Mulan en mí

Capítulo 5: Incursión nocturna

El problema de la higiene se volvió insostenible al quinto día.

Los soldados se bañaban cada tres jornadas en el río cercano, un ritual colectivo que Sofía había logrado evitar dos veces con excusas de dolor de estómago y turnos de guardia. Pero a la tercera, el sargento la miró con desconfianza y le espetó algo que, por el tono, significaba «o te bañas o te ato al poste».

No podía bañarse con ellos. Era imposible. En cuanto se quitara la ropa, todo el campamento sabría que era una mujer.

Esa noche, esperó a que el último ronquido llenara la tienda. Contó hasta cien. Luego, con movimientos lentos y precisos, se deslizó fuera del petate.

Conocía las técnicas de sigilo por su abuelo. Don Ernesto había sido cazador en los cerros de Cusco antes de que la artritis le quitara la movilidad, y le había enseñado a Sofía a moverse sin hacer ruido desde que ella tenía seis años. «Pisa con la punta del pie, no con el talón», le decía, «y respira por la boca, que el aire de la nariz silba». La niña había aprendido persiguiendo conejos entre los matorrales, y aunque nunca imaginó que esas lecciones le servirían para esconderse en un campamento militar chino, ahora se lo agradecía al viejo con toda el alma.

Avanzó pegada a las sombras de las tiendas. La luna estaba en cuarto menguante y apenas iluminaba los senderos de tierra. El campamento dormía: solo se oían los ronquidos, el crepitar de alguna fogata moribunda y, a lo lejos, el relevo de los centinelas.

Su plan era sencillo: llegar al pozo de la cocina, llenar un cubo, y lavarse en el almacén de grano, donde los sacos le darían algo de privacidad. Se había aprendido el camino de memoria durante los últimos días, trazando un mapa mental cada vez que pasaba por allí.

Pero en la oscuridad, todo era distinto. Las tiendas se parecían unas a otras, los senderos se bifurcaban en direcciones que no recordaba, y la luz de las antorchas creaba sombras engañosas. Sofía dobló a la izquierda donde debía haber doblado a la derecha, y se encontró frente a una tienda más grande que las demás, con una lona más gruesa y un estandarte clavado en la entrada.

Vio la luz encendida en el interior. Intentó retroceder, pero sus pies hicieron crujir la grava del suelo.

La lona se apartó.

—Pasa.

Era él. El oficial que la había mirado con desconfianza la primera noche. El mismo que la observaba desde lejos cada vez que ella hacía algo mínimamente interesante. Xiao Ce.

Sofía se quedó paralizada, con el cubo de madera colgando de una mano como un estúpido testimonio de su fracaso.

—He dicho que pases.

No había forma de negarse. Sofía entró en la tienda.

El interior era austero pero ordenado: un catre bajo, una mesa de campaña cubierta de mapas y pergaminos, un brasero encendido que templaba el ambiente. Había una espada apoyada contra la pata de la mesa, la hoja brillando bajo la luz de las velas con un fulgor aceitoso. Xiao Ce estaba de pie junto a la mesa, los brazos cruzados sobre el pecho. Llevaba la túnica suelta, sin armadura, y el cabello recogido en una cola baja.

Sofía mantuvo la vista en el suelo. El corazón le golpeaba las costillas.

—Mírame.

Levantó la cabeza. Xiao Ce la examinó en silencio. No miraba su cara, sino sus hombros, la posición de sus pies, la forma en que sus manos se aferraban al cubo de madera. Sus ojos eran fríos y metódicos, como los de un tasador calculando el precio de una mercancía.

—Eres un mal soldado —dijo finalmente—. No sabes sujetar la espada, no entiendes las órdenes, y te escondes para lavarte en lugar de ir al río con los demás. ¿Por qué?

Sofía negó con la cabeza. Se señaló la garganta con dos dedos y emitió un sonido ronco, el mismo gesto que había usado con todos.

—No eres mudo.

El corazón le dio un vuelco.

—Te he oído hablar en sueños —continuó Xiao Ce, con una calma aterradora—. Murmuras en un idioma que no conozco. Suenas como un perro ladrando bajo el agua. Pero no eres mudo.

Sofía sintió que la sangre se le retiraba del rostro. Hablaba en sueños. Hablaba en español mientras dormía, y este hombre la había escuchado.

—No sé qué eres —Xiao Ce dio un paso hacia ella—. Pero sí sé lo que no eres. No eres un campesino reclutado a la fuerza. No eres un soldado. Y te paras como una mujer.

La última frase cayó como un martillazo.

Sofía retrocedió, pero la lona de la tienda le cerró el paso. Estaba acorralada. Su mente buscaba una excusa, una mentira creíble, cualquier cosa que pudiera salvarla. Pero el miedo le bloqueaba la lengua y el poco chino que había aprendido se le atragantó en la garganta.

—No voy a delatarte —dijo Xiao Ce, volviendo a su mesa—. No todavía.

Tomó un pergamino y lo desenrolló con gestos pausados, como si la conversación hubiera terminado.

—¿Por qué? —consiguió articular Sofía, en el chino más torpe que había pronunciado nunca.

Xiao Ce la miró por encima del pergamino.

—Porque aún no sé si eres peligrosa o solo estúpida. Cuando lo averigüe, decidiré qué hacer contigo. Ahora vete. Y si vuelves a merodear por mi tienda de noche, te pondré de guardia hasta que se te caigan los pies.




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