Capítulo 4.2 Sorpresa
En la calle Mirna, cinco, apartamento treinta y seis, un apuesto y joven rinoceronte con una escayola en la pierna también estaba pensando en Sasha. Ella se había olvidado en el baño la cinta con la que se atía el pelo. Vlad la había encontrado en el cuarto de baño y ahora no la soltaba de las manos mientras pensaba en la chica de pelo rosa. ¡Es tan graciosa cuando se enfada, se avergüenza de una forma tan dulce y cómo se indigna! El abuelo tiene razón: ¡es un tesoro de chica, no una mujer! ¡Lo que pasa es que es muy tozuda! Pero eso es precisamente lo que le atrae de ella. El espíritu rebelde, el caos que trajo a su vida con su aparición. Vlad estaba acostumbrado a un horario estricto, a las agendas, a la puntualidad, y de repente le cae del cielo una chica-tornado. Con ella es imposible aburrirse. ¡Como para que no se le vuele la cabeza!
Los pensamientos sobre la chica distraían a Vlad del trabajo todo el tiempo. Le pidió a Vitalik que le trajese todos los documentos que necesitaba firmar.
De repente sonó el teléfono. En la foto de perfil apareció la imagen del abuelo Lev.
– ¡Buenas tardes, nieto! ¿Te he interrumpido? –preguntó el hombre.
– Hola, abuelo, no me interrumpes –respondió Vlad.
– ¿Estás solo? Quiero decir... ¿no estás con Alejandra? –preguntó el hombre.
– Solo. ¿Acaso podría haber otras opciones? –preguntó Vlad por alguna razón antes de pensarlo.
– No puede haber ninguna otra.
– ¿Para que me entierre? –sonrió Vlad, que aún sostenía la cinta de ella en la mano.
– A los dos, por si acaso –le siguió la broma el abuelo–. Dime, ¿por qué la has estado ocultando de mí tanto tiempo?
– Bueno, no se había dado la ocasión de presentarla –mentía Vlad.
– Cuídala, nieto. No te habría molestado, pero quería decirte algo importante hoy. Delante de la chica no quise decir nada. Ayer vino Timur a verme. Exige que le ceda la gestión de la compañía. Me he negado.
A raíz de estas palabras, Vlad apretó el puño. Conocía muy bien a su primo, aquel bicho rastrero; sabía que era un ludópata y que necesitaba la empresa para venderla y fundírselo todo en el casino. Timur llevaba exprimiéndole el dinero al abuelo hasta que este le cortó el grifo. El tío había mandado al abuelo al hospital con sus travesuras. Vlad tuvo que tomar las riendas de la empresa porque Timur empezó a agitar al consejo de directorios diciendo que Lev Borísovich ya tenía una edad demasiado avanzada para dirigir la compañía. Ahora se le había ocurrido otra jugarreta. En el consejo había una norma no escrita de que quien encabezara la empresa debía ser un hombre casado y con una reputación impecable. Con la reputación de Vlad no había ningún problema: una educación excelente, grandes conocimientos en el sector empresarial y farmacéutico, pero en la casilla de «estado civil» había un hueco en blanco. Vlad no tenía prisa por casarse, o mejor dicho, no había encontrado a la afortunada a la que quisiera ver a su lado el resto de su vida... Hasta ayer. ¿Pero aceptaría ella? Aunque fuera un matrimonio de conveniencia, solo para salvar la empresa del abuelo. ¿Y cómo hablar con ella de esto? Si es afilada como un alfiler. Le dices una palabra y te suelta diez. Pero ojalá aceptara. De ella estaría dispuesto a escuchar incluso diez palabras, con tal de escucharla A ELLA. Si tuviera su número, seguro que la habría llamado o escrito.
Tras hablar con el abuelo, Vlad se quedó más negro que una nube de tormenta. ¡Vaya que sabe Timur dónde apretar! Pero Vlad intentaría encontrar una salida.
Sonó el timbre de la puerta. Vlad fue a abrir convencido de que era Vitaliy quien traía los documentos. ¡Cuál sería su sorpresa al ver ante sí a la chica de pelo rosa con una maleta!
– ¡Buenas tardes! Dijiste que hasta la boda te portarías con decencia –dijo la chica muy seria, pero se le encendían las mejillas. Si Vlad supiera cuántas veces se había acercado a su puerta y había huido de ella como el diablo de la cruz...
Pero, armándose de valor y comprendiendo que ya no había marcha atrás, Sasha había pulsado al fin el timbre, y ahí estaba, mirando a ese rinoceronte en bata. ¿Por qué no se habría puesto la bata de forma normal para que no se le viera el torso?
– Buenas tardes, justamente estaba pensando en ti –admitió Vlad, y su estado de ánimo despegó hasta el cielo. ¡Vaya! ¡Había venido a su casa por propia voluntad! ¡Por propia voluntad!
– Pero conviene que dejemos las condiciones claras desde ya: duermes en otra habitación, nada de abrazos, besos, ni siquiera en la mejilla. Tú no invades mi espacio y yo no invudo el tuyo –soltó de golpe todo lo que llevaba repitiéndose varias veces.
– Trato hecho –respondió Vlad al instante. Aunque iba a ser difícil no invadir el espacio del otro, puesto que ella era un tornado de máxima categoría.
– ¿Me vas a dejar pasar al apartamento o voy a tener que dormir aquí? –preguntó Sasha con razón, ya que Vlad se había quedado un poco descolocado ante semejante sorpresa.
– Claro, perdona, pasa –dijo Vlad y dio un paso para dejarla pasar.
Sasha entró, pero se dejó la maleta fuera. Que fuera Vlad quien se la entrara ahora; pero el rinoceronte estaba tan contento de que Sasha estuviera en su piso que, en cuanto la chica cruzó el umbral, se dispuso a cerrar la puerta de inmediato.
– ¡Eh! ¿Y mis cosas? –protestó la chica.
– ¡Vaya, si soy un zoquete! –reaccionó Vlad.
– Eso es un hecho –no se calló Sasha, y Vlad sonrió con sus palabras. Cómo la había echado de menos en esas pocas horas de tira y afloja. El hombre cogió las cosas del recibidor y metió la maleta en el piso.
– ¿Te vas a quedar mucho tiempo? –se atrevió a preguntar Vlad.
– Todo depende de ti –respondió la chica–. ¿Estás solo? –preguntó Sasha. Al lado de la puerta de su piso, cuando se atrevía a pulsar el timbre, se le habían pasado un montón de ideas por la cabeza: ¿Y si tiene novia? ¿Y si no la deja pasar a dormir? ¿Y si no está?
– Sí. ¿Quién iba a estar? –se extrañó Vlad.
– Bueno, el abuelo Lev, por ejemplo.
– No, llamó y preguntó por ti. Gracias por salvarme hoy –dijo Vlad con calidez–. El abuelo vive solo.
– Menos mal.
– Pasa –invitó Vlad. Le parecía incómodo tener a la chica junto a la entrada. Aunque tenía carácter, en ese momento parecía una corza asustada dispuesta a salir disparada por la puerta en cualquier segundo.
Sasha dio unos pasos y se quedó desconcertada. No sabía cuántas habitaciones tenía el piso, vio varias puertas, pero no había entrado en ninguna otra estancia aparte de la cocina-estudio. Sus ojos divisaron un sofá y se calmó. ¡Ya tenía dónde dormir!
Vlad pilló la mirada que Sasha le echaba al sofá.
– Tengo una habitación de invitados, puedes quedarte ahí. Lo único es que tendremos que compartir el baño, pero supongo que nos apañaremos –dijo Vlad señalando una puerta.
Sasha fue hacia allí y Vlad, cojeando, le llevó la maleta detrás.
La habitación estaba amueblada con estilo, en tonos claros, con ventanales panorámicos y una cama enorme. Podría haber cabido allí junto con sus tres hermanos.
– Acomódate, en el armario hay toallas. Yo pondré el agua para el té. O, ¿tienes hambre? ¿Pido algo? –preguntó Vlad con atención.
– Gracias. No tengo hambre, pero no le diría que no a un té –le sonrió Sasha con calidez. ¡Vaya, al final sí que sabía ser un tío normal!
Vlad dejó a Sasha sola y se fue a la cocina. Aunque seguía cojeando por culpa de la dichosa escayola, iba casi bailando. ¿Se habría imaginado alguna vez que su noche acabaría así? ¡Jamás! Pero aquello era solo el principio de la noche...