Sofía Rodríguez despertó con la boca seca y un dolor punzante detrás de los ojos. La lengua le sabía a cobre y a algo más, un regusto amargo que no logró identificar. Intentó incorporarse sobre los codos y el movimiento le arrancó un jadeo: una presión incómoda le oprimía el pecho, como si alguien le hubiera envuelto el torso con tiras de tela áspera.
Se miró hacia abajo. Vendas. Alguien le había vendado los senos con una tela basta, de color crudo, apretada con nudos torpes que le mordían la espalda. El pánico trepó por su garganta antes de que pudiera formular un pensamiento claro. Estiró las manos frente a sus ojos y no las reconoció: eran más pálidas que las suyas, con los nudillos menos marcados y las uñas cortadas al ras.
Una voz de mujer la sobresaltó.
A su izquierda, una figura se inclinaba hacia ella con un cuenco humeante entre las manos. La mujer era menuda, de rostro ajado por el sol y el trabajo, el cabello recogido en un moño tirante. Le hablaba en una lengua que Sofía no entendía, una sucesión de sonidos guturales y tonos que subían y bajaban sin asidero posible. Pero su cuerpo sí parecía entenderlos: sintió la urgencia de responder, un reflejo ajeno que le tensó la mandíbula.
La mujer le puso el cuenco entre las manos. El líquido era turbio y olía a hierbas hervidas.
—Tómalo —insistió la mujer, y Sofía supo, sin saber cómo, que esa palabra significaba «tómalo».
Cerró los dedos alrededor del cuenco y bebió. Estaba amargo y caliente.
La mujer le tocó la frente con el dorso de la mano, igual que su abuela en las mañanas de fiebre en el barrio de Surquillo. El gesto era idéntico: una palma áspera, nudillos agrietados por el trabajo doméstico, una ternura que no necesitaba traducción. Sofía sintió algo romperse en su interior. Las lágrimas le brotaron sin aviso, pero no eran lágrimas normales. Eran pesadas, densas, como si hubieran estado esperando siglos para caer. Recordó la biblioteca de la Universidad Católica, el libro abierto sobre la mesa, las páginas amarillentas de «La balada de Hua Mulan». Había llorado sobre ellas, y entonces una luz dorada lo había envuelto todo.
—Tengo que volver —dijo en español, y escuchó su propia voz como si viniera de otra persona—. Lin Hao me está esperando.
La mujer frunció el ceño. No entendía.
Sofía intentó de nuevo, buscando en algún rincón de su mente las palabras que su cuerpo parecía conocer de antemano. Su lengua se movió con torpeza, dibujando sonidos que no pertenecían a su idioma natal.
—Lin Hao —pronunció, y el nombre salió con una entonación extraña, como si lo hubiera aprendido en un sueño.
La mujer negó con la cabeza.
—No conozco a ese hombre. Descansa ahora, Mulan. Partes al amanecer.
Mulan. Esa palabra sí la golpeó con la fuerza de un portazo. Mulan. Hua Mulan. La leyenda china, la heroína que fue a la guerra disfrazada de hombre. El libro que había estado leyendo aquella tarde —¿cuánto tiempo había pasado desde entonces?— cuando las lágrimas empezaron a caer sobre las páginas y el mundo se deshizo en una luz dorada.
Se llevó las manos a la cabeza. Los recuerdos de Lima le llegaban en ráfagas desordenadas: el olor del ceviche recién preparado en el mercado de Surquillo, las mañanas eternas enviando currículums que nunca recibían respuesta, las llamadas de su madre preguntándole cuándo iba a sentar cabeza. La última imagen que conservaba era la del rostro de Lin Hao en la pantalla del teléfono, su sonrisa suave y sus palabras: «Cuando te gradúes, nos vamos juntos a China. Te voy a enseñar todo lo que sé.»
Había llorado sobre el libro. Y después, nada.
Ahora estaba aquí.
Se obligó a mirar el lugar donde se encontraba. La habitación era pequeña, de paredes de adobe y techo de paja. Una mesa de madera tosca ocupaba el centro, y sobre ella reposaba un documento enrollado con caracteres que no entendía. En un rincón, apoyado contra la pared, un hombre mayor la observaba en silencio. Tenía el rostro surcado de arrugas y el pecho hundido bajo la túnica. Cada cierto tiempo, una tos seca le sacudía los hombros.
—Tendrías que haberte casado ya —dijo el hombre entre toses—. Así por lo menos te habrías librado de esto.
Sofía no entendió las palabras, pero sí el tono: resignación, culpa, una tristeza antigua que se le clavó en el estómago.
Quiso explicar quién era, de dónde venía, que todo aquello era un error. Pero ¿cómo se explica algo así? ¿Cómo se dice «soy una estudiante peruana atrapada en el cuerpo de una heroína china» sin que te tomen por loca?
Esa noche no durmió. Se quedó despierta en el petate de tierra, escuchando los ronquidos del hombre enfermo y los suspiros de la mujer que la había llamado Mulan. El miedo le retorcía el estómago, pero debajo del miedo sentía otra cosa: rabia. Rabia por haber sido arrancada de su vida. Rabia por no entender nada. Y debajo de la rabia, un pensamiento que no quería admitir: quizás aquella vida en Lima no era tan maravillosa como recordaba. El desempleo. Las entrevistas fallidas. La sensación constante de no ser suficiente.
Aquí, al menos, tenía un propósito.
Antes de que el sueño la venciera, notó algo extraño: el tiempo no se movía igual. Los segundos se estiraban como chicle, los minutos se alargaban sin razón. No lo sabía aún, pero en aquel mundo los relojes corrían distintos. Mucho más rápidos. O quizás era ella la que había empezado a correr a otro ritmo.
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Editado: 15.05.2026