Capítulo 3.4. ¿Qué son estos abrazos?
– ¡Qué suerte! ¡Menuda chica! Es guapa, lista y además buena anfitriona. Con estas peleas vuestras, pronto me haréis bisabuelo. Pero no te apresures, piénsalo bien, deja que termine la universidad. Combinar un bebé y las clases no es nada fácil, lo sé por experiencia –dijo el abuelo–. Es una buena chica y te quiere. Mira qué bien os peleáis.
– Abuelo, estás exagerando –intentó frenar al hombre Vlad. Si supiera la verdad... ¿Quién quiere a quién? ¡Si se odian a muerte! Y encima esa pícara tiene tres pretendientes para que la calienten. ¡Hágame usted el favor! Un harén entero.
– ¿Así mejor? –preguntó Sasha, que se había puesto su peto de trabajo y una camiseta llamativa. ¿Y cómo le explicaba ahora al abuelo su uniforme de fontanera? Que se apañara él solo. Él se lo había buscado por no gustarle sus «bollos».
– Nieta, tienes un peto de lo más curioso. En mis tiempos los fontaneros llevaban de esos –comentó el hombre.
– Pues todo lo ha elegido Vlad. Tiene ese gusto. Yo le pedí un vestido y me dijo: «¡No!», –mentía Sasha, mientras Vlad resoplaba.
– Correcto. ¿Cómo son los vestidos de ahora? Cortos, pero con el peto no le vas a enseñar tus bollos a nadie –dijo Vlad con aires de dueño. Nadie lo había dejado nunca de tacaño.
– Nieta, si necesitas dinero, dímelo y te lo doy –se ofreció el abuelo.
– Gracias. Estudio y trabajo. Dinero tengo. Pienso que una mujer debe ser independiente de un hombre, si no, me pasaría la vida entera con este peto. Bueno, ¿qué le vamos a hacer si el hombre tiene este gusto? –se lamentaba Sasha–. ¿Quieres repetir? –preguntó al ver que el hombre rebañaba el plato con pan.
– ¿Queda más? –preguntó Lev Borísovich.
– Sí, ahora te sirvo.
– ¿A lo mejor deberíamos guardarle algo a Vlad? –preguntó el abuelo con consideración.
– Que se coma la pizza –bufó Sasha con despecho.
– Yo también quiero borsch –soltó Vlad de repente.
– Te aguantas –respondió Sasha.
– Bueno, pues yo comparto el mío con Vlad –dijo el abuelo.
– Pues aún queda más. Frambuesita, no seas malhumorada –pidió Vlad con suavidad.
– ¿Qué soy qué? –abrió los ojos como platos la chica.
– La mejor del mundo –dijo Vlad, y el abuelo sonrió.
– No me hâgas la pelota. Tus provocaciones no funcionan –dijo Sasha colocando un plato lleno de borsch delante del abuelo.
– Si hasta me comería tu borsch directamente de la olla. Huele tan bien... ¿Qué es la pizza? Un bocado y nada más –admitió Vlad.
– No eres ningún gorrino como para comer de la olla –le soltó Sasha con desprecio.
– Rinoceronte. Acepto lo de rinoceronte. Estoy dispuesto a comprarte un vestido, pero que no sea corto –las dos últimas palabras las remarcó Vlad a propósito.
– ¿Con un escote pronunciado? –lo provocaba Sasha, mientras el abuelo contemplaba embelesado a la pareja. ¡Cómo pegaban el uno con el otro!
– Ya lo concretaremos. Ten piedad, Sasha –rogaba Vlad. No era tanto el hambre que tenía como lo mucho que le gustaba provocar a la chica.
Al final, Sasha le sirvió un plato a Vlad y se lo puso al lado. La chica sacó una cebolla de la nevera, la peló y la puso delante de los hombres.
– ¡Qué bien aciertas, nieta! –dijo el abuelo comiéndose un trozo de cebolla.
Vlad hizo una mueca al ver la cebolla.
– Peor para ti –dijo el abuelo al ver la cara de Vlad–. Yo me la como. A mí no me toca besarme con nadie.
– ¡Nada de besos hasta la boda! –soltó Sasha. ¿Para qué habría dicho eso?
– ¿¡Que nada!? –preguntó Vlad devorando el borsch a toda velocidad, por si a aquella pelirrosa rosada le daba por quitárselo sin ningún remordimiento.
– Ninguno. Bueno, quizás solo unos abrazos y un beso en la mejilla –se apiadó Sasha.
Vlad aun así no tocó la cebolla, aunque el abuelo se la comía encantado con el borsch, y cuando tuvo el plato vacío, se levantó de la mesa y se dirigió, según pensaba Sasha, al fregadero para dejar el plato sucio. Pero aquel rinoceronte se paró al lado de Sasha, la abrazó, le dio un beso en la mejilla y salió corriendo disparado hacia el fregadero.
– ¿Y esto a qué ha venido? –preguntó Sasha tras un minuto de shock. No se esperaba algo así de su parte. ¡Ya está bien de bromas!
– Todo dentro de los límites de la decencia. Abrazos y un beso en la mejilla –bromeaba Vlad–. Gracias por el borsch. Buenísimo.
– Gracias, Sasha. El borsch te ha quedado riquísimo, Vlad tiene razón. Me voy para no estorbaros. Juventud, qué se le va a hacer –sonrió el hombre–. Entonces, ¿nos veremos en la oficina? –preguntó.
– Sí, Sasha estará en la conferencia –respondió Vlad por ella.
– ¿¡Yo!? –volvió a resoplar Sasha.
– Venga, niños, me marcho, os dejo solos –dijo el abuelo y se encaminó hacia la salida.
Tan pronto como la puerta se cerró tras el hombre, Sasha se cruzó de brazos y escaneó a Vlad con la mirada.
– ¿Qué acaba de ser ese numerito? ¿Qué oficina es esa? ¿Qué te has creído que haces? –atacó Sasha.
– Ya nos estamos tuteando, ¿ves? –intentó esquivar las preguntas difíciles Vlad.
– ¡A mí no me hables con milongas! ¡Se acabó! ¡Estoy hasta las narices de ti, de tu casa y de todo! ¡Al diablo! Me he pasado aquí el día entero. Hazme las cuentas y me largo –puso condiciones Sasha.
– Nombra una cifra –pidió Vlad.
– ¡Diez mil! –soltó Sasha, furiosa como un demonio. ¿Y qué? ¡Tampoco tenía que haberla provocado ni llamarla cabra!
Vlad se acercó con total tranquilidad a su cartera, contó los billetes y dejó la cantidad sobre la mesa delante de Sasha.
– ¿Cuánto puede costar un grifo que hay que cambiar en el baño? Hay que comprar uno nuevo. Yo pago todo –dijo Vlad con total tranquilidad, como si se tratara de calderilla para él.
– No lo sé. Mañana pasaré por la tienda donde pueda haberlo y te aviso –dijo Sasha con algo más de calma. Le gustaran o no los clientes, hay que reconocer que le chiflaban aquellos que no regateaban y pagaban a tiempo y sin problemas, y encima con semejante suma. ¡Habría pagado hasta veinte mil si se lo hubiera pedido, pero tampoco era cuestión de perder la vergüenza!
– Dame tu número de teléfono por favor, para poder ponerme en contacto contigo –pidió Vlad. Al principio había pensado en pedirle que fuera su traductora en la reunión con los coreanos, pero decidió que ya era suficiente por hoy y lo dejó para mañana. ¡Total, tendría que volver!
– ¡Te aguantas! –respondió Sasha a su estilo.
– ¿Y cómo me vas a decir cuánto cuesta el grifo para comprarlo? Dame un número de contacto.
– No te lo doy. Si lo necesito, ya le pediré tu número a la operadora. Hay demasiado de ti en mi vida desde hace dos días. Quiero descansar de ti... –dijo Sasha, sin saber que iba a volver a ver a Vlad mucho antes de lo que se imaginaba.