, ya buscaré otros calefactores –no se quedó callada la chica y se marchó al cuarto de baño con la cabeza bien alta.




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