Mujer de alquiler

Capítulo 5. Don’t push the horses!

Capítulo 5. Don’t push the horses!

– ¿Y vosotros quiénes sois? –respondió la madre de Sasha, sosteniendo en las manos el cinturón militar que ella y sus hermanos siempre escondían en diferentes sitios para que la madre no lo encontrara.
– Soy el dueño de este piso –respondió Vlad, sin ninguna intención de dar un paso atrás para dejar pasar a la muchedumbre–. ¿Y ustedes quiénes son?
– Soy la madre de esta sinvergüenza que no coge el teléfono y se larga por la noche a sabe Dios dónde –escupía cada palabra la madre, mirando directamente a Sasha, que intentaba esconderse a la espalda de Vlad. Por alguna razón, junto a él se sentía más segura.
– Primero: Sasha no podía contestar porque se le había agotado la batería del móvil; y segundo: no está a sabe Dios dónde, sino en mi piso –respondió Vlad con claridad.
– ¡Ya has paseado bastante, y se acabó! –dijo la mujer con firmeza, intentando mirar por encima del hombro de Vlad para ver dónde se escondía aquella holgazana–. Recoge y a casa.
– Sasha decidirá por sí misma qué hacer y cuándo recoger –cortó en seco las intenciones de la mujer Vlad.
Ella se quedó callada durante unos segundos, ojiplática. Nadie la había puesto en su sitio con tanta educación jamás.
– ¡Y a ti qué te importa, por qué le vas a decir tú lo que tiene que hacer! –encontró por fin qué decir la mujer.
– Ella decide por sí misma qué hacer –volvió a repetir Vlad con total tranquilidad.
– ¿Y tú qué eres de ella?
– Su prometido –asomándose por detrás de su espalda, soltó Sasha. Era mejor tirar por ahí, porque si Alekséy los había llevado hasta allí, la palabra «cliente» del servicio de «Marido de alquiler» iba a adquirir un matiz de lo más picante en su situación, y su madre seguro que hacía uso del cinturón.
– ¡¿Su prometido?! –preguntaron a coro todos los Sribny.
– Sí –respondió Vlad con total calma–. Bueno, pasen, mamá, vamos a conocernos. Pero a Sasha no se la pienso devolver –dijo Vlad con una sonrisa y se hizo a un lado para dejar entrar a los nuevos parientes en su casa.
Definitivamente no estaba preparado para semejante presentación; es más, ni siquiera estaba preparado para el matrimonio, ni siquiera para uno ficticio, pero tenía que echarle un cable a la pelirroja. Aquel patético «prometido» había despertado en él al caballero que debía proteger a su cabra de lengua afilada.
Sasha se colocó detrás de Vlad, como buscando protección. El hombre notó lo asustada que estaba su invitada y le cogió de la mano.
Los Sribny entraron en el piso y empezaron a mirar alrededor. Su aspecto no encajaba con el estatus de aquella vivienda. La madre en bata y zapatillas de estar por casa, el padre en pantalón corto y camiseta de tirantes. Menos mal que se había calzado las sandalias, mientras que los hermanos iban al menos con camisetas y pantalones de chándal.
– ¿Y cómo te llamas, prometido? –remarcó a propósito la última palabra la mujer, a quien se le había torcido el gesto con aquello de «mamá». Por ir a por lana y salir trasquilada con las bromitas a su hija, ahora le tocaba aguantarse.
– Vladislav. ¿Té, café o algo más fuerte? –preguntó Vlad mirando a los hombres. Había notado el parecido entre la mujer que se hacía pasar por la madre de Sasha y los tres jóvenes, entre los cuales estaba Alekséy, aunque por algún motivo este último iba cubierto de pintitas verdes.
– ¿Hay algo para el corazón? –preguntó la mujer.
– Un momento –respondió Vlad y se giró hacia Alejandra–. Sasha, ¿hay algo por ahí en el botiquín?
– Debe de haber Corvalol –respondió la chica y se fue a la cocina. Ella misma había estado rebuscando en el botiquín cuando buscaba una tirita, así que sabía lo que había dentro, ya que incluso había tirado parte de los medicamentos caducados.
– Sientense –dijo Vlad señalando el sofá–. Disculpen, ¿cómo debo dirigirme a usted?

– Soy Alla Stepánovna –dijo la mujer sentándose en el sofá.
– Nikolái Serguéievich –tomó la palabra el padre de Sasha y le tendió la mano a Vlad.
Vlad se la estrechó y a continuación se acercó a los jóvenes, que seguían de pie junto al sofá en vez de sentarse.
– Ostap –le tendió la mano el hermano mayor.
– Oleg –saludó el mediano.
– Si ya nos conocemos –sonrió Alekséy tendiéndole la mano.
– ¿A la Sashka? –sonrió Vlad señalando las manchas verdes por su cuerpo.
– ¿Pues quién si no? –respondió Alekséy.
– ¿Y desde cuándo están juntos? –preguntó Nikolái Serguéievich. Si las palabras de Alekséy sobre que Sasha le había hecho borsch a un desconocido le habían puesto en guardia, la situación con el botiquín le confirmaba la idea de que Vlad era, efectivamente, su prometido.
– Dos meses –respondió lo primero que se le vino a la cabeza.
– ¡Tres! –le corrigió interviniendo Sasha, que volvía con un vaso de agua y medicinas para su madre. La mujer dio unos sorbos.
– ¡Vaya plazo de tiempo! –puso jeta la mujer–. Antes de llamar a un hombre prometido, hay que conocer a su familia.
– Pues yo ya la he conocido –respondió Sasha, dándole el golpe de gracia a su madre.
– ¿Y a nosotros no hacía falta presentarnos? –preguntó con reproche la mujer.
– Pues mira, ha surgido la ocasión perfecta –contestó Sasha como si nada.
– ¿Y cómo se conocieron? –preguntó Nikolái Serguéievich.
– Venía del trabajo, oí un maullido, me puse a mirar de dónde venía el ruido y vi que había un gatito subido a un árbol y Sasha estaba de pie debajo. Salvé al gatito. Así es como nos conocimos –repitió Vlad la leyenda de Sasha, pero adaptándola un poco a su estilo.
– ¿Tiene matrimonios anteriores, hijos, antecedentes penales o vicios? –dejó caer de golpe la madre de Sasha con su pregunta.
– ¡Mamá! –exclamó la chica.
– ¿Qué de «mamá» ni qué niño muerto? ¡Si me preocupo por ti, alma de cántaro! –respondió la mujer–. No te voy a regalar al primero que pase.
– Nunca he estado casado, no tengo hijos, no fumo, no bebo alcohol y los juegos de azar me dan igual. Trabajo como director ejecutivo en una empresa farmacéutica llamada «V-pharm». Este piso es mío. Tengo coche. Asumo todos los gastos de la organización de nuestra boda con Sasha –afirmó Vlad con seguridad.
En ese momento, el agua no solo le hizo falta a la madre, sino también a Sasha. Vaya, ¡¿de qué boda hablaba?! Ya habíamos dejado lo del prometido y con eso bastaba, ¿qué boda ni qué niño muerto? ¡Vlad, Don’t push the horses!




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