El accidente ocurrió una semana después, durante un ejercicio con troncos.
El instructor había ordenado a los reclutas transportar vigas de madera desde el borde del bosque hasta la zona de construcción de la empalizada. Eran troncos pesados, de dos metros de largo, que requerían cuatro hombres para ser levantados. Sofía formaba equipo con A Chai, Piedra y un soldado nuevo al que llamaban Zhou Dayong.
Zhou Dayong era un hombre grande y silencioso, de manos como palas y una cicatriz que le cruzaba la ceja derecha. Casi nunca hablaba, pero saludaba a Sofía con una inclinación de cabeza cada mañana, lo cual —en el código de aquel campamento— equivalía a una declaración de amistad.
Habían transportado tres troncos sin incidentes cuando el cuarto resbaló.
Sofía no vio exactamente cómo ocurrió. Oyó un grito, luego un golpe seco, y cuando se giró, Zhou Dayong estaba en el suelo con el tronco atravesado sobre el abdomen. La madera le había golpeado justo debajo de las costillas, y un moretón oscuro empezaba a extenderse bajo la piel como una mancha de tinta.
Pero lo peor era la sangre.
Una astilla del tamaño de un dedo se le había clavado en el costado, justo donde la armadura dejaba un hueco. La herida no era profunda, pero sangraba a borbotones, una hemorragia oscura y espesa que empapaba la túnica en cuestión de segundos.
—¡Médico! —gritó A Chai—. ¡Que venga el médico!
Los soldados se arremolinaron alrededor del herido. Alguien corrió hacia la tienda de curas. Otros se quedaron mirando, las manos colgando, sin saber qué hacer. El médico tardaba. Zhou Dayong se estaba poniendo pálido.
Sofía recordó.
Recordó las tardes en el barrio de Surquillo, cuando su abuela atendía a los vecinos que no podían pagar un hospital. Recordó a don Gustavo, el carpintero, que se había clavado un clavo oxidado en la mano y había llegado a su puerta echando sangre por el agujero. La abuela había pedido pisco. No para beber: para limpiar.
«El alcohol fuerte desinfecta», le había explicado mientras vertía el aguardiente sobre la herida del carpintero. «Y luego pones muña fresca para cortar la hemorragia. En la sierra lo hacemos así desde antes de que existieran los hospitales.»
No había pisco en aquel campamento. Pero había licor.
Sofía se giró y echó a correr hacia la cocina.
—¿Adónde va ese? —gritó alguien.
—¡Está huyendo!
Ignoró los gritos. Entró en la cocina y buscó entre los barriles. Lo encontró al fondo: una jarra de licor de arroz, fuerte y transparente, que los cocineros usaban para cocinar y que los soldados bebían a escondidas. Agarró la jarra y volvió corriendo al campo de entrenamiento.
El médico aún no había llegado.
—Quítate —gruñó Lao Chen, interponiéndose en su camino—. Tú no tocas a nadie.
Sofía lo apartó de un empujón. Fue un gesto tan inesperado, tan fuera de carácter, que Lao Chen se quedó sin respuesta. Se arrodilló junto a Zhou Dayong y vertió el licor directamente sobre la herida.
Zhou Dayong gritó.
El líquido transparente burbujeó al contacto con la sangre, arrastrando la suciedad y las astillas. Luego, sin dejar de moverse, Sofía sacó su bolsita de tela y extrajo un puñado de hojas de muña —las que había recolectado y probado durante sus noches de insomnio—. Las masticó con furia, notando el sabor amargo inundarle la boca, y aplicó la pasta verde sobre la herida abierta. Presionó con fuerza.
—Sujétale aquí —le dijo a A Chai, señalando la gasa improvisada.
A Chai obedeció sin dudar. Sus manos grandes y torpes apretaron la cataplasma contra el costado de Zhou Dayong mientras Sofía rasgaba una tira de su propia túnica para hacer un vendaje. A su alrededor, los soldados murmuraban. Alguien dijo «otra vez el mudo». Otro replicó «esta vez parece que sabe lo que hace».
El médico llegó cuando la hemorragia ya había cedido. Era el mismo hombre de barba rala que la había acusado de envenenadora. Examinó la herida con el ceño fruncido, palpó la cataplasma de muña, olió el licor que aún empapaba la ropa.
—¿Quién ha hecho esto?
Todos señalaron a Sofía.
El médico la miró largamente. Luego asintió, una sola vez, con un movimiento seco de barbilla.
—Ha limpiado bien la herida. Y esto —señaló la cataplasma— ha ayudado a cortar la sangre. No sé qué planta es, pero ha funcionado.
Se hizo un silencio.
—El mudo ha salvado a Dayong —dijo Piedra en voz alta.
Y entonces A Chai soltó una carcajada.
—¡Os lo dije! ¡Os lo dije a todos! ¡El mudo sabe!
Los soldados empezaron a acercarse. No con hostilidad, esta vez, sino con esa mezcla de respeto y curiosidad que los hombres reservan para aquello que no entienden del todo. Le daban palmadas en la espalda, le decían cosas que Sofía no comprendía pero cuyo tono era inconfundiblemente amable. Alguien le puso una taza de agua en las manos. Otro le ofreció un trozo de carne seca.
Esa noche, Zhou Dayong se presentó en la tienda con un vendaje limpio alrededor del torso y una cojera que no le impedía sonreír. Se plantó frente a Sofía e hizo una inclinación de cabeza tan profunda que casi tocó el suelo con la frente.
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Editado: 03.06.2026