Mujer de alquiler

Capítulo 4.1 Mala suerte

Capítulo 4.1 Mala suerte

– Pues Sasha no está en su habitación –dijo el padre.
– Estará en el baño, ¿acaso no lo sabes? –bufó la madre.
– Pues he mirado y tampoco está ahí –respondió el hombre.
– ¿Y la maleta? –se puso seria la madre.
– ¿Qué maleta? –preguntó el padre.
– La que estaba haciendo –respondió la mujer, dejó de enrollarse el pelo en los rulos y fue hacia el cuarto de su hija–. ¡Vaya cabezota, se la ha llevado!
– ¿Qué se ha llevado? –preguntó el hombre siguiéndole los pasos.
– Ha hecho la maleta, mira, ya no están sus cosas favoritas, y se ha ido de casa. Alekséy, llama a Olya. ¡Nuestra holgazana seguro que se ha ido con ella, si es que no tiene a dónde más ir! ¡Quién si no va a aguantar su horrible carácter! –le gritaba la mujer a todo el apartamento, aunque empezaba a preocuparse. ¡Mírala a ella, qué finolis!
– Hola, no hables así de tu hija –la frenó el hombre.
– Vaya, ¿y quién habla mal? ¿Qué he gesagt (dicho) mal? La llamé para cenar, no le gustó mi tono, así que le hizo la maleta al novio y se largó –dijo la mujer.
– ¿Al novio? –repitió el padre. Sasha era su debilidad y su corazón empezó a latir como loco. Su niña no estaba en casa y ya era de tarde-noche. Daba igual que ya fuera universitaria y se ganara sus propios peniques; para él siempre sería su pequeña Sashunka.
– Eso es lo que me ha dicho –respondió la mujer.
– Llama a Olya –le indicó el padre a Alekséy.
Alekséy marcó de inmediato el número de Olya, pero la línea estaba comunicando.
Justo en ese momento Olya estaba hablando por teléfono con Sasha, que quería pedirle posada para pasar la noche en casa de su amiga.
– Hola, guapa, ¿preparándote para la cita? –le preguntó Sasha a su amiga.
– ¡Qué va! Voy en autobús al pueblo de mi abuela. Me ha llamado y me ha pedido que vaya con urgencia. La cita de hoy se cancela. Justo iba a llamar a Alekséy –respondió Olya con voz triste.
– ¿Qué le pasa a la abuela? –se preocupó Sasha, pues conocía muy bien a aquella mujer. Horneaba unos pasteles increíblemente deliciosos y preparaba una mermelada de frambuesa que a Sasha le chiflaba.
– Se ha caído. Ha llamado una vecina pidiendo que fuera. Hay que llevar a la abuela al médico. Me quedaré unos días en el pueblo. Ya le he dicho a la directora que atenderé las llamadas desde casa. De todos modos, toda la base de datos de trabajadores está en el móvil.
– Saluda a la abuela de mi parte. Si necesitas algo, avisa –se ofreció Sasha.
– No necesito nada. En cuanto llegue a casa de la abuela y aclare todo, te llamo. Venga, te dejo, que estoy plantada como una garza a la pata coja y tengo al lado la caja de pollitos de alguien –intentaba bromear Olya.
– Ten cuidado de que no se te plante ningún gallo por detrás, que no va a valorar al sapo –le respondió Sasha, insinuando lo de su hermano.
– Bueno. Dile tú que lo de hoy se suspende –pidió la amiga.
– Lo siento, pero estamos de uñas. Escríbele tú misma, que si no pensará que estoy tramando algo otra vez –respondió Sasha.
– Vale, chao –dijo la amiga y colgó.
​¡Menudo percal! ¿Y ahora a dónde iba con las maletas? ¡Con lo que Sasha contaba con Olya!
Mmm... ¡Tiene dinero! ¡Pasará la noche en un hotel! ¿Y qué? Que los padres aprendieran que ya era independiente. No hacía falta que le soltaran todo el rato lo de: «Cuando te cases...». Podía apañárselas solita.
​Sasha se dirigió al hotel más anhelado (más cercano).
No había caído en la cuenta de que era verano, pleno temporada alta, y que todas las habitaciones de los hoteles estaban reservadas con antelación.
Recorrió varios hoteles, pero en todas partes le dieron con la puerta en las narices. Para la suite presidencial que quedaba libre no tenía ni dinero ni la estupidez suficiente.
– ¡Qué mala pata! –se indignó la chica al salir por la puerta de otro hotel más.
– ¿Qué, está todo a tope? –le preguntó un taxista cuyo coche aparcaba junto al hotel. El hombre la recorrió con una mirada tan pegajosa de arriba a abajo que a Sasha se le revolvió el estómago–. Te puedo alquilar una habitación. Baratita.

– Gracias, paso –respondió Sasha.
– ¿Y dónde vas a dormir? ¿En la estación? –mostró su dentadura torcida el taxista, haciendo tintinear las llaves–. Allí hay sin techo y gitanos, y yo tengo la cama limpia y calentita.
– ¡Vigila que no te la deje sucia y mojada! –le soltó Sasha.
– Tienes buena lengua. A mí me van las ardientes. ¿Te vienes conmigo? –insistía el chófer. Se mire por donde se mire, Sasha era una chica guapa.
– Cuida de que no te quemes o te dé un calambre –le replicó Sasha arrastrando su maleta.
El taxista la seguía despacito con el coche, intentando convencer a la chica de que pasara la noche con él, hasta que chocó contra el carísimo coche de importación de alguien.
– Bien te está, capullo –dijo Sasha en voz baja al ver a los armarios empotrados que se bajaban del cochazo.
Por alguna razón, al mencionar la palabra «capullo», se le vino a la cabeza el rinoceronte. ¿Había prometido que todo sería decente hasta la boda? ¡Lo había prometido! Por alguna extraña razón, al rinoceronte sí le creía. La miraba de una forma muy distinta a la de aquel taxista. De una forma que le sonrojaba las mejillas y le ponía la piel de gallina.
– ¡Bueno, pues me ha presentado a su abuelo como su novia, así que ahora que cumpla su palabra! –tomó una decisión Sasha y caminó hacia la parada de la minibús que debía llevarla a la calle Mirna.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.