Caminaron todo el día.
Sofía mantenía la cabeza gacha y los hombros echados hacia atrás, imitando la postura de los hombres que marchaban a su alrededor. Sus pies, calzados con unas botas de tela demasiado grandes, se ampollaron antes de que el sol alcanzara su punto más alto. Cada zancada era una lección de supervivencia: pasos largos, la pelvis ligeramente adelantada, los brazos sueltos. Nada de contonearse. Nada de juntar las rodillas al sentarse. Nada de tocarse el cabello —recogido bajo un casco que le quedaba grande y le rozaba las orejas—.
El vendaje del pecho le cortaba la respiración a cada rato. Se había acostumbrado a inhalar por la nariz y exhalar despacio, racionando el aire como si fuera un recurso escaso. La tela áspera ya le había dejado marcas rojas bajo las axilas.
El paisaje cambiaba lentamente: las tierras de cultivo dieron paso a colinas áridas, y luego a un bosque ralo de árboles torcidos por el viento. Sofía intentaba memorizar cada detalle: la posición del sol, la dirección de las sombras, el olor de la tierra. Su abuelo en los cerros de Cusco le había enseñado a orientarse así. «El que sabe leer el monte nunca se pierde», le decía mientras cazaban conejos. «Y nunca lo pillan desprevenido.»
A media tarde, una piedra suelta bajo su pie derecho la hizo tropezar. Cayó de rodillas sobre la grava, y un soldado que venía detrás chocó con ella.
—¡Apúrate, mudo! —le gritó, dándole un empujón.
Sofía se levantó a duras penas. La rodilla le sangraba a través del desgarrón de la tela. Nadie se detuvo a ayudarla. Los reclutas la miraban con fastidio, como si fuera una carga más en una marcha ya de por sí insoportable.
Se limpió la sangre con la manga y siguió caminando, cojeando apenas. El dolor era agudo, pero no tanto como la vergüenza. Ya era la última de la fila. Ya era la más lenta. Y ahora, también la más torpe.
Al caer la tarde, las murallas del campamento aparecieron ante ellos. No eran las murallas imponentes de las películas épicas: eran empalizadas de madera reforzadas con tierra apisonada, que serpenteaban sobre las colinas como una cicatriz mal curada. Torres de vigilancia se alzaban a intervalos regulares, y el humo de las fogatas manchaba el cielo con jirones grises.
El oficial de reclutamiento los condujo a través de la puerta principal y los alineó junto a otros tres grupos de nuevos reclutas. Sofía mantenía la mirada fija en el suelo, el cuello rígido, las manos apretadas en puños para disimular el temblor. Contó mentalmente: había cuarenta y tres hombres a su alrededor. Cuarenta y tres voces hablando en un idioma que no entendía. Cuarenta y tres posibles amenazas si descubrían quién era.
—Tú —dijo el oficial, señalándola—. Tienda nueve. Con los demás.
Le entregaron un número grabado en una tablilla de madera y la empujaron hacia una de las tiendas más alejadas. Sofía caminó hacia ella sintiendo las miradas de los otros reclutas en la nuca. Alguien escupió a su paso. Otro murmuró algo que sonó a «inútil».
La tienda era un rectángulo de lona gruesa tendida sobre postes de madera, con el suelo cubierto de paja seca. Diez petates estaban dispuestos en dos filas, separados apenas por un palmo de distancia. Sin privacidad. Sin tabiques. Sin un solo rincón donde una mujer pudiera cambiarse de ropa sin ser vista.
Sofía eligió el petate del rincón más alejado, pegado a la lona de la tienda. Se acurrucó sobre él, abrazándose las rodillas, y rezó en silencio para que nadie le dirigiera la palabra.
—¿Eres sordo además de mudo?
Un soldado veterano, de rostro cuadrado y bigote ralo, la miraba desde la entrada. Era el mismo que le había gritado durante la marcha. Sofía captó el desprecio en su voz, aunque las palabras siguieran siéndole ajenas.
—Déjalo en paz, Lao Chen —intervino una voz a su espalda.
Un joven robusto, de hombros anchos y dientes separados, se dejó caer en el petate contiguo al suyo. Olía a sudor y a algo dulce, como a fruta madura. Le tendió un trozo de pan seco sin dejar de sonreír.
—Toma. Tienes cara de hambre.
Sofía aceptó el pan con manos torpes. Lo mordió: estaba duro como una piedra y sabía a grano molido con arena. Pero era comida. Tragó con dificultad y asintió hacia el joven, intentando transmitir un agradecimiento que no podía pronunciar.
—Me llamo A Chai —dijo él, dándose un golpe en el pecho—. De una aldea al sur. Bueno, de lo que quedaba de la aldea después de que los recaudadores se llevaran hasta los cerdos. ¿Tú?
Sofía lo miró sin responder. Señaló su garganta y negó con la cabeza.
—Ah, cierto. Mudo —A Chai no parecía incómodo con su silencio. Se recostó sobre el petate y continuó hablando como si hubieran sido amigos toda la vida—. No te preocupes. Acá todos aprendemos a callar tarde o temprano. Los que hablan mucho son los primeros que se mueren.
Desde la entrada de la tienda, Lao Chen escupió en el suelo.
—Otro inútil y un mudo. Lo que nos faltaba.
A Chai no se molestó en responderle. Le guiñó un ojo a Sofía y empezó a desenvolver su propio hatillo, del que sacó una tira de carne seca que olía a especias.
—Mi madre la preparó —explicó—. Dice que la carne con comino aguanta más tiempo sin pudrirse. Aunque todo lo que cocina mi madre sabe a comino, así que a lo mejor no es un truco, es que no sabe cocinar.
#1265 en Fantasía
#1597 en Otros
#301 en Acción
fantasia urbana, ascenso de débil a fuerte, elementos orientales
Editado: 15.05.2026