Capítulo 5.2. ¡Libertad!
– ¡No, mamá, no! –se apresuró a negar Sasha, y todos los Sribny volvieron a suspirar aliviados.
– No vamos a precipitarnos con los niños. Sasha tiene que terminar sus estudios –dijo Vlad, y la chica lo miró con agradecimiento, porque si hubiera llegado a decir que quería hijos aquí y ahora, seguro que le habría arreado con algo pesado en ese mismo instante y con testigos presentes.
– ¿Entonces cuándo conoceremos a los futuros consuegros? –preguntó la mujer, todavía sin creérselas que su Sasha, la holgazana, fuera una prometida. ¡Dios mío, cómo pasa el tiempo!
– Mis padres murieron en un accidente de tráfico cuando yo tenía siete años. Mi única familia, además de Sasha y de ustedes –dijo Vlad volviendo a coger de la mano a la chica, pues veía que le temblaban las palmas–, es mi abuelo, Lev Borísovich. Sasha ya lo conoce. El abuelo está encantado con ella. Desea que Sasha también participe en nuestro negocio familiar.
– ¿Y qué va a hacer allí? ¿Reparar tuberías o arreglar los cables en las farmacias? –volvió a meter baza Alekséy. ¡Mira que se buscaba problemas!
– No. Sasha es muy inteligente y sabe idiomas. Participará directamente en las negociaciones con nuestros socios coreanos como traductora –dijo Vlad con tono profesional y abrazó a Sasha, ya que la mano de ella, que él no soltaba de la suya, estaba fría como el hielo–. ¿Tienes frío? Voy a preparar té. Propongo que vayamos todos a la cocina –invitó Vlad.
Los Sribny siguieron a Vlad y a Sasha.
Aunque Sasha era tozuda y orgullosa, en ese momento se mostraba tan vulnerable que daban ganas de protegerla.
Vlad había visto lo sorprendida que se había quedado cuando él sacó el tema de la boda, pero aquel matrimonio, o al menos la ilusión de que todo iba encaminado hacia una relación formal, podía salvarle el pellejo. ¡No iba a permitir que su tío destruyera el negocio familiar!
– ¡Nuestra Sasha es muy lista! –dijo el padre con orgullo, mirando con ternura a su pequeña Frambuesita.
– Cariño, haz té, por favor –le pidió Vlad, pero por la expresión de su cara comprendió que Sasha no sabía dónde estaba lo necesario para la merienda–. En la nevera tiene que haber limón y algo dulce, no me imaginaba que hoy íbamos a tener invitados.
Sasha asintió y se acercó a la nevera. Allí encontró un limón, una tableta de chocolate y dos barritas de chocolate. Vlad puso a calentar el agua para el té y sacó el azucarero y las tazas.
– ¿Entonces hoy no piensas volver a casa? –se atrevió a preguntar finalmente Alla Stepánovna, mirando a su hija.
Sasha se quedó pensando un segundo y negó con la cabeza. Menos mal que se había puesto el cinturón aquel de adorno, porque en casa era capaz de cumplir su vieja promesa de que el cinturón le iba a besar el culo a base de bien.
– Sasha tiene su propia habitación de invitados. Prometí que hasta la boda no habría arrumacos –dijo Vlad al ver que la chica de pelo rosa volvía a esconderse a su espalda. Le parecía entrañable que aquella cabra confiara en él y se apoyara en su hombro.
– ¿Entonces ahora va a vivir aquí todo el tiempo? –se alegraba Alekséy. ¡Llevaba ya mucho tiempo protestando por el hecho de que él y sus hermanos se apretujaran los tres en una sola habitación, mientras que la señorita princesa de Sasha ocupaba un dormitorio entero para ella sola!
– Puede volver a casa cuando le apetezca –aclaró Vlad–. Sasha es libre de elegir.
Las últimas palabras de Vlad le valieron al rinoceronte unos cuantos puntos extra. ¡Libertad! ¡Eso era lo que soñaba Sasha!
– Bueno, nosotros nos vamos a ir preparando para casa, que mañana todos curramos –dijo el padre.
– ¿Y el té? –preguntó Sasha.
– Ya os lo tomaréis sin nosotros, en casa tenemos nuestra propia agua –contestó el hombre, negándose a aceptar el hecho de que había llegado la hora de dejar marchar a su hija.
Los Sribny se levantaron de la mesa y se dirigieron hacia la puerta. En un momento dado, Alla Stepánovna se dio la vuelta.
– ¡Madre del amor hermoso, y yo qué le voy a decir a los vecinos! –empezó a lamentarse la mujer–. ¡Si no ha habido pedida de mano ni nadie ha visto al prometido de Sasha! No veas las marujas cómo van a empezar a cuchichear diciendo que vive por ahí de mantenida.
– Pasado mañana me quitan la escayola y me presento en su casa para pedir oficialmente su mano –tranquilizó a la mujer Vlad–. ¿O es mejor que vayamos a un restaurante?
– A un restaurante –aceptó la mujer, pensando ya en que tenía un vestido nuevo ideal para lucirlo en un sitio así.
– Hecho, encargaré una mesa para pasado mañana por la tarde. ¿A las cinco os va bien? –preguntó Vlad.
– No, mejor a las seis –dijo la mujer, imaginándose de paso las caras de las vecinas y de su comadre cuando vieran a semejante prometido. Y decían que era el patito feo. ¡Pues que se mueran de envidia! ¡Ole por Sasha! Ha encontrado un novio como Dios manda. ¡Y ya tienen de qué presumir ante los vecinos!
– Muy bien, como usted diga –respondió Vlad, abriendo la puerta y dejando salir primero a la madre de Sasha–. ¡Buenas noches!
– ¡Buenas noches! –dijo el padre de Sasha, que iba detrás de su esposa–. Como la hagas sufrir, te saco de debajo de las piedras.
– No la haré sufrir –afirmó Vlad con seguridad y le estrechó la mano al hombre.
– Oye, ¿tu habitación se queda libre? –le preguntó Alekséy a Sasha mientras seguía a su padre.
– ¡Ni se te ocurra! Esta vez no te voy a perdonar. Te compro unas pestañas postizas, cera depilatoria y me informo de lo del bótox –le echó una mirada asesina Sasha a su hermano. ¡Es que no escarmienta!
– Anda ya, menuda amenaza –bufó Alekséy.
– Sasha, voy a reponer las existencias de verde de metileno y compraré fucorcina –dijo de repente Ostap abrazando a su hermana–. Es un antiséptico que hace mucha falta en casa. Me alegro por ti.
– Gracias –dijo Sasha y le sacó la lengua a Alekséy.
– Tranquila, que Alekséy no se va a mudar a tu cuarto –terció Oleg, dándole también un abrazo a su hermana tras el hermano mayor.
– Qué alivio. Porque si no, se pone a rebuscar en mis cosas. Lo mismo le da por probarse mis vestidos y al final hasta le coge el gusto... –bromeaba Sasha.
– No es mi talla –le siguió la broma Alekséy.
– ¿Y tú cómo lo sabes? ¿Es que te los has probado? –seguía de guasa Sasha, aunque acabó abrazando también a Alekséy–. Vigila a papá. Las pastillas para los nervios están en el botiquín –le dio instrucciones la chica.
– Ajá –asintió el hermanito verde y se marchó detrás de los demás–. ¡Buenas noches!
En cuanto la puerta se cerró tras los Sribny, Vlad y Sasha respiraron aliviados.
– Gracias –fue lo único que alcanzó a decir Sasha antes de que volvieran a llamar a la puerta. ¿Se habrían olvidado algo? Vlad abrió, pero no eran los Sribny...