Mulan en mí

Capítulo 7: El arte de tejer

El respeto en el campamento no se medía en palabras, sino en gestos. Después de lo de Zhou Dayong, los soldados dejaron de llamarla «mudo» con desprecio y empezaron a llamarla «mudo» con algo parecido al reconocimiento. Le cedían el paso en la fila del rancho. Le guardaban un sitio cerca del fuego. Lao Chen aún la miraba con hostilidad, pero ya no la señalaba al pasar.

Sin embargo, el respeto no arreglaba las cosas prácticas. Y las cosas prácticas, en un campamento militar, eran las que marcaban la diferencia entre vivir y morir.

Lo descubrió una mañana durante un ejercicio de vendajes. El instructor repartió tiras de tela basta entre los reclutas y les ordenó practicar torniquetes. Sofía tomó la suya y, al primer tirón, la tela se rasgó por la costura. Era un material áspero, mal tejido, que se deshilachaba con solo mirarlo.

—¡Concéntrense! —gritó el instructor—. Un torniquete mal hecho es un muerto en el campo de batalla. Si no saben vendar a un compañero, mejor vayan despidiéndose de sus piernas.

Sofía intentó anudar la tela de nuevo. Se rompió otra vez.

Esa noche, mientras los demás dormían, sacó el hatillo que Madre Hua le había preparado antes de partir. Entre las túnicas de repuesto y el peine de madera, encontró un ovillo de hilo de cáñamo. Era áspero, de un color marrón grisáceo, y olía a granero. Pero estaba bien hilado.

—¿Qué haces? —murmuró A Chai desde su petate, con un ojo abierto.

Sofía le mostró el ovillo y señaló el vendaje roto que había guardado como muestra.

—Ah. Quieres arreglarlo —A Chai se dio la vuelta—. Pues hazlo en silencio, que tengo sueño.

No era solo arreglarlo. Era mejorarlo.

Sofía recordaba las tardes en el mercado de Surquillo, sentada en un taburete junto a su madre. Doña Carmen tejía tapices y bolsas con una técnica que había aprendido de su propia madre, que a su vez la había aprendido de la suya, en una cadena de manos mujeres que se remontaba a los Andes precolombinos. «El secreto está en el trenzado», le decía, manipulando las agujas con dedos ágiles a pesar de los callos. «Primero haces el núcleo con doble hebra, luego enrollas la capa externa bien apretada. Así el hilo aguanta el triple de peso.»

Sofía no tenía agujas. Pero tenía un par de ramitas rectas que había recogido del bosque. Las lijó contra una piedra hasta dejarlas lisas y se puso a trabajar.

El proceso era lento. Primero deshilachó el ovillo y separó las hebras más largas. Luego empezó a trenzar, siguiendo el ritmo que su madre le había enseñado: pulgar arriba, índice abajo, cruzar, apretar, repetir. Sus dedos recuperaron la memoria muscular casi de inmediato, como si el cuerpo recordara lo que la mente había olvidado.

Trenzó durante horas. El amanecer la sorprendió con los dedos doloridos y una cinta terminada entre las manos.

Era estrecha, de apenas dos dedos de ancho, pero increíblemente resistente. Cuando la estiró con todas sus fuerzas, la cinta no cedió. Podía enrollarse sobre sí misma, anudarse con facilidad y ejercer una presión uniforme. Era, en esencia, un torniquete perfecto.

—¿Eso qué es?

A Chai se había despertado y la miraba con los ojos legañosos. Sofía le tendió la cinta. Él la estiró, la dobló, intentó romperla con las manos. No pudo.

—Esto es más fuerte que las vendas del médico —dijo, con una expresión de asombro que le borraba el sueño de la cara—. ¿Lo has hecho tú?

Sofía asintió.

—Enséñame.

Ella negó con la cabeza. No porque no quisiera, sino porque era imposible explicar la técnica sin palabras. En lugar de eso, le dio la cinta terminada.

—¿Me la regalas? —A Chai la miró como si le hubiera entregado una espada de oro—. Hermano, esto vale más que la paga de un mes.

Esa mañana, durante el entrenamiento, el instructor los puso a practicar vendajes otra vez. Sofía sacó su cinta trenzada y la usó para simular un torniquete en el brazo de Piedra. El instructor se detuvo junto a ella.

—¿Qué es esto?

Sofía le mostró la cinta. El instructor la estiró, la examinó por ambos lados, frunció el ceño.

—¿De dónde la has sacado?

—La hizo él —intervino A Chai, señalando a Sofía con el pulgar—. A mano. Con hilo de cáñamo.

El instructor guardó silencio unos segundos. Luego se guardó la cinta en el bolsillo.

—Tráeme diez más para mañana.

Sofía parpadeó.

—¿Eres sordo además de mudo? —gruñó el instructor—. ¡Diez más! ¡Y del mismo largo!

Era la primera orden directa que recibía. Y, por primera vez, era una orden que podía cumplir.

Aquella noche, Sofía se sentó junto al fuego con el ovillo de cáñamo en el regazo. Mientras sus dedos trenzaban, los soldados se acercaban a mirar. Algunos le pedían que les hiciera una cinta. Otros le ofrecían trueques: una ración extra de carne, un turno de guardia cubierto, una manta para las noches frías.

Sofía aceptaba con inclinaciones de cabeza y seguía tejiendo.

Piedra fue el primero en recibir la suya. Se la ató al muslo como un amuleto y le dio una palmada en la espalda que casi la tira al fuego.




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