Capítulo 4. ¡No soy vuestra criada!
Sasha recogió sus cosas y se marchó del apartamento de Vlad sin dejarle su número de teléfono. Solo entonces se dio cuenta de que tenía varias llamadas perdidas de Olya y Alekséy. Sasha llamó inmediatamente a su amiga.
– ¡Por fin! ¡Ya pensaba en llamar a la policía a la calle Mirna, cinco, apartamento treinta y seis! ¿Por qué no contestas? –gritaba Olya a través del altavoz–. ¡Ya he puesto patas arriba a Alekséy! ¡Menudo lío!
– ¡Todo bien! No hacía falta que le llamaras. Ahora te devuelvo la llamada –dijo Sasha y colgó a su amiga para llamar a su hermano. Faltaba más que aquel sapo glamuroso se fuera a presentar en el apartamento de Vlad.
– Hermanita, ¿dónde te metes? ¿Has perdido el miedo por completo? Los teléfonos están para cogerlos cuando te llaman –se indignaba Alekséy.
– ¿Dónde estás?
– En la puerta de casa –respondió Alekséy.
– ¿En casa? –preguntó Sasha con esperanza, cruzando los dedos para que no estuviera cerca del apartamento de Vlad.
– ¿Pues dónde si no? ¡Si me has dejado la cara pintada de tal forma que ni el Domestos lo quita! ¡Dios, cómo huele! –dijo Alekséy, olisqueándose a sí mismo.
– ¿Estás tonto o qué?
– ¿Y qué querías que hiciera? Hoy tengo una cita con Olya, ¿voy a ir a verla convertido en un humanoide verde? –protestó Alekséy.
– Haberlo pensado antes de hacerme travesuras –respondió Sasha.
– Entonces, ¿dónde estás? –volvió a preguntar Alekséy. Al fin y al cabo, era su hermana. ¡Aunque fuera una petarda!
– Estaba trabajando. Ya voy para casa, ¡deja de gruñir! ¿No le habrás chivado nada a mamá? –preguntó Sasha volviendo a cruzar los dedos, porque sabía que su madre podía armar un tornado, ya que había heredado su mismo carácter.
– Mamá se fue a casa de su comadre, vuelve por la noche –tranquilizó el hermano a Sasha.
– ¿Y papá?
– En el trabajo.
– Bien, vive –respondió Sasha.
– Oye, dime, ¿con qué se quita el verde de la inyección? ¡Tengo que ver a Olya hoy mismo! –se lamentaba Alekséy.
– Si estuve sentada en la bañera casi croando, me restregué con el estropajo hasta ponerme roja y no hay manera de que salga –protestaba Alekséy.
– Cuando llegue te ayudo –cedió Sasha.
– ¡Nones, nones! No me hace falta que me arranques el cuero cabelludo. Prefiero ir de verde.
– ¡A ti hay quien te entienda! –se indignó Sasha–. ¿No puedes quedar con Olya cuando ya sea de noche? En la oscuridad nadie va a ver ese verde –aportó una idea Sasha. Todavía no le había enseñado a su amiga las pruebas comprometedoras de su hermano, pero se las mostraría antes de la cita sin falta.
Sasha llamó a su amiga y le pasó las fotos del hermano.
– Sasha, eres una sanguijuela –concluyó Olya.
– Sal con ese sapo a la cita al menos, que se ha pasado el día deshaciéndose en la bañera –se echó a reír Sasha.
La chica todavía tuvo tiempo de atender otro encargo de «Marido de alquiler» y llegó a casa satisfecha. En la entrada la recibió su madre.
– ¡Sasha, pero qué le has hecho a tu hermano! –preguntó la mujer con actitud beligerante.
– ¿A cuál? –intentó hacerse la sueca la chica.
– Al Alekséy verde –respondió la madre, y Sasha comprendió que ella ya había visto al hermano. ¡Ay, ahora le iba a caer la del pulpo! Pero bueno, lo hecho, hecho está.
– No le pasa nada grave –intentó mantener la calma Sasha.
– Por tu culpa hoy no ha ido a trabajar –continuó la madre.
– No pasa nada, hoy he ganado por los dos –respondió Sasha, sacó su cartera y le dio a su madre cinco mil para el presupuesto familiar.
– ¿Qué dinero es este? ¿A quién has robado? –preguntó la mujer alarmada al ver que su hija le entregaba solo la mitad.
– No he robado a nadie, he hecho un trabajo profesional –respondió Sasha y se fue a su habitación.
– ¡Aún no hemos terminado de hablar! –le gritó la madre desde la puerta.
– Mamá, estoy cansada –respondió Sasha y desapareció tras la puerta de su cuarto.
Sasha se estuvo encerrada en su habitación hasta la noche. Escuchaba su música favorita con los auriculares puestos y cotilleaba el feed de las redes sociales con la esperanza de encontrar información sobre Vladislav. ¡Vaya que la había marcado el maldito rinoceronte!
– ¿Cuántas veces tengo que avisarte para venir a cenar? ¿Qué soy, vuestra criada? ¡Compra, trae, prepara, sirve, avisa para comer, y las señoras que no bajan! –le leía la cartilla la madre, mientras Sasha no oía nada porque llevaba los auriculares puestos y seguía el ritmo con el pie–. ¡Que me oyes, Sasha!
La mujer se acercó a su hija y le tocó el hombro. Sasha levantó los ojos al instante.
– Claro que no me oyes. ¡Estoy junto a los fogones cocinando para todos como si fuera la esclava Isaura y ella escuchando música! –dio un aplauso la mujer.
– ¿Y a qué viene gritar? No oía nada porque tenía los auriculares puestos. Podías haberme dicho con calma que necesitabas ayuda, hoy le toca a Oleg ayudar en la cocina –dijo Sasha.
– Mírala tú a ella: ¡podía haberme dicho con calma! ¿Acaso no te hablo con calma? ¿O es que el tono no te gusta? –estalló la mujer.
– No es el tono. Mamá, por favor, no empieces –pidió Sasha.
– ¡Eso se lo dirás a tu futuro marido: no empieces! –volvió a arrancar la mujer con su cantinela.
– Se lo diré a mi marido –aceptó Sasha.
– ¡Pero quién te va a aguantar a ti con esa lengua! –le pinchó la mujer a Sasha.
– No te preocupes, ya habrá pretendientes.
– Vete a comer –continuó la madre.
– Gracias, ya estoy llena. Ya me has dado cena de sobra –respondió Sasha.
– ¡Agradecida te veo! Estoy aquí de pie cocinando, dándole vueltas a todo el día como papá Pitufo, y encima su Alteza no se digna a venir a la mesa cuando se le avisa –se cruzó de brazos la mujer.
– Mamá, no tengo hambre, de verdad –Sasha se contenía con las últimas fuerzas que le quedaban.
– Eso se lo vas a soltar a tu marido –remató la madre para acabar de rematar a su hija.
La chica se levantó, sacó una maleta del armario y empezó a meter su ropa dentro.
– ¿Qué estás haciendo? Me voy con mi futuro marido –respondió Sasha y siguió guardando sus cosas.
– ¡Ay, no digas tonterías! –le hizo un gesto de desprecio con la mano la mujer a su hija y salió de la habitación.
Los chicos y el padre ya estaban sentados a la mesa esperando a la madre y a la hermana.
– ¿Y Sasha? –preguntó el hombre.
– Que no tiene hambre –respondió la mujer–. A la princesa no le ha gustado cómo la han invitado a la mesa. ¡Menudo carácter! ¡Ay, le hemos estado bailando el agua a esta florecita toda la vida! Nada, que pase hambre una noche. Aquí no hay ningún restaurante –refunfuñaba la mujer.
Cenaron todos sin Sasha. Después de cenar, el padre no aguantó más y fue a la habitación de su hija, pero allí no había nadie...