Mulan en mí

Capítulo 3: Te equivocaste

El primer día de entrenamiento fue una catástrofe.

Los reclutas fueron despertados antes del amanecer con gritos y pisotones. Sofía se incorporó de un salto, el corazón desbocado, y tardó unos segundos en recordar dónde estaba. La paja del petate se le había clavado en la mejilla y tenía todo el lado derecho de la cara entumecido.

El instructor era un hombre bajo y cuadrado, con la nariz torcida de una vieja fractura y una voz que parecía salir de un barril.

—¡Espada! —gritó, y lanzó un arma de madera a cada recluta.

Sofía atrapó la suya por instinto. Pesaba más de lo que había imaginado. El mango era áspero y resbaladizo por el uso, y la hoja de madera estaba mellada de golpear otros escudos.

—¡Postura uno!

Los reclutas se colocaron en posición: pies separados, rodillas flexionadas, la espada en alto. Sofía intentó imitarlos, pero sus brazos temblaban y la punta del arma describía círculos irregulares en el aire. El instructor pasó entre las filas corrigiendo posturas con golpes secos en la espalda y las piernas.

Cuando llegó a Sofía, se detuvo.

—¿Esto qué es? —le apartó la espada de un manotazo—. Ni un palo sabes agarrar. ¿De dónde te han sacado?

Sofía no entendió las palabras, pero el tono era inconfundible. Bajó la cabeza, las mejillas ardiendo.

—¡Otra vez!

Probó de nuevo. Esta vez separó más los pies y flexionó las rodillas hasta que le dolieron los muslos. El instructor la miró de arriba abajo y soltó un bufido.

—Mudo e inútil —sentenció—. Al menos los inútiles que hablan pueden pedir ayuda.

A Chai, que estaba dos puestos más adelante, le lanzó una mirada de ánimo y un gesto con los labios que Sofía interpretó como «no le hagas caso». Pero era fácil decirlo cuando uno no era el blanco de todas las burlas.

Las horas siguientes fueron una tortura interminable. Flexiones, carrera con petate a la espalda, práctica de formaciones que Sofía no entendía. Cada vez que el instructor gritaba una orden, ella miraba a sus compañeros e intentaba copiar sus movimientos con un segundo de retraso. Para el mediodía, le dolían todos los músculos que sabía que tenía y varios que no sabía.

Durante una pausa para beber agua, A Chai se acercó a ella.

—Oye —susurró—. Lao Chen ha estado mirándote rato. No sé qué busca, pero cuidado.

Sofía asintió. Ya lo sabía. Desde que había llegado, sentía los ojos del veterano clavados en su nuca como dos agujas.

Y entonces ocurrió.

Un joven recluta —A-Fu, uno de los muchachos que compartían tienda con ella— se cortó el brazo mientras limpiaba su espada. La hoja resbaló y le abrió un tajo en el antebrazo, justo debajo del codo. La sangre brotó oscura y espesa.

Los soldados se apartaron. Alguien gritó pidiendo al médico. A-Fu se quedó mirando su brazo con una expresión de incredulidad infantil, como si no pudiera creer que aquello le estuviera pasando a él.

Sofía actuó sin pensar.

Corrió hacia los arbustos que bordeaban el campo de entrenamiento. Sus dedos reconocieron la forma de las hojas antes que su mente: lanceoladas, con el envés plateado, iguales a las hojas de muña que su abuela cultivaba en el patio de tierra de su casa en Surquillo. Las arrancó de un tirón, las aplastó entre los dientes —el sabor amargo le llenó la boca— e hizo una pasta verde que aplicó sobre la herida de A-Fu.

—¿Qué haces? —gritó alguien.

—Está loco el mudo.

—¡Quítale eso!

Sofía ignoró las voces. Presionó la pasta contra el corte y sujetó el brazo de A-Fu con firmeza. Recordaba a su abuela curando las heridas de los vecinos, en aquel barrio donde no había clínicas ni doctores, donde todo se arreglaba con lo que crecía en las macetas.

A-Fu la miraba con los ojos muy abiertos, mudo de asombro o de miedo.

El médico militar llegó al cabo de unos minutos. Era un hombre mayor, de barba rala y dedos manchados de tinta y ungüentos. Apartó a Sofía de un empujón y examinó la herida.

Lo que vio le hizo palidecer.

El corte se había inflamado. La piel alrededor estaba enrojecida e hinchada, y unas ampollas diminutas empezaban a formarse en los bordes. A-Fu se quejó de un dolor punzante que no tenía antes.

—¿Qué le has puesto? —el médico se giró hacia Sofía con los ojos encendidos de furia.

Sofía retrocedió, negando con la cabeza, las palmas hacia afuera. No podía explicarle. No podía decirle que en Perú aquellas hojas curaban, que su abuela las había usado toda la vida, que ella no pretendía hacer daño. Todo lo que pudo hacer fue mostrarle las manos manchadas de verde y sacudir la cabeza.

—¡Veneno! —tronó el médico—. ¡Este insensato ha envenenado al soldado!

Un murmullo de horror recorrió el grupo. Los reclutas se apartaron de Sofía como si tuviera la peste. Lao Chen la señaló con el dedo.

—¡Sabía que no era de fiar! ¡Desde que llegó, lo supe!

El médico limpió la herida con agua y aplicó un ungüento de verdad. A-Fu se retorcía de dolor, pero el enrojecimiento empezó a remitir lentamente. Pasada una hora, el peligro había pasado. Pero el daño ya estaba hecho.




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