Mulan en mí

Capítulo 4: Hierba muña

Durante tres días, Sofía no intentó ayudar a nadie.

Se levantaba antes del amanecer con los demás reclutas, cumplía los ejercicios en silencio —siempre la última, siempre la más torpe— y se retiraba a su rincón en cuanto el instructor daba por terminada la jornada. Nadie le dirigía la palabra excepto A Chai, y ella no hacía nada por provocar conversación. Los soldados la evitaban como si tuviera una enfermedad contagiosa. Lao Chen la señalaba al pasar y escupía al suelo.

Pero Sofía no estaba inactiva. Observaba.

Durante las pausas del entrenamiento, mientras los demás bebían agua o se tiraban a la sombra, ella recorría los márgenes del campamento recolectando hojas. Las arrancaba con cuidado, las partía con la uña, las frotaba entre los dedos y se las llevaba a la nariz. Luego las guardaba en una bolsita de tela que había improvisado con un retal de su petate.

No todas las plantas de aquella tierra eran iguales a las de Perú. Pero algunas sí compartían rasgos con las especies que su abuela cultivaba en el patio de tierra de Surquillo: la misma forma lanceolada, el mismo envés plateado, un olor parecido —aunque más intenso, como si la tierra china concentrara los aceites esenciales—. La hoja que había usado con A-Fu era una de esas primas lejanas. El problema no había sido la planta, sino la dosis.

Al tercer día, ya tenía identificadas cuatro variedades prometedoras. Las había probado en dosis mínimas sobre su propia piel: una gota de savia en el antebrazo, un pellizco de hoja mascada que escupía antes de tragar. Dos le produjeron un leve escozor; una no hizo nada; la cuarta —la de las hojas más parecidas a la muña— le dejó una sensación refrescante que reconocía de inmediato.

Esa noche, mientras los demás dormían, sacó la bolsita de tela y extendió las hojas sobre su petate. Bai Ling se acercó a olfatearlas y estornudó.

—A ti no te gusta —susurró Sofía en español—. Mejor. Así sé que es fuerte.

El zorro ladeó la cabeza y volvió a enroscarse a su lado.

A la mañana siguiente, durante el entrenamiento, Piedra —un soldado amigo de A Chai, de espalda ancha y sonrisa fácil— pisó mal durante una carrera con sacos y se torció el tobillo. El crujido fue audible. Piedra cayó al suelo soltando un taco y se quedó sentado sobre la tierra, apretándose el pie con las dos manos. La hinchazón ya empezaba a notarse bajo la piel.

—Piedra, ¡arriba! —gritó el instructor.

—No puedo, jefe. Se me dobló el tobillo.

El instructor se acercó, examinó el pie y resopló. No había médico disponible —estaba atendiendo a otro soldado en la tienda de curas— y los esguinces no eran prioridad. Le indicó a Piedra que se sentara a un lado y esperara.

Sofía observó la escena sin moverse. El recuerdo del brazo de A-Fu hinchándose bajo sus dedos la mantenía clavada al suelo. Podía sentir todavía las miradas de todos, las voces llamándola envenenadora. Su fobia social le apretaba la garganta como un puño.

—Eh, mudo.

Era A Chai. Se había acercado sin hacer ruido y la miraba con los brazos en jarras.

—Tú sabes de hierbas —dijo en voz baja—. Lo de A-Fu salió mal, pero tú sabes. Lo vi en tus ojos cuando llegaste. Mi abuela también curaba con plantas, y tenía la misma mirada.

Sofía negó con la cabeza. Demasiado riesgo.

—Piedra es buen tipo. No se va a quejar si le duele un poco más. Y si no haces nada, va a estar cojo una semana.

Sofía miró a Piedra, luego a A Chai. Había algo en la forma en que él la animaba —sin exigir, sin burlarse, con la misma naturalidad con que le había ofrecido pan la primera noche— que le hizo aflojar los hombros.

Caminó hacia Piedra con las piernas temblorosas.

—¿Qué quieres? —Piedra la miró con desconfianza. Había oído la historia del envenenamiento.

Sofía se arrodilló frente a él y señaló su tobillo. Sacó la bolsita de tela y extrajo una hoja de muña —de la que ya había probado, la que no le irritó la piel—. La partió en dos y le mostró la mitad a Piedra. Luego se la llevó a la boca y la masticó despacio, exagerando el gesto para que él entendiera.

—No, no, no —Piedra intentó apartarse—. ¡A mí no me envenenas!

A Chai intervino.

—Déjalo. Yo lo conozco. Si sale mal, me pegas a mí.

Piedra dudó. Miró a A Chai, luego a Sofía, luego su tobillo que ya estaba del tamaño de una pelota.

—Como me muera, te mato —masculló.

Sofía aplicó la pasta verde sobre la hinchazón. Usó la mitad de la dosis que había empleado con A-Fu, presionando apenas con la yema de los dedos. Contuvo la respiración.

Pasó un minuto. Piedra no gritaba.

Pasaron cinco. La hinchazón empezó a ceder.

—Oye —dijo Piedra, bajando la voz—. Duele menos.

Sofía soltó el aire. Las manos seguían temblándole, pero ya no de miedo.

—¡Te lo dije! —exclamó A Chai, dándole una palmada en la espalda a Piedra—. El mudo sabe. Solo que a veces se equivoca, como todos.

Piedra se puso en pie con cuidado, apoyándose en A Chai. Probó el tobillo: aguantaba. No del todo, pero lo suficiente para caminar sin ayuda.




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