Mujer de alquiler

Capítulo 5.3 La banda y el hombrecito verde

Capítulo 5.3 La banda y el hombrecito verde

En el umbral estaba el vecino de Vlad con una pata de taburete y dos policías con metralletas.
– ¿Estás vivo? –preguntó Valentín.
– Bueno, por ahora sí –respondió Vlad, sin entender en absoluto qué había pasado.
– ¿Y esos de ahí? –preguntó el hombre mirando a su alrededor, y su vista tropezó con Sasha–. ¡Buenas noches! –saludó el vecino a la chica.
– ¿Cuáles esos? –preguntó Vlad, aunque empezaba a sospechar que Valentín se refería a los familiares de Sasha.
– ¿Entonces es una falsa alarma? –preguntó uno de los policías.
– ¡Qué falsa alarma ni qué narices! –se oyó una voz de mujer a espaldas de los hombres. Era la esposa de Valentín–. Si ahí había toda una banda. Mi marido abrió la puerta y se metieron en casa a la fuerza buscando a no sé qué Sasha. Y a esa banda la mandaba una mujer con un cinturón en la mano –explicaba la mujer, y a Sasha casi se la traga la tierra de la vergüenza.
– ¿Toda una banda, dice? –repitió el agente.
– Cuatro armarios empotrados y una mujer en bata. Y uno de los tíos iba entero de verde. Al principio me creí que se había puesto un balaclava o unas medias en la cabeza –contaba Tatiana, y Sasha comprendió de qué verde hablaban. ¡Vaya hipo le estaría dando al pobre!
– ¿Y qué hacía esa banda? –precisó el policía.
– Irrumpieron en el piso, corretearon por ahí buscando a alguien, y luego ese verde soltó que yo no era Vlad y se fueron a ver a los vecinos –explicó Valentín.
– ¿Verde? ¿Han tomado algo? –preguntó el policía mirando con fijeza al vecino de la pata de taburete.
– No. Yo no bebo nunca –respondió Valentín.
– ¿Tienen alguna queja? ¿Ha entrado alguien a la fuerza en su casa? –preguntó el agente mirando a Vlad.
– Eran mis padres y mis hermanos –dijo Sasha en voz baja desde la espalda de Vlad. No quería que los vecinos salieran perjudicados por su culpa–. Soy Sasha. Me estaban buscando a mí.
– ¡Eso es! Iban corriendo por ahí gritando: «¡Sasha! ¡Sasha!» –lo confirmó Tatiana.
– ¿Entonces conocen a los delincuentes? –preguntó el policía.
– ¡Si no son ningunos delincuentes! –protestó Vlad–. Es la familia de mi prometida. Se le había quedado el móvil sin batería, montaron un drama y se pusieron a buscarla por todas partes –explicó Vlad.
– Entendido –asintió el policía–. Entonces, ¿están todos bien, ilesos y no hay reclamaciones? –preguntó el agente.
– ¿Cómo que no hay? –intervino Tatiana–. ¡Pues claro que las hay! Irrumpieron en el piso en plena noche y asustaron a los críos. Luego el verde dijo que mi marido no era el que buscaban y se fueron todos a casa de Vlad –explicó la mujer–. Llamamos a la policía al ver que se iban directos al piso del vecino.
– ¿Así que eran sus padres? –volvió a preguntar el policía.
– Ajá –asintió Sasha, y Vlad le cogió de la mano. Aquel gesto la tranquilizó un poco.
– ¿Eso significa que se van a ir de rositas sin castigo? –preguntó la vecina.
– ¿Y qué castigo iba a haber? –preguntó Vlad de repente–. ¿La puerta la abrieron ustedes mismos? ¡Pues claro! ¿Ha desaparecido algo? ¿Les han robado algo? ¿Han roto algo? No, entonces, ¿de qué castigo me habla?
– ¡Es que... es que nos han pegado un susto! –encontró qué decir Tatiana, ya que su marido se había callado del todo al ver que Vlad tenía razón.
– Para que no les asusten, miren por la mirilla y no abran a los desconocidos –dijo Vlad–. Estamos vivos y sanos, no tenemos reclamaciones contra nadie, ¿hay alguna otra pregunta?
– ¿Y los familiares de su chica dónde están? –preguntó el agente.
– Ya se han ido –respondió Vlad–. ¿Alguna otra pregunta?
– No. Disculpen. Buenas noches –respondió el policía.
– Buenas noches –repitió Vlad y cerró la puerta.
– Perdona –dijo Sasha en un susurro.
– ¿Por qué? –preguntó Vlad mirando a Sasha, que tenía los ojos llenos de lágrimas. ¡Qué forma tan ridícula de hacer el ridículo!

– Bueno, porque los míos hayan irrumpido en casa de los vecinos –dijo la chica con voz apagada y sin levantar la vista.
– Los vecinos se lo han buscado –dijo Vlad.
– Ahora has estropeado la relación con ellos.
– Nunca me han caído bien –sonrió Vlad–. Te propongo que nos tomemos el té de una vez. A decir verdad, me he quedado un poco con hambre con tanta visita nocturna.
– De acuerdo –respondió Sasha y se fue a la cocina junto con Vlad.
– ¿Puede venir alguien más hoy? –lanzó una pregunta Vlad. Un novio de verdad, por ejemplo.
– No.
– ¿Seguro?
– ¡Seguro! –respondió Sasha con seguridad mientras Vlad ponía el agua a calentar.
La chica abrió la nevera y encontró provisiones para hacer unos sándwiches. Preparó todo rápidamente y le puso delante a Vlad un plato con varios emparedados.
– Gracias. Pero come tú también –le dijo Vlad–. Después de este sofoco hay que reponer fuerzas.
– Ajá –asintió la chica y cogió uno de los sándwiches.
– Tienes unos padres majos –dijo Vlad pensativo, imaginándose cómo se habrían portado los suyos en una situación así de no haber fallecido.
– Es que se preocupan mucho por mí –respondió Sasha en voz baja.
– Es comprensible. Pero, ¿por qué va Alekséy pintado de verde? –sonrió Vlad, decidiendo cambiar de tema al ver que Sasha se sentía incómoda.
– Bueno, había que aplicarle un pequeño tratamiento médico. Digámoslo así –sonrió Sasha.
– ¿Las uñas y el pintalabios también entran en el tratamiento? –preguntó el hombre, pues el aspecto de Alekséy le había dejado, por decirlo suavemente, ojiplático–. ¿Obra tuya?
– ¡Él se lo ha buscado!
– ¡Pues estás hecha un buen bicho! –bromeaba Vlad.
– ¿Te has asustado? ¿Te lo estás pensando mejor y vas a cancelar la boda? –preguntó Sasha con esperanza.
– ¡Faltaría más! –bufó Vlad y empezó a hincarle el diente a los sándwiches.




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